Y no mires atrás, añadiría. Hace tiempo que las discográficas, las grandes sobre todo, viven instaladas en una película alemana en la que Franka Potente corre sin descanso para sacar pasta de donde no la hay con el único objetivo de salvar a su descerebrado partenaire. Aunque sabe que ya se ha metido en líos otras veces, y lo volverá a hacer. Los actores cambian, pero los papeles son los mismos. La eterna crisis de la música como negocio, la del formato físico más concretamente, y el lobo feroz de lo digital siguen siendo la excusa perfecta para continuar sangrando sin miramientos a los que lo sostienen todo: los consumidores.

El panorama no deja de ser una reproducción a escala de la gran vergüenza española: los del lado débil de la cadena, que son muchos, pagan por amortiguar las consecuencias de los actos de unos pocos que, demasiado a menudo, salían por la puerta grande con los bolsillos a punto de reventar las costuras. Sólo que, en este caso, la gran mayoría de los que ponen el culo todavía no sabe que lo está poniendo ni para qué. Aún hay gente que cree firmemente que, amortizando 20 euros por un CD, le paga la mansión a su músico favorito; sin embargo, lo que hace es financiar un negocio, el de las grandes discográficas, que les trata con más candidez y menos respeto que el camello al yonki. Gracias al fascismo económico de este gobierno y al estado de excepción como modelo empresarial que manejan las majors, llevo casi veinte años con la sensación de estar comprando discos a cambio del mismo órgano una y otra vez. Tengo un que riñón vive en el día de la marmota.

Supuestamente asistimos, desde hace años, a la crisis del formato físico. Cada vez se compran menos CDs, por lo visto. Incluso menos que vinilos (ahora molan). Las soluciones están delante de nuestras narices: mantener los precios abusivos, ¡la gente los paga!; inventarse reediciones idiotas cuyo máximo atractivo son dos canciones que no eran lo suficientemente buenas como para entrar en el disco a la primera, pero sí a la segunda; sacarse de la manga algún aniversario para lanzar una caja con todos los discos del grupo porque, al fin y al cabo, ¿quién es capaz de juntarlos todos por separado? Hubo una época en la que los CDs triples se sacaban a la primera, y a precio de doble. Que le pregunten a CBS la gracia que le hizo que The Clash les colara Sandinista! a un precio asumible para sus seguidores. Hoy se habría publicado en tres ediciones y a precio de oro cada una.

Afortunadamente, quién sabe si por la edad o por mero instinto de supervivencia, uno ha aprendido a valorar los discos de segunda mano y ya no asiste a colas en grandes cadenas internacionales en las que observa con estoicismo cómo se paga el último disco de Coldplay a precio de cocaína colombiana. Ayuda ver lo que hacen sellos más humildes como Aloud Music, que deciden vivir por el fan, y no a su costa. Hay otra salida diferente a la de huir hacia delante con lo puesto, un final alternativo para la película de Franka Potente; uno en el que la pelirroja le dice “que te den” a su compañero mientras se hace un té.

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