El ser humano no se merece Star Wars. Por eso, en una era en la que los biopics de Pablo Escobar inundan las pantallas, la proliferación de nuevas obras ambientadas en el universo de George Lucas no deja de ser una grandísima noticia. Star Wars no supuso un punto de inflexión para la ciencia ficción seria; de eso ya se había encargado en el mundo del cine el amigo Kubrick unos pocos años antes. Pero sí cambió radicalmente el ámbito de los efectos especiales, antes de que las películas de acción se convirtieran en versiones actualizadas de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? Por eso, a unas cuantas horas de que se estrene mundialmente la nueva entrega de la saga, Los últimos Jedi, realizaremos un repaso a las revolucionarias técnicas empleadas en la primera trilogía, la sustitución de las mismas en la trilogía de precuelas y su recuperación en El despertar de la fuerza y Rogue One. Antes de comenzar, un disclaimer: no habrá hate a La amenaza fantasma.

La banda sonora del artículo:

George Lucas, un hombre fascinado por lo visual y obsesionado desde su juventud con cómics de ciencia ficción como los de Flash Gordon o las revistas de Weird Science y Weird Fantasy, había ideado para su primer gran proyecto una space opera destinada al público juvenil, con planetas ficticios, batallas interestelares y vehículos innovadores. Y lo mejor de todo, había reunido cierta cantidad de dinero gracias al éxito de su sesentera película de adolescentes American Graffiti. Sin embargo, las creaciones visuales que Lucas tenía en su cabeza estaban a años luz de las posibilidades que por aquel entonces la industria cinematográfica ofrecía.

Lucas, que nunca se ha caracterizado por ser un tipo paradillo, decidió poner toda la carne en el asador y fundar su propia compañía de efectos especiales, Industrial Light & Magic (ILM). Recorrió campus universitarios y reclutó nuevos talentos, y también se asoció con dos veteranos del asunto, como Colin Cantwell, que había trabajado en 2001: una odisea del espacio (1968); y John Dykstra, que había hecho lo propio en Naves misteriosas (1972). Dykstra fue el encargado de dirigir el departamento de efectos visuales de la película y, tal y como ha definido en años posteriores, el sistema de trabajo consistía en un grupo de amigos que se sentaban juntos a construir maquetas y robots que salían de la mente de Lucas. La consecuencia de esta mentalidad artesanal fue un retraso casi insalvable en los horarios de rodaje y un necesario aumento del presupuesto. La finalización de la película peligró en múltiples ocasiones, pero George Lucas y los suyos eran como cualquier villano de la Marvel: nunca los podías dar por muertos.

Uno de los procesos que más tiempo llevó fue el de investigar y fabricar nuevos elementos para el equipo de grabación. El elemento más icónico fue la cámara Dykstraflex, la primera totalmente controlada por ordenador y que permitía siete ejes de movimiento. Con ella se rodaron algunas de las tomas más míticas del episodio IV, como el desfile del Destructor Estelar con el que comienza la película, la batalla entre los Ala X y los cazas TIE en la Estrella de la Muerte (la cual, por cierto, fue destruida con cajas de cartón y virutas de titanio) o las escenas en que el Halcón Milenario entra en acción. Las superficies y las naves que aparecían en estas escenas eran maquetas, decorados y vehículos de tamaño real construidos por los miembros de ILM.

No está de más aprovechar para mentar uno de los grandes triunfos en el diseño ideado por la compañía de Lucas: el hecho de que la película estuviera ambientada en un universo ficticio y futurista (aunque no futuro) no significaba que los elementos que en él aparecían tuvieran que estar limpios. John Barry, director artístico del film, tuvo gran parte de la culpa de que los vehículos y los decorados tuvieran desgaste y suciedad, lo que dotó al universo de cierta sordidez y se convirtió en un elemento más de la narración.

En lo que respecta a los personajes, los extraterrestres juegan un importante papel dentro de la inmersión en un universo imaginario, para bien y para mal. Uno de los métodos (el sencillo) fue el uso de disfraces. Es el caso de personajes como Greedo, que disparó primero; Chewbacca, C-3PO o Darth Vader, cuyo atuendo, al igual que otros elementos de la saga, está inspirado en los samuráis japoneses. Pero aquellos personajes con un tamaño más reducido necesitaron el empleo de marionetas manejadas por hilos. El ejemplo más emblemático es Yoda, que hizo su primera aparición en El Imperio contraataca. La dificultad de utilizar marionetas, eso sí, residía en conseguir que sus movimientos fueran realistas, y por ello se escogió para interpretar al monstruillo verde (Dios me perdone la blasfemia) a Frank Oz, colaborador de Los Teleñecos.

Más complicado era dar vida al tauntaun, es decir, aquella especie de llama con la que los exploradores rebeldes se desplazaban por el planeta helado de Hoth. Para sus escenas, se empleaba una maqueta móvil del tauntaun, que se animaba fotograma a fotograma en un decorado que constaba de un fondo en matte painting y unas colinas de hielo que no eran sino bicarbonato de sodio. Mención especial requiere el diagrama de iluminación, adjunto a la izquierda.

 

 

 

 

La amenaza digital y El ataque de los CGI

En 1999 la saga más exitosa de la historia regresó y George Lucas, con el culo pelado después de producir Indiana Jones o escribir la entrañable bizarrada Willow, retomó su proyecto culmen donde lo había dejado. Se avecinaba una trilogía de películas que servirían como precuelas de las originales. Y la Industrial Light & Magic, que venía de realizar importantes innovaciones en films como Terminator 2 Jurassic Park, volvió a revolucionar el mundo de los efectos especiales. Jar Jar Binks fue el primer personaje fotorrealista hecho íntegramente por ordenador; y también fueron creados por CGI otros personajes como Watto, Sebulba o el resto de los Gungan. El equipo no lo consiguió, en cambio, con Yoda, para el que se volvió a utilizar una marioneta, eso sí, bastante discordante con la empleada en el episodio V.

Sin embargo, el mundo del CGI tal y como lo conocemos hoy en día aún estaba en ciernes, y para algunos decorados la ILM tuvo que volver a echar mano del ingenio. El caso más memorable es la grada de público en las carreras de vainas en Tatooine: se empleó una miniatura en la que los individuos en la grada eran bastoncillos de algodón situados en una rejilla, mientras que un secador de pelo conseguía crear movimiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aún existen hoy día almas perdidas que repudian las precuelas de Star Wars, pero incluso para los aficionados acérrimos, lo cierto es que en la segunda trilogía de Lucas se perdió esa sordidez antes mencionada que tanto caracterizaba a las películas originales, algo que incluso creó alguna que otra incongruencia en la atmósfera de los nuevos films. ¿Cómo podía ser que existieran ciudades mucho más avanzadas o naves con diseños más futuristas si las películas se ambientaban en una época cronológicamente anterior a los episodios IV, V y VI?

Sea como fuere, El ataque de los clones constituyó la verdadera revolución CGI. Además de ser coetánea de la trilogía de El señor de los anillos, la otra de las grandes sagas revolucionarias en el ámbito de los efectos visuales, el episodio II de Star Wars fue la primera película filmada en vídeo de alta definición, con 24 fotogramas por segundo y cámaras y cintas digitales en lugar de película. Esto supuso el casi definitivo reemplazo de los decorados por pantallas azules a las que luego se añadían los detalles (como es el caso de la escena en la que Padmé Amidala escapa de las cadenas en el coliseo de Geonosis).

Con la llegada de la nueva trilogía, ya producida por Disney, en 2015, el primer paso era alejarse del CGI en la medida de lo posible. JJ Abrams prometió un regreso a los orígenes, artesanales e innovadores, y para El despertar de la fuerza se utilizaron algunas maquetas, decorados y muñecos animatrónicos que se combinaron con las últimas técnicas digitales. El spin-off Rogue One, por su parte, contó con un regusto vintage y, en un acto de estimable fan service, incluso añadió a su metraje material original del episodio IV (sin olvidar a los personajes del Gran Moff Tarkin y la Princesa Leia creados por CGI). Sin embargo, todo este regreso al pasado de la ILM es más una estrategia de marketing que un sistema de trabajo real, y en cierto modo los directores artísticos han aprovechado el filón que les proporcionaba la estética de la trilogía original, recordada con más cariño que la de las precuelas.

Por esos mismos senderos visuales se mueve el que sin duda es el estreno más esperado de 2017, Los últimos Jedi. Rian Johnson, director de este octavo episodio en la saga, no ha dudado en manifestar lo difícil que es trabajar con marionetas y robots animatrónicos, que se averían en medio del rodaje y son muy difíciles de manejar ya que necesitan conectarse a múltiples cables y controles. A estos cinematógrafos de hoy en día quizá les parezca innovador utilizar técnicas del pasado. Son todos unos posmodernos, y Star Wars sigue siendo el culebrón familiar, incestuoso, gamberro y trepidante que lleva cuarenta años cautivando a la masa.

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