Por Carlos Pérez de Ziriza

Ya lo decía el propio líder de Luna en una entrevista reciente: si hubiera editado un nuevo álbum, seguramente habría tenido menos repercusión mediática que con su reciente libro de memorias, el jugoso Postales Negras (Libros de Ruido, 2012). No ha podido empezar con mejor pie la colección editorial supervisada por Fino Oyonarte (Los Enemigos, Clovis, ex productor de Los Planetas), ya que su primera referencia es de esa clase de volúmenes de los que casi todo el mundo habla. No hay más que ver el espacio que prensa especializada y generalista le han dispensado en las últimas semanas. ¿Su principal virtud? Pues tal y como él mismo reconoce, la franqueza que supuran casi cuatrocientas páginas escritas en primera persona y de primera mano, y no a través de transcriptores a sueldo que se limitan a dar forma (brillante y escrupulosamente, sí, pero filtrando la voz original) a un buen puñado de recuerdos borrosos (las memorias de Keith Richards son el ejemplo más recurrente). Sin desdeñar el hecho de que no abundan los textos autobiográficos dentro del llamado rock alternativo, indie, underground o como ustedes quieran calificarlo. Tampoco por ello esperen, pues, una narración que no deje títere con cabeza, repleta de sarcasmo y vitriolo (Luke Haines no hay más que uno, aunque aquí tampoco escasean las puyas), pero sí un honesto y nada complaciente dietario de la vida de un músico de talento fluctuante y éxito moderado, que no tiene el menor reparo en detenerse con detalle en los episodios más sórdidos de un rock’n’roll way of life mucho menos glamouroso de lo que cabría presuponer.

No parece descabellado afirmar que son dos los puntos de anclaje de Postales Negras. Dos momentos de expiación de pecados, o de exorcización de demonios, lo mismo da, que el músico neozelandés, afincado desde muy joven en Nueva York, parece querer solventar: los motivos de la agria separación de Galaxie 500 (cuyos ecos aún perduran) y la zozobra emocional que condujo al divorcio de la madre de su único hijo, tras meses de infidelidades y el posterior idilio con Britta Phillips, bajista de Luna desde finales de la década pasada y su actual esposa (amén de partenaire en el proyecto Dean & Britta). Hay, pues, una clara necesidad de ajustar cuentas con su propio pasado. Y Wareham lo hace con un estilo poco florido aunque más que depurado; con una propensión al detalle que es de agradecer, fruto de su utilización de un diario personal de gira (aunque, desde luego, no todos los pasajes narrados son relevantes) y con un sentido del humor rebosante de ironía, capaz de apuntar en múltiples direcciones sin reparar en diplomacias ni correcciones políticas. Sin necesidad de rendir cuentas a nadie, transformando a nuestros ojos su trayecto como profesional de la música en un jugoso striptease emocional en el que ningún recoveco se queda por escrutar. Las tensiones personales inherentes a la convivencia dentro de un grupo, sus fricciones creativas, los pequeños grandes triunfos frente a las casi inalcanzables expectativas de su sello multinacional y el hastío de la vida en la carretera (de entre su amplia colección de alojamientos precarios, no pasen por alto su repetida experiencia en un vetusto hotel de Valencia: adjuntamos las entradas de los tres conciertos que allí ofrecieron Luna entre 1997 y 2005, a modo de recordatorio. Cierto que ello no es obstáculo para considerar nuestro país como su mejor destino posible, todo hay que decirlo) quedan muy bien reflejados en sus páginas, que se leen casi de un tirón. Y es imposible no contener el suspiro ante algunas confesiones que pueden resultar emocionantes, dependiendo de la conexión sentimental que todos podemos tener con sus filias y sus referentes sonoros. Dependiendo también de lo cerca que estemos de entender su visión en retrospectiva, seguramente a considerable distancia de ciertos ideales juveniles pero sin por ello perder de vista todo lo logrado, que no es poco. Personalmente, nos quedamos con esto: “Antes de nuestro último concierto con Luna, recordé a mi hermano Anthony (N.del R.: su hermano mayor, con problemas de drogadicción), que no iba a poder asistir y llevaba varios años sin vernos tocar. Apenas lo veo…pero a veces escucho una canción que me recuerda a él, como "This Is The Day", de The The. Esa gran canción, una de sus favoritas, habla de un tipo con los ojos inyectados en sangre porque se ha pasado toda la noche despierto…piensa en que podría haber conseguido cualquier cosa en su vida, y en que todos sus amigos le dicen lo afortunado que es. Se hace una promesa: a partir de ese día, su vida cambiará. En ocasiones, cuando viajo en la parte de atrás de la furgoneta, me gusta ponerme los auriculares y escuchar "This Is The Day"…escucho todo aquello mientras apoyo la cara en mis manos”.

Porque de eso trata Postales Negras: de la música y de la vida. ¿O acaso no son lo mismo?

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