Grupo: Vurro
Sala: 16 Toneladas

La búsqueda del término “Vurro” en nuestro querido Google siempre resulta en un condescendiente amago de corrección por parte del buscador, en el que se nos insta a comprobar los resultados de la palabra “burro”. Quizá esta situación no dure mucho más, ya que Vurro, este misterioso personaje que defiende por propuesta una revisión de la “one man band”, ha conquistado el corazón de muchos a través de las redes sociales y de sus tres canciones -o jams individuales- publicadas en YouTube. Su puesta en escena es singular como pocas: un espigado personaje vestido con un mono de granjero y con la cabeza cubierta por una calavera de vaca -nadie ha visto su cara-, que toca sus tuneados teclados al tiempo que controla la percusión y golpea a cabezazos dos platillos situados a ambos lados de su protegida testa.

En los comentarios a uno de sus vídeos, algún anglófono asegura que pagaría una cantidad abultada de dinero por ver semejante espectáculo en directo. Pues bien, el pasado viernes tuvo su oportunidad, ya que el misterioso Vurro se dejó caer, por primera vez, en la ciudad Valencia para dar una muestra de su repertorio. La sala 16 Toneladas acogió la cita.

Al concierto acudió un público variopinto como pocos, formado por veteranos y neonatos; pelos lacios, pelos engominados y repeinados y rastas andantes. El fenómeno Vurro ha tocado a todas las familias. Tras una larga espera, Vurro hizo su aparición pasada la medianoche enseñándonos uno de sus “features”: dentro de su calavera lleva un micrófono conectado que hace resonar su voz como si en una tumba garajera se encontrara. Pronto el protagonista de la noche se nos presentó como un tipo campechano, más de pueblo que el botijo y con la capacidad para canturrear letras tan cercanas a la poesía urbana de Bob Dylan como a la lírica afilada de Nick Cave. Aunque quizá esté exagerando.

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Los temas de Vurro son diversión pura, mezclan músicas tan conocidas como el boogie, el sudoroso rock n’ roll y algún que otro sonido de tradición patria; y tratan temáticas tan acordes con el proyecto como las vacas o los toros. De hecho, “El toro Raúl”, una de las muestras del repertorio, es un tema exquisito, y no me miren con esos ojitos. Todo el show quedó aderezado, además, con la caída en batalla de un amplificador y la posterior solución fallida, es decir, arreglarlo a golpes, llevada a cabo por el artista. La comunión, por otro lado, entre Vurro y el público también fue como cabía esperar. Hubo una conexión entre los asistentes que nos dejó memorables frases como “Tira-li, Vurro, tira-li” o “Alpiste, Vurro, fill de puta”.

Al juicio de cada espectador queda el dilema de si la calidad musical -que la hay- es la suficiente como para disfrutar del proyecto dejando de un lado la llamativa puesta en escena. Es seguro que habrá quien no salga satisfecho de un concierto a cargo de un tipo que percute notas de piano con estrépito y salvajismo y que entona frases indescifrables distorsionadas en el microclima de una calavera animal. Lo que también es seguro es que Vurro ofrece un soplo de aire fresco y un fantástico ratillo de evasión y divertimento para los tan afortunados aficionados al bailoteo primitivo.

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