Grupo: Enric Montefusco
Sala: RAM Club

La velada se hacía esperar. Una sala medio llena esperaba exultante para ver el estreno de las primeras andadas de uno de los músicos más interesantes, introspectivos y profundos del panorama. De él se sabe, dice su leyenda, que no puede hacer nada mal. Siempre se puede esperar un valor añadido para el espectador. Pero ese valor añadido, es exquisito, como su público. Tal vez por eso no hubieran colas abrasivas con público en llanto por la posibilidad de perder su butaca. En primer lugar porque aunque no sea superlativo dicho público, es fiel, casi sectario (me incluyo), y  segundo, porque para hablar de butacas necesitamos una referencia a un auditorio o escenario teatral, como se podía esperar. No lo hubo, y recogiendo plegarias por el entorno, el sentimiento de sorpresa era generalizado. Qué mínimo esperar un escenario digno para esta figura mesiánica.

Entran en escena. Lluvia de fondo de sintonía. Y se ponen en acción con “Adiós”, a modo de pequeña introducción-homenaje, ya que esta es una nueva historia. La tapa del anterior libro merece una despedida, pues era de lomo bien grueso, y probablemente costó terminarlo.

El escenario coge forma en las mentes del colectivo. Un rayo de sol pinta la cara de Enric de naranja. Hay trofeos de nataciónsueños de conquista visibles en el aire y olor a café recién preparado. “Meridiana” empieza a sonar, corroborando aquello de la esencia que comentaba: El éxtasis sonoro llega de la misma forma, y sin necesidad de grandes hazañas, ni artificio. Sorpresa, doble mérito. Ya estamos situados en la casa. No nos sacan de esta avenida ya ni con un clásico.

Pere Jou, Ramón Rabinad, Alex Puig y Jaime del Blanco desenfundan instrumentos traídos desde el desván, cambiados por esas guitarras eléctricas fatigadas de tanto ruido alternativo. Se entrevé la necesidad de probar otros matices. Y se nota al primer contacto. La esencia del artista se mantiene, aunque la envoltura, ya no es de plástico. Es de edición deluxe de figuras de madera.

Uno de nosotros” nos allana el terreno hacia la oscuridad montefusquiana. Un “Buenas Noches” nos lo corrobora. Y así, en medio de la noche, y al descubierto, a modo de sermón de cura de funeral, sueltan “Todo para todos” sin tregua. Estábamos situados en el espacio. Pero ahora aparecen los fantasmas y las figuras sociales que estos músicos sacan de nuestros cerebelos. Aquí nos empiezan a llegar dosis del mensaje central del disco. Ese mensaje que pretende, a la fuerza, y por nuestro bien, dejarnos de nuevo en pañales, pero con consciencia. Para poder mirarnos por un segundo y decidir un nuevo rumbo, más justo y que hayamos podido elegir. Una lástima que realmente esos pañales ya nos queden pequeños. No entran.

Y ese mensaje llega al fondo de nuestro córtex ibérico con “Flauta Man”. Esta canción ácida (incido determinante en ello) es ya un símbolo universal y social que compartimos todos. No tenemos la culpa de haber vivido una infancia (feliz o no) llena de banalidades. Pero la cargamos en nuestra mochila, y traiciona nuestros sentidos, y lo hará de forma inevitable hasta nuestra disecación. La saliva seguirá atascada en los pitorros. Y a ello pretende llegar el autor. No tenemos ya remedio, pero que si está en nuestro poder el  no volver a dejar blandir un instrumento que viene con instrucciones de esgrima.

Nos invita a olvidarnos un rato de todo, abstrayéndonos en “El riu de l’oblit”, única pieza en catalán de su repertorio. El acordeón coge cuerpo. Los sonidos populares se acrecientan y cogen cercanía.

Tras un receso, oímos el timbre. No sabíamos que teníamos invitado. Pero sí, y era uno especial. La presencia de Standstill inunda la sala a través de la vieja gramola de la casa. “¿Por qué me llamas a estás horas?” se reproduce con tintes cambiados, pero sigue sonando con distorsión emocional. “Adelante Bonaparte” cierra la pequeña visita (cabe decir que esta visita no habría hecho falta. A estas alturas la velada estaba siendo mágica), dejándonos alegres y pletóricos. Enric bien lo sabía, así que decidió que era el momento para relucir “Vida Plena”.

Después, nos recetan  una versión muy propia de “Todo es mentira” de Albert Pla, y “Lo Poco Que Sé”, joya en bruto del disco que deja el vello escarpado en directo. Se disponen a despedirnos. La conversación de salón ha sido productiva. Así que hacemos un cíclico, y nos dicen “Adiós”, esta vez completa.

Recibimos indicaciones para irnos, pero salen al pasillo con nosotros. Tenían un regalo esperando fuera. Un set preparado para hacernos una foto conjunta e inmortalizar el momento. Nos subimos a la planta superior y nos acorralamos en forma de comuna, para corear de nuevo “Todo para todos”, cumpliendo con el papel social que se merece,  y “Obra Maestra”,  dedicándose a si mismos su propio juicio de valor (acertado) del repertorio que nos ofrecieron.

Un concierto que se marca a fuego de chimenea, y que nos dejó olor a brasas para llevarnos al hogar. A riesgo de decir que es una obra “social”, prefiero adjudicarle una descripción más acertada en la palabra “misión”. Primero, rellenar un poco del vacío pedagógico y de valores que sufrimos cada vez más en la música, y dejarnos subrayado en amarillo el deber de no olvidar nuestro pasado, a modo de recuerdo, si, pero sobre todo a modo de desapego. Se puede desaprender, pero requiere expresarse en voz alta y mirarse por dentro. Enric Montefusco tiene esa “voz alta” y la capacidad de mirar y comunicar. Ha decidido emprender el digno camino de abrirnos planteamientos. Yo lo recojo con los brazos abiertos, recibiendo con ello un show memorable y el que para mi es el mejor disco nacional de este 2016.

Y me alejo del lugar profundamente tocado, miro atrás y solo puedo ver casitas de colores, bien saturadas, aunque sea de noche.

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Fotos y crónica: Joecar Hanna.

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