Grupo: Twelve Dolls
Sala: Wah Wah

Avanzar en el rock no es fácil. A las complicaciones técnicas y creativas que ya de por sí se le supone se añaden aquellas que fuerzan modas, tics generalizados y demás gaitas. Twelve Dolls lo saben y han pasado por ahí. Al principio les colgaron la etiqueta ‘The Strokes’ –bendita sea– y mal que bien lo soportaron. Una prometedora maqueta y a su rebufo un álbum -How to hide anything- cantado en inglés dejaban claro que la banda de a cinco cuya columna vertebral está formada por Eugenio, Pau y Guillem necesitaba un paso firme hacia delante. Llámenlo proceso de abstracción o búsqueda de la verdadera personalidad.

Tenían la fuerza, el atractivo y la suficiencia técnica, pero la voz no era la propia. Con Graso, su segundo trabajo, tomaron dos decisiones. La primera y más importante, letras en castellano; la otra, no escatimar a la hora de complicarse la vida en la composición. El resultado es un álbum con tal cantidad de influencias como caprichoso sea el oído de cada cual pero que al mismo tiempo no se casa con nadie. Es decir, que los Twelve Dolls suenan a sí mismos y lo hacen con mucho sentido. Pero la demostración de todo esto quedaba a expensas del directo, un territorio para el que de verdad parece estar pensado este Graso disponible a todos de forma gratuita a través de su web.

El concierto en Wah Wah, primero de una gira que les llevará de nuevo hasta Rusia, era la prueba de fuego. No sé si en la mentalidad de la banda estaba la búsqueda del equilibrio, sopesar canciones de ayer y de ahora y lanzarlas como sentidos –de sentimiento– y calientes proyectiles rock. Es decir, armar lo que fue un conciertón de más a mucho más. Vamos a suponer que así fue y a decir sin rodeos que lo lograron. Que el trabajo se palpa y que no hay pose alguna, sino que la banda fluye con aparente naturalidad.

Obra y directo en equilibrio (casi) perfecto, sin descanso. De lo nuevo todo creció. Maravillosa Verde eléctrico. Contundentes El mito o Cristal. En el final tuvo el gusto añadido de la voz de Vaivencida. Se añadieron los clásicos anteriores como Monday blue y alguna que otra más; siguieron adelante con una Marcha atrás, que en directo promete seguir creciendo un par de palmos, y las vaciladas instrumentales como Mockba, un detalle para con Moscú. Y ya en las postrimerías dieron Pánico, uno de los hits irrefutables de Graso al que le quedan alguno que otro más por revelarse. Pongan por caso el Viene para quedarse.

Al final nadie lo dudaba. Las sensanciones tanto arriba como abajo del escenario iban a la par. Se habían tocado toda la teclas. El primer listón estaba superado. Los objetivos se habían cumplido: Disfrutar, sentir.

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