Grupo: The Muffs
Sala: Sala Wah Wah

Uno llegaba expectante a ver a The Muffs a la sala Wah Wah. Le habían contado, había leído, que a su vocalista, guitarra y líder, Kim Shattuck, además de ser lo más cercano a un tornado sobre el escenario, le podía dar por insultar y esputar al y hacia el público. En la entrada uno de los promotores nos advierte, “¿habéis traído tapones?”. Bien empezamos.

Ya dentro del local la sorpresa es mayúscula al ver que el aforo está apunto del completo. Alrededor de trescientos nostálgicos y trendies treintañeros se saltaron un día y decidieron entrar en el fin de semana al ritmo de las canciones que seguro, diez temporadas atrás, les habían patrocinado más de una cogorza. La explosión indie que se dio en EEUU a principios de la década de los noventa es lo que tiene, que no se olvida… y provoca borracheras.

(Por cierto, nos encontramos a Edu Baos, bajista de Tachenko, a pie de barra. El caso es que es el técnico de sonido que viaja con los californianos por España…pero sigamos con lo nuestro)

Sale el trío. Shattuck lleva un vestidito de niña buena y botas altas (de no tan buena)y ladea una sonrisa malvada que ya no desaparecerá en toda la actuación. Se pone a cantar, mueve el fequillo y comienza a combinar voz enérgica e inofensiva con alaridos traqueales a lo becerro sufriendo la matanza.

Es pegadizo (es punk), pero no asusta y, la verdad, no acaba de enganchar; hay algo de monotonía en sus composiciones. No hay rastro de la peligrosa fiereza de la que me han hablado o he visto en youtube; los ojos casi se van más hacia sus acompañantes: el bajista Ronnie Barnett (el tiempo ha hecho mella en su aspecto pero no en su actitud; este sí escupe a un foco nada más salir; no para de moverse) y el batería Roy McDonald: entregado, rápido, potente, el mejor.

El repertorio fue el esperado (y celebrado) incluyendo en su mayoría temas de sus primeros trabajos (“From your girl“, “End it all” o “Big Mouth“ o ) y algunos del acertado Blonder And Blonder. La gente, claro, tan contenta; eso sí, sin dar la batalla y los saltos, al menos de primeras filas, que todo buen concierto de punk requiere. También presentó, que yo me diera cuenta, una canción nueva que apuntó hacia los mismos terreno de power pop deconstruido a punk marca de la casa.

El respetable satisfecho de haber, al menos, rememorado sus mejores tiempos, no tuvo que luchar mucho por un par de bises que estaban premeditados y que trajeron, entre otras, una atractiva “Lucky guy” donde, parece ser, hicieron amago de la fiereza y enganche de los que fueron garantes en su día. Yo de todos modos, ya me estaba yendo, tenía la cabeza algo saturada y no habían conseguido que olvidara (como sí hicieron por ejemplo The Smithereens semanas atrás) las obligaciones laborales del día siguiente.

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