Grupo: Band of Horses
Sala: Heineken

A las 21:35 horas, para cuando Band Of Horses aparecieron en el escenario, ocupábamos una inmejorable posición visual y sonora; algo más que valioso en la alongada e incómoda sala Heineken (y cara, por cierto: 6 € una cerveza). Nada pudo, no obstante, entorpecer la emoción que sentimos al ver las figuras de los cinco vaqueros de Seattle. Mucho tiempo frente a sus vídeos en Youtube, mucho tiempo recordando aquella mágica actuación en Londres, mucho tiempo soñando con este momento… Una pantalla gigante encendió todavía más la estampa y la primera imagen (todo el concierto estuvo regado de bellas postales de paisajes norteamericanos) fue un pato iniciando el vuelo. Serán casualidades, pero fue gracias al AVE que pudimos estar allí un martes y salir indemnes.

Para contrarrestar los iniciales problemas de sonido, nada mejor que abrir fuego con un nuevo tema que no atisbó cambios radicales para el futuro. “Cigarettes, Wedding Bands “, fue el verdadero punto de partida de un inolvidable concierto de casi dos horas y más de una veintena de canciones. La exquisita elaboración del tracklist y la sumisión de los temas de Infinite Arms con respecto a los de sus dos primeras referencias, aseguraron el éxito. El resto lo pusieron la voz y la perenne sonrisa de ardilla de un Ben Bridwell que, ya puede dejarse barba de meses o tatuarse hasta la punta de la mismísima, irradia bondad y encandila.

“Factories” y “Compliments” mostraron la senda más pop y comercial que ha trazado la banda en su último álbum, pero “Merry Song”, “General Specific” o “Laredo” nos recordaron, enérgicas, el porqué del apelativo alt-country; desde el Nashville Sound al country rock, pero con la impronta y la suciedad indie de su inexorable generación; “Island on the Coast” y “Northwest Apartment” para corroborarlo. En ciertas partes de Norteamérica contar el tempo a taconazos no es de mal músico sino todo lo contrario (sino que le pregunten al ex-Band of Horses y hoy Grand Archives Mat Brooke).

Claro que adoran (como nosotros) a The Byrds o Eagles, pero la única versión que se coló en el repertorio, para sorpresa de todos, fue de Pavement. Ante la atónita mirada de más de uno, Band of Horses se decantó por homenajear el lo-fi del indie rock noventero y la personal versión de “Summer Babe” sirvió para romper moldes y dejar claro que se puede admirar la obra de Stephen Malkmus, llevar barba y camisa de cuadros. Es más, se debe.

“Is there a Ghost” dejó a la grada palpitante y aumentó el buen rollo y las miradas de complicidad entre los componentes de la banda. Tanto sus compañeros como nosotros, admiramos la destreza y la polivalencia del orondo Ryan Monroe a los teclados, a la Telecaster, al acompañamiento coral y hasta para liderar la plácida “Older”; un Sancho Panza de lujo que arropa de coloridas capas melódicas el sustrato de una banda que, sustentada por el bajo de Rob Hampton y la potente batería de Creighton Barrett, es de ritmos belicosos. Son Monroe y Bridwell los que otorgan al conjunto ese punto Beach Boys tan delicioso que no tienen, por ejemplo, sus compañeros de promoción My Morning Jacket.

La voz del Bridwell, al contrario de lo que suele pasar, fue ganando en consistencia y seguridad a medida que la estiraba y avanzaba la noche y para la última terna antes del bis (“No ones gonna love You” y “Ode to LRC”) garganta y banda ya formaban una máquina locomotora perfectamente engrasada. Antes del amago de abandono, la épica y prodigiosa sencillez de “Funeral” removió tripas y dejó a todos satisfechos. Pero de allí no se iba a mover ni dios…

Tras el chupito, las palmadas en la espalda y el secado de sudores, sólo Bridwell y el tímido Tyler Ramsey salieron a la palestra. El alargado y misterioso guitarrista, que hasta el momento sólo había moteado la actuación con acompañamientos de coros y cuerdas y sensibles punteados, se destapó como la tercera voz angelical del grupo. Con una acústica y a capella, ambos se marcaron una memorable e imborrable interpretación vocal de “Evening Kitchen”.

Por cierto, enhorabuena también al público asistente que supo entender a la perfección los silencios, tan importantes, que las canciones demandaron. Y así lo reconoció el propio cantante que, todavía, tuvo otra sonrisa en el momento en que alguien del público, en pleno silencio, gritó: “eres dios!”. Anécdota graciosa que no empañó, como ya digo, el buen comportamiento que tanto se echa de menos en la mayoría de salas.

La última carta fue ganadora. Con Bridgell desgarrando la slide guitar y un tercer guitarra (secundó en par de ocasiones), “Monster” demostró que se ha ganado el honor y la entidad como para cerrar una actuación que ya se encuentra entre las buenas experiencias vividas y a la que daremos toda su importancia con el paso del tiempo.

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