Grupo: Primavera Sound (Jueves 28 de mayo)
Sala: Parc del Fòrum (Barcelona)

Pues os lo voy a contar. Al atracar en la estación de Sants, las camisetas amarillo fluorescente y las blaugrana, me recordaban que la noche anterior el Barça había demostrado ser el mejor equipo del mundo. No es que me importara, pero me hacía feliz comprobar que las caras de la gente ya me llevaban una resaca de ventaja.

Encuentro la casa donde mis AMIGOS (con mayúsculas) me van invitar estos tres días de festival y me relajo al ver semejante terraza. Sé que me voy a perder a La Bien Querida (ya los veré en el Contempopranea), y a The Bats (puede que jamás, quizá haya perdido la oportunidad).

Un consejo: digo que en los festivales no hay que ansiarse; lo ideal es seguir un ritmo sin apretar, a lo Indurain, que al final significa un “tour”. Me presentan, conzco (y reconozco) a mis compañeros de festival y la cosa pinta más que bien. Me acredito con solvencia y, ¡qué caña!, me ofrecen unos tapones para proteger mis pabellones auditivos. Alguno se ríe, dice que no es para tanto…

Entrar en el Primavera Sound es como subirse a un mirador (pop): el mar de fondo y la felicidad in situ. Sin darnos tiempo a ubicarnos mentalmente en los diferentes escenarios nos plantamos en las gradas del Rockdelux. Allí finiquitan The Vaselines; tras 20 minutos de guitarrazos que se debaten entre el punki y el indie, con clase y agresividad, nos damos cuenta que estamos dentro. La emoción de estar en el interior del recinto aún ahoga a la objetividad. “You think you are a man but you´re only a boy” sirvió para finiquitar y quedará ya siempre en mi cabeza.

Ahora toca pillar tickets de birra. Una mala noticia: la máquina ha sustituido (en tiempos de crisis) al hombre; eso sí, son rápidas y eficientes las jodías. Nada, que tras dejarnos timar por un robot expendedor de tickets de la felicidad (20 pavos= 4 birras), decidimos que Yo La Tengo deben ser nuestro primer concierto de pe a pa.

El trío norteamericano tocaba en el Estrella Damm (el grande) y no defraudó; tampoco impresionó: digamos que en la hora de actuación que tuvo se dedicó a demostrar que las modas y las gilipolleces no van con ellos. Igual se hicieron una canción de tintes folklórico-latinos sin guitarras (sólo teclado, bajo y excepcional, como de costumbre, batería), que acabaron reivindicando en sus viejas canciones el indie que les parió (o que parieron). Están en forma, como siempre…¿cuándo dejarán de estarlo? En definitiva: concierto relámpago y bien ensayado en el que cupieron retales de toda su trayectoria y donde pasaron de la melodía al controlado caos. Con la distorsión acabaron un concierto que será recordado más por ser quién son que por el impacto real de la representación.

De ahí a Andrew Bird. A ver, ya lo habíamos visto; sabíamos que es tan genio que puede marcarse un concierto más clásico que de pop. La verdad es que la explanada Ray-Van Vice estaba a parir. Andrew -totalmente sólo si no contamos el megafono que hacía de tío vivo a sus espaldas- comenzó a desdoblar sus loops y los violonazos dieron paso a los guitarrazos. “Noble Beast” (comenzó con la pegadiza tonada de “Oh No”) capitalizó la actuación pero la gente se volvió loca cuando acudía a cortes de “Armchair Apocrypha” (“Fiery Crash”, “Imitosis” o una enlentecida “Plasticities” por ejemplo). Aún era el cumple de Nando, por cierto; le regalé una llamada; felicidades amigo. La muchedumbre hipnótica ante el caballero de la bufanda que volvió a hacer del silbido y el violín sus mejores bazas; nosotros -y eso que lo amamos- nos fuimos a bailar con Phoenix. Cosas de Andrew que, a pesar de estar espléndido, es un hombre de recintos reducidos y cerrados.

A Phoenix nos fuimos porque la mayoría quería; porque nadie dudaba de que ese espectáculo iba a ser del gusto de todos. Los temas que componen su nuevo álbum suenan igual que todo lo hecho hasta ahora, pero ¡demonios!, nos tienen atrapados. Más entrega para el acotado tiempo de un festival no se les puede pedir a los gabachos que siendo los mainstream de la jornada únicamente ocasionaron sonrisas y bailes (mucho baile) con guitarras, electrónica y funk. “Wolfgang Amadeus Phoenix“, su último álbum, es puro ritmo con clase. Su vocalista (que sé que sale con Sofía Coppola pero de cuyo nombre no puedo acordarme) se mostró excitado, participativo, y decidió bañarse en el público más de una vez.

Y ahora sí: My Bloody Valentine en el Estrella Damm. Quisiera no escribir más por tres causas:1- He vivido (junto a mis compañeros de viaje) la mayor brutalidad sonora jamás presenciada por el hombre. 2- He descubierto de donde vienen Los Planetas. 3- Me reservo estas líneas por si conseguimos sitio en su repetición del Auditori…Sólo diré que vi a gente correr; personas saliendo del concierto tapándose sus maltrechos oídos; un final instrumental de más de veinte minutos del mejor ruido; no puedo evitar acordarme de aquel que se rió cuando le entregaron los tapones… Sí, por dios, mañana (hoy) más.

* Por cierto, que no es que no quisiera ver a The Horrors, simplemente es que el escenario Ray-Van Vice se les quedó pequeño y la que quisimos ir para allá, tras el orgasmo de My Bloody Valentine, unos seguratas nos impideron el camino. Nos quedamos sin escuchar “Primary Colors” (uno de los mejores discos de lo que llevamos de año) en directo. Pues nos fuimos al ATP a mover el esqueleto con Wooden Shjips

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