Grupo: Mercromina + Ramírez
Sala: La Cambra de La Rambleta

La primera vez que nos encontramos con Mercromina, las circunstancias, fue en las fiestas de Santa Tecla de Tarragona. Corría el año 2003. Al aire libre, concierto gratuito. Al parecer, el personal tarraconense no estaba hecho para tanta crudeza. El propio Joaquín Pascual, tratando de retener al público, confesó: “ya sé que es complicado, pero vamos a hacer un esfuerzo, ¿no?” Pero no hubo manera. Acabamos siendo unos treinta y algo. O menos. Dos años después, para 2005, Mercromina sacaba su gran obra: ‘Desde la montaña más alta del mundo’, ofrecían sus conciertos más sólidos y se disolvían.

Gracias a dios o más probablemente, gracias al concierto aniversario de Subterfuge, tenemos de vuelta a Joaquín Pascual y los suyos. Y ahora, paladeados de nuevo en directo, no queda más que preguntarse una cosa: ¿Por qué? ¿Por que se tuvieron que ir y dejar ese vacío, que, sin nuevas referencias, solo con su vuelta, han vuelto a ocupar como si no hubiese pasado el tiempo? De aquel adiós ha pasado casi una década, el reencuentro con Mercromina no ha acusado el tiempo de silencio ni se ha escuchado el típico comentario tan ‘hater’ ante cualquier reunión o revuelta de cualquier vieja banda que casi siempre se saca a pasear. Al contrario, la afición acudió de forma generosa a La Cambra del Espai Rambleta y se dejó atravesar por el recital sónico de unos Mercromina con un agarre tal a las tablas y a su cancionero, que nadie diría que llevaban tantos años sin pasear por su repertorio.

Ni que saltase el automático y dejase el escenario sin electricidad por unos minutos, justo en el momento en el que todo el mundo estaba sumergido en el bolo, frenó la comunión y la conmonción. Que solo tuvo que esperar un poco más. Actitud ya de viejo maestro en Joaquín Pascual, pero tanto o más entregado y abierto al público, al frente de los de siempre: Carlos Cuevas, José Manuel Mora, Carlos Sánchez y Enrique Borrajeros.

Volcados sobre las guitarras, como siempre. La experiencia sónica fue a más. La interrupción ni se acusó. Incluso a más de uno no le hubiera importado que volvieran a empezar de nuevo. La batería agitó la máquina con tremenda contundencia en un increíble espectáculo. Las canciones encontraron vericuentos por los que desarrollarse, atrapar y arrastrar al personal y las mayores gemas aguardaron para un inmenso tramo final.

‘Lo que dicta el corazón’ (Desde la montaña…) apareció de primeras, marcando el ritmo, de menos a mucho más. Y así no hubo reparo en mostrar los clásicos: El libro de oro de la congelación o Entrevista a un abducido (de Bingo), Pájaros (de Acrobacia) o Vals de ballenas (de Canciones de andar por casa), que pese a ser herederos de una antigua forma de hacer, se volvieron actuales con pasmosa facilidad. Cacharros de cocina, Chaqueta de pana, Evolution o Encadenados se ligaron al final y el bis se remató en tierna imagen de padre e hija (Joaquín junto a Ángela Pascual) compartiendo voces de Un mundo tan pequeño. Desgarro y sensación de actualidad. Una vuelta necesaria, tanto que pareció que entre afición y banda no hubiera existido una pausa de casi diez años.

Ramírez abrieron la noche con una propuesta a la que hay que dejar caminar. El trío que lo componen pueden hacer juntos cosas interesantes de verdad: Ramírez, Ángela Pascual y Jordi Sapena, bajo la supervisión del maestro Joaquín, claro.

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