Grupo: Enrique Morente y Lagartija Nick
Sala: Greenspace

Llegar con las palabras a explicar lo sucedido en el concierto de Enrique Morente y Lagartija Nick supone todo un esfuerzo. Desde el inicio la magia tomó el escenario y el flamenco brotó en estado puro. No era un concierto más, era la interpretación de esa cumbre de la música que es Omega, un homenaje a un grande como Leonard Cohen y el desentierro más cabal que se puede hacer de Federico García Lorca: seguir cantándolo, recitándolo, lo que es un placer a través de la voz y el sentimiento del Enrique Morente.

Porque tal vez los huesos del poeta granadino, junto al de los dos banderilleros, yazcan en cualquier fosa olvidada en un silencio desesperante, pero su voz clamó alto a través de la del maestro Morente y esa es la mejor prueba de que su memoria y su palabra están vivas, las dos, como lo estaban justo antes de que le llenasen de plomo por la espalda por aquello de ser poeta (rojo y maricón), y pensar y sentir.

Entre gitanos, con Morente como maestro, empezó a brotar la voz del poeta. Lo sentían en las palmas y en los susurros, y Morente lo cantaba hasta con la yema de los dedos, acariciándose las palmas de las manos. Y el sentimiento, porque el flamenco sale de ahí, de lo hondo del sentir. Y hasta se recordó al Alberti marinero.

Sentimiento puro en el escenario, al público le llegaban las sacudidas de emoción intensa que por momentos apretaron fuerte corazones y gargantas hasta el punto de que alguna lágrima de esas que saben a gloria se escapara por donde podía. Los gitanos se hacían grandes y disfrutaban, como Lorca los sentía suyos, y el resto atendía sobrecogido y en respetuoso silencio. Se sintió El pastor bobo.

El acompañamiento era de lujo. David Cerraduela y Paquete a las guitarras. Al toque, palmas y coros, un equipo de categoría, y Las Negri que acabaron por rematar un escenario que estalló en plena fiesta al final del primer tramo de un concierto que se alargaría hasta cumplir las dos horas. El primer Lagartija que se unió a la fiesta fue Eric Jiménez, al que habrá que encumbrar definitivamente tras presenciar su actuación de ayer, porque nunca una batería ha sonado –y que los puristas me disculpen– tan seca, tan flamenca.

Dejaron al cuadro formando el lío y cuando volvió Enrique Morente ya lo hizo acompañado por los Lagartija Nick (Antonio Arias, Víctor Lapido, Lorena Enjunto y el mismo Eric). Y Aleluya, el sonido que sorprendió en 1996 cuando se publicó Omega, volvió a sacudir. En la mente, tras la sensación, la grandeza de un Enrique Morente capaz de unir y hacer entender tanto sentimiento, el del flamenco y el rock.

Porque en el público había aficionados al flamenco e hijos del rock, abiertos todos para recibir un torrente de sentimientos, dispuestos a ver algo grande. Los silencios del foso sólo se desgarraban por algún “olé” sentido.

Al final parecía como si nadie quisiese acabar con aquello. La energía flamenca desbordaba el escenario más enchufada todavía por la electricidad de aportada por los Lagartija. Se arrancaban al baile. Y para el final quedaban guardadas Toma este Vals (Take this waltz) y la suprema La Aurora de Nueva York que venían a rubricar la certeza de haber presenciado un espectáculo único, la unión perfecta de la tradición y la modernidad: una cumbre de la música.

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