Hace tiempo que el canon ‘Sálvame’ inició su lenta pero pertinaz y aparentemente imparable colonización de los medios y del periodismo en general. El deportivo, con la ranciedad ridícula del modelo de ‘Los Manolos’, es la última víctima de un periodismo que ha echado a correr en busca del abrazo idiota de la audiencia con el ansia del hámster que se sube a la rueda. ¿El próximo objetivo? La prensa musical. Cada vez tengo más claro que nos están preparando para el tortazo que vendrá; es más, la ‘Salvamización’ de la prensa musical, en Internet, ya es un hecho.

Y no me refiero sólo a esta pasión instalada ya cómodamente en nuestro día a día que consiste en buscarle el tono amarillo a cada noticia. Allá cada cual con la importancia que le da a la última aventura del pelo de Beyoncé, o a los empujones de patio de colegio del cantante de los Red Hot Chili Peppers. Y allá cada cual si decide picar. Me refiero más bien a esa peligrosa costumbre que ha surgido de repente dispuesta a joderte la vida, como el acné juvenil: te levantas una mañana y resulta que hay carreras por ver quién saca primero la reseña de tal o cual disco. Como asumiendo que el lector medio es incapaz de asimilar más de una opinión sobre un tema concreto, y que el primero se lleva el premio de su deficitaria atención. El clásico y apolillado “la gente es tonta”.

Dejando de lado que haya medios que tengan más o menos facilidad para tener una nevera importante, y de que servidor no cree en las reseñas exprés, el paroxismo de toda esta historia (y la catarsis de este texto) es encontrarse críticas, bañadas de magnificencia y en medios muy respetados por la plebe indie, a la mañana siguiente de que se haya filtrado uno de los teóricos discos del año. Delirante. Yo, que de normal soy un tipo pausado, y que entiendo la labor de desmenuzar un disco como un proceso polarizado que necesita tanto de fases de dedicación exclusiva como del barbecho pertinente, me pierdo con estas prácticas tan de ejecutivo agresivo. La ‘Salvamización’ de la prensa musical se ha juntado con las ganas de comer, que en este país no es otra cosa que esa prisa enfermiza por dar opinión y sentar cátedra sobre cualquier tema.

Uno no acaba de comprender esta urgencia autoimpuesta, esta carrera en la que nos han inscrito y para la que nos han dado un dorsal sin ni siquiera preguntarnos si la queremos correr. No se puede analizar un disco de la vastedad del último de Standstill en apenas 48 horas. Ni siquiera la evidente superioridad de Victoria Mística da para una reseña en 24 horas. Toda esta obsesión por ser los primeros en pedir la palabra, aunque no se tenga nada que decir, desprecia el trabajo de los músicos y deprecia el de los periodistas. O al final resulta que España ha dado una generación de opinadores y plumas extraordinarios que no necesitan más de 5 minutos para dar en la tecla y nadie se ha dado cuenta (cosa que, seamos serios, es poco probable), o va a ser que el producto que se está ofreciendo no está a la altura.

El trabajo de meses de los autores, y la persona que decide invertir su tiempo en leer una crítica, merecen más respeto que un par de supuestos chispazos de lucidez o una deconstrucción de hoja de promo sobre lecho de lugares comunes en cuatro ratos. Y la profesión, entre muchas comillas, necesita más dignidad. Resumiendo: respeto y dignidad, no parece ninguna locura.

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