Grupo: Quique González
Sala: Sala Noise

El día 14 de Diciembre lleva meses, literalmente, marcado en mi agenda con un dilema: ¿León Benavente o Quique González? Esta crónica, por tanto, comienza mucho antes del día de autos. Como se ve, el ya viejo prejuicio que el indie y el rock siguen manteniendo vivo, ese por el que lo que unos hacen no gusta a los otros, a mí no me afecta.

A principios del pasado Agosto, tras una actuación de los León Benavente en AspeSuena, en este mismo medio, Redacción Atómica, escribí lo siguiente: “Canciones directas, pero también intensas, urgentes, hirientes y con un fondo social que se echaba de menos. Llevan poquísimo tiempo juntos y prácticamente ya lo tienen. El concepto, el sonido, la trasmisión. Sencillamente, disfrutamos. Quizás aún no se entienda, pero ya se entenderá: E-S-M-U-Y-F-U-E-R-T-E, lo de León Benavente. Tiempo al tiempo“. Y apenas cinco meses después, ya se cuentan por miles los que piensan que es MUY FUERTE, lo de León Benavente. Y más que va a ser. Llenan donde van y son ya carne de festis.

Sin embargo, opté por asistir a esta segunda vuelta del tour “Delantera Mítica”, que ya reventó la pasada primavera el Noise y que lo está vendiendo todo en cada ciudad en la que hace bolo, y añadiendo fechas dobles en algunos casos. Quizás por eso, yo también repetía. De su propia pluma, “la primera vez que lo ves, parece mentira. La verdad es más difícil de creer”.

Para quien la revista RollingStone signifique algo, además, Quique venía anoche a estrenar el premio al mejor disco nacional del año. Y lo quiso demostrar desde el principio, mezclando fuego y gasolina en un show que comenzó incendiario y que era observado desde el fondo del escenario por esa pantera negra enjaulada que es attrezzo del espectáculo, justo enfrente de la otra pantera negra, esta pintada en el bombo de la preciosa Yamaha azul que golpea o acaricia, según, el batería local Edu Olmedo. El mejor, según dijo Quique cuando lo presentó.

Los meses previos al 14-D han dado para varias conversaciones con amigos, incluso para alguna confesión. Aunque puedo entender a aquél que haya perdido el rastro que Quique González ha ido dejando al pisar, el primero, en el camino polvoriento que le ha llevado desde aquí hasta la América más americana, yo me encuentro entre los rastreadores que todavía le siguen. Y, declaro, encantado.

Porque lo que yo veo es que Quique, un músico ya de largo recorrido, en su peregrinar creativo, ha continuado, como un zahorí, descubriendo pozos de agua potable que le permiten seguir adelante, explorando el desierto, avanzando, sin detenerse a beber de las aguas estancadas en el mismo cazo de abollado aluminio que comparten otros.

En eso, como en otras cosas, Quique ha sido inteligente y ha ido dando pasos adelante desde sus comienzos, rodeándose sucesivamente de nuevos y buenos colaboradores, tanto en la creación (César Pop o Leiva, últimamente), como en la producción (de Carlos Raya, su mentor, a José Nortes o Brad Jones, con el que ha grabado sus dos últimos discos en Nashville / también el artista “casi” local, Josh Rouse, ha grabado su fantástico último albúm The Hapiness Waltz con Brad Jones), como en los directos (que con Boli, al bajo, y Edu Olmedo, a la batería, ha convertido la base rítmica habitual de Señor Mostaza en una atronadora maquinaria que da a sus canciones una potencia inusitada en los shows, y eso que sustituyen nada menos que a su querido “hermano” Jakob Regulón y a Tony Jurado, respectivamente).

Después de ocho discos (y un directo en el que ajustó cuentas con la primera parte de su carrera), aún no ha necesitado echar mano de su innegable oficio con el que tratar de suplir una potencial falta de inspiración y hacer una grabación para salir del paso.

Sus conciertos, como el de anoche, son muestras de la entrega innegable de un hombre que posiblemente antepone su música a cualquier otra cosa, que, como me dijo alguien entre el humo del tabaco del bar donde nos encontramos con la banda después del concierto, siendo consciente de lo que gusta a sus fans, se impone la tarea de hacerlo mejor para gustarles todavía más.

Sus tours mantienen el set list basado esencialmente en su anterior trabajo, al que añade, en función del momento, un buen puñado de canciones previas, reinterpretadas con el formato de banda que le acompañe, en su estructura actual sin teclados, con Pepo López a una de las guitarras y Eduardo Ortega a la otra y al violín.

Pasando de momentos acústicos con violín, contrabajo y mandolinas a fases de enorme contundencia en la base rítmica o incluso algunas interpretaciones en solitario, algunas de ellas improvisadas ayer a petición de algunos asistentes, como “Crece la Hierba” o “Día de Feria”.

Si reviso su trayectoria, cada disco me parece que supera al anterior, siempre me quedo con el último. Si recuerdo sus directos, también el último es mi preferido. Ni se permite un descanso, ni rebaja sus expectativas a la hora de construir canciones y llenarlas de imágenes. Expongo algunas de esas estampas aquí, casi al azar, de distintas épocas:

Te vigilé las horas del viaje más largo, como si fueras a llevarte la luna debajo del brazo”.

Cuando te vuelva el corazón a su sitio, me lo agradecerás”.

Llevo todo el día en cama, con el volumen de la tele al tres”.

No te despidas, no te derritas, miss camiseta mojada”.

Me creía toda la película, he caído en todas tus trampas, pero te llevo en el corazón”.

Llevó al público por los distintos momentos del show hasta arrancar una parte final de traca, en la que dispararon “como pistoleros de sangre caliente”, dando truenos hasta el fin del repertorio. Aunque volvió “con el cuchillo entre los dientes” para hacer todavía dos bises más hasta completar su vuelta al mundo. De Madrid-Santander a “Dallas-Memphis”.

Quique busca y rebusca, tira del hilo, jugando como un gato, hasta desmadejarnos, hasta dejar expuesta, al final de cada ovillo, su verdad, con la que comulgamos una y otra vez como beatos. Una verdad que persigue hasta dar con ella en cada canción. Sin conformarse con una parte, sin verdades a medias.

Y lo consigue enarbolando a la vez la bandera de la tradición, y con la actitud de los grandes del rock en lo que respecta a la interpretación. Su performance no desmerece al lado de Band of Horses, pongo por caso. En su repertorio de directo, incontestable después de tantos discos, siempre echarás de menos alguna de tus favoritas. Pero seguro que te pondrá una sonrisa en la cara y el vello de punta cuando escuches aquella canción que no esperabas.

Ayer, en las dos horas y cuarto que duró el concierto, cayeron, por ejemplo, “Día Libre” o “Vidas Cruzadas”, pasando por “Conserjes de Noche”, de su primer disco, canción con la que mandó a romper filas al ejército del rock que luego se disgregó en comandos, algunos de los cuales acompañaron al artista en el post-concierto.

Allí confirmó lo contento que está con esta banda y la armonía que hay en el grupo, que incluyendo backliners y técnicos compartieron la noche con los fans en el pequeño local de la calle Cuenca.
Yo me retiré mucho antes de las siete y media, esa hora en la que “los últimos románticos se acaban acostando con cualquiera”.

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