Grupo: Pastora
Sala: II Festival de Invierno (Palau de la Música)

Hay filias que delatan. Minutos antes del comienzo del concierto de Pastora sonaba la música de Róisín Murphy por la ambientación musical del Palau. Algo más tarde llegaba la prueba palpable de que, por mucho que sus trazas en escena se asemejen, Dolo Beltrán nunca será la ex vocalista de Moloko.Y tampoco hay que entenderlo como algo peyorativo: la voz e imagen del trío catalán nunca tendrá el glamour de diva dance pop de la irlandesa, pero sí ese desacomplejado magnetismo cañí capaz de capitalizar en escena toda la atención de una propuesta que navega entre lo efectivo y lo insípido, según se decante su temario.

Las cartas del juego, sobre la mesa desde el primer momento, dictaban una reconversión en clave tecno pop de gran parte de su repertorio, tal y como han llevado a cabo Sidechains y Catcomplex, los dos remezcladores protagonistas de su última entrega, presentes también en escena parapetados tras sus portátiles.

Y así discurrió la noche, tentando al baile en un emplazamiento tan insospechado -y algo estridente para tal formato- como la sala Iturbi, recabando lo más granado de su primer y tercer álbum (La vida moderna fue casi obviado), dosificando sus mejores bazas (“Cósmica” a la mitad, la inefable “Lola” casi al final) y acercándose en muchos momentos a la euforia electro pop de unos Fangoria sin el consciente componente kitsch de aquellos.

Así son Pastora. Tan saneados, tan prescindibles, tan asépticos. Y tan deudores de esa estereotipada Barcelona víctima de la modernidad más vacua y cool (tanto al menos como los dibujos de Jordi Labanda o los anuncios de Isabel Coixet) que podrían formar doble cartel de lujo buenrollista junto a sus conciudadanos Facto Delafé y Las Flores Azules. Todo el mundo salió encantado.

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