Grupo: Reading´09
Sala: Reading (Inglaterra)

Adentrarse en el festival de Reading es como traspasar la pantalla y aterrizar en Apocalypse Now, con toda suerte explosiones, nubes de polvo y ruidos ensordecedores. Los de la NME, que en esto del mundo de la música ya lo han visto todo, prefieren compararlo con Guantánamo, lo que no es mucho más alentador. El que es el evento musical más antiguo de Europa tiene en esa hostilidad con el recién llegado su mejor carta de presentación. Con los años han ido domesticándolo (ya no se pueden ver banderas en el Main Stage y se revisan los equipajes en busca de líquidos inflamables), pero la fiebre de la destrucción infecta a los asistentes sin remedio tan pronto cruzan la puerta.

Lo que Freud llamara el sentimiento oceánico cobra aquí un sentido total. Los por otro lado normales hasta el hastío asistentes se convierten en hooligans de fin de semana tan pronto se sienten arropados por la masa de identidad definida. Esto los lleva a perder la noción del peligro, o del ridículo, o ambas. Se dejan llevar. De ahí que año tras año se repitan escenas de violencia que duelen con sólo verlas. Hay quien lo llama locura y hay quien prefiere hablar de exploración de los límites del cuerpo. Y es que hay algo de sobrenatural en todo ello, una religión cuyo primer y único mandamiento es amar el pogo por encima de todo, por encima de tu propia salud, defendiéndolo con la vida si se diera el caso.

Los líderes de este credo serían Dave Grohl, Josh Homme y John Paul Jones, que el sábado se dedicaron, desde el Radio 1 Stage, a transmitir el mensaje. Se hacen llamar Them Crooked Vultures, pero la etiqueta no importa. Es electricidad pura. Hubo quienes quisieron hacerles sombra, pero los villanos en este tipo de historias, de carácter mítico, acaban bien escarmentados. Si no que se lo digan a Kings of Leon, que el viernes recibieron su castigo en forma de gran plaga bíblica. El sonido fue nefasto y ellos lo pagaron con la guitarra, que acabó hecha trizas contra el suelo. Sólo faltaron chispas saliendo de sus ojos para hacerlo más dramático. Que los Followill sean además guapos y rubios no hace más que corroborar que las desgracias nunca vienen solas. Si ser derrotado duele, imagínate como les debe sentar que sea un tipo de cara difícil como Homme el que los mande al destierro.

Pero como buen mesías, el cantante de Queens Of The Stone Age ha sabido sembrar la semilla entre un escogido grupo de apóstoles, tan poco agraciados como él, pero tocados también por una suerte de don. Los acólitos en cuestión no son otros que los Arctic Monkeys. Los de Shefield demostraron más profesionalidad o al menos más falsa modestia sobre las tablas en la noche del sábado. Exhibieron también fe ciega en el líder al colocar al inicio tres temas del recién estrenado Humbug (producido precisamente por su padre putativo). Luego las guitarras distorsionadas dejaron paso a lo que los más profanos en estas lides querían, baile y carne. Pero ellos en sus trece, más puritanos que nunca soltaron aquello de we are going to take it down, Reading. Por amor de Dios que no estamos en cuaresma! gritaba la multitud. Pero ya se sabe que los conversos son los más extremistas. Así que luego lo llevaron even further y llegaron a dormir a algunas de sus ovejas, como buenos pastores.

Podríamos seguir diciendo que todo terminó en un éxtasis colectivo y que el público, que había llegado en peregrinación, recitó aquello de vivo sin vivir en mí, pero ya ha quedado claro quién lidera el podio del rock (sin olvidar a Radiohead en calidad de Luteros díscolos que van y se sacan de la manga un directo para enmarcar el último día a la última hora empezando con un “Creep” que ni los más viejos del lugar recordaban en directo y terminando con “Paranoid android” y “Everything in its right place”. Otros que siguen la norma de la proporción inversa entre belleza y éxito, si no entre las féminas en particular, entre los amantes de la música en general), quién está llamado a sucederlos y quién acaba coronado como el hype del festival. Claro que el pastel no se lo repartieron sólo entre ellos. Eran más de doscientas actuaciones las que se pudieron ver en treinta y seis horas, pero es lo que tiene la Historia, que se centra en unos pocos elegidos y otros tienen que conformarse con las notas al pie de página.

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