Grupo: Elvis Perkins + Dawn Landes
Sala: Black Note

Que un martes en Valencia se cuelgue el cartel de no hay billetes -con inoportuna tromba de agua de por medio y por reducido que sea el aforo de la sala- es síntoma de cita inolvidable. Y sí, amigos, al término del doble bolo de Dawn Landes y Elvis Perkins puedo concluir que, sin duda, las alrededor de 200 personas allí presentes hemos asistido a uno de los mejores conciertos de la temporada. Os cuento.

De Dawn Landes, aparte de que era una moza americana con referencias axiomáticas, poco sabíamos… ¡Y qué bien cuando uno no se lo espera y descubre un tesoro! De juvenil y bella (certero parecido con la actriz Keira Knightley) apariencia con poco que hubiera hecho nos hubiera embelesado, pero la cosa no quedó, ni mucho menos, ahí.

Salió como tímida, tras el teclado, y más de uno pensábamos que aquello iba a ser algo suave y melódico, como si de un nuevo miembro de la familia Wainwright se tratara. Para cuando nos dimos cuenta de que los derroteros folk-rock tomados iban a dejarnos con la boca abierta y los puños apretados, Landes ya se había colgado la guitarra y taconeaba, simpática y enérgica, recordando a Joni Mitchell. El espectáculo, de todos modos, no estaba en su angelical cara, sino en el par de músicos que ejercieron, magistral y espectacularmente, de hombres orquesta: dos barbudos prodigiosos al servicio del rock, el blues y la exquisita voz de una joven norteamericana que con garbo se ganó, sin reservas, la primera ovación de la noche.

La impresión inicial que causó Elvis Perkins fue extraña, bueno, más bien la de tener en frente a alguien extraño: un gorro coronado por una pluma india y calado hasta las cejas aplastaba el pelo lacio que fluía, grasiento, a ambos lados de su cabeza; en el centro, dos ojos achinados y aumentados por unas pequeñas gafas de potentes dioptrías; por no hablar de la chaqueta (el resto de banda comulgaba con el asfixiante ejemplo) que, a pesar del calor que segregaban los cuerpos, no se quitó hasta bien pasado el ecuador del concierto. A todo esto, el neoyorquino prohibió fumar en la sala y hasta se permitió echarle la bronca a alguno de las primeras filas por encenderse un pitillo. Él, y mientras sorbía con pausa una humeante infusión, aún se permitió un “vuelvo en 5 minutos”. De verdad que valió la pena esperar…

Se plantó sólo con la Fender Starcaster y, por su voz (aunque se sirvió de numerosos registros vocales) y su forma de narrar, fue inevitable no evocar a Dylan. Que la banda se uniera era cuestión de tiempo y, así, Brigham Brough (al bajo y contrabajo), Wyndham Boylan-Garnett (a todo lo que pudo: órgano hammond, harmonium, trombón y guitarra) y Nick Kinsey (batería y bombo), se unieron a Perkins formando un impepinable conjunto de country alternativo. Engrasadas todas la piezas, aquello fue como una tuneada locomotora norteamericana atravesando el lejano oeste a la que, a grito de más o menos madera, se le podía extraer rock&roll de alta potencia o plácidos peajes de folk pop que, con palpitantes coros, les emparentaron con Fleet Foxes o M Ward.

“Doomsday”, “Chain, Chain, Chain” o la sobrecogedora “Shampoo” (tiene gracia el título si tenemos en cuenta lo mostoso de su cabello) son algunos temas de su último álbum, Elvis Perkins in Dearland, que sonó casi por completo. Las composiciones de Ash Wednesdey, su anterior trabajo, fueron muy celebradas por el personal y, ni que decir tiene que “While you were sleeping”, estratégicamente guardada como primera del bis, subió la temperatura, ya de por sí elevada, de Black Note.

Además de regalar una inenarrable y enérgica muestra de country-rock al más puro estilo Country Joe and The Fish (que, según dijo, formará parte de su próximo Ep), para el final decidieron liarla y, bombo, platilo, trombón y guitarras en ristre, se mezclaron con el público en un apocalipsis músico/festivo que hizo olvidar algún problema con los amplis y la condición de freak de un Perkins que, por cierto, ya sonreía.

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