Una de esas cosas interesantes que tiene viajar, abandonar tu ciudad, irte siempre que puedas; no valen las excusas del tipo: no tengo suficiente dinero para viajar etc.; sin motivo aparente, sin excusa de estudio o de trabajo por medio, es que, joder, mandas a la mierda todo aquello que parece que es imposible mandar a la mierda. Y esto, te libera, vaya que si te libera.

Pero, bueno, ya sabes que si quieres tomarte seriamente un proyecto musical no es bueno que te vayas un año a vivir al extranjero, tampoco es bueno que en verano viajes hasta el hemisferio sur para ver qué se cuece musicalmente por allí, tampoco es bueno, qué se yo… no estar, no vayamos a no estar, a ver si es entonces cuando nos llaman, cuando van a venir a reconocer nuestro trabajo… y no estamos…

Qué pérdida de tiempo. Cómo se puede perder tanto tiempo y tantas oportunidades pensando que arraigarnos a un proyecto y a un lugar va a ser lo que nos va a llevar a conseguir que ese proyecto vaya adelante. No lo sé, yo sigo sin saber por qué esto debe ser así.

Para mí en realidad, la construcción de un proyecto pasa por todo lo contrario, viajar, irte, volver, volver a irte, no tomarte demasiado en serio ni aquello que dicen que es bueno de ti ni aquello que dicen que es malo, volver a irte, volver a viajar, volver a montar y desmontar un proyecto. Volver a estar en movimiento, volver a creer que estás a punto de conseguir algo y volver a darte cuenta que no, que no había nada detrás.

No hay nada como el éxito para consolidar proyectos monolíticos, y no hay nada como el fracaso para hacer crecer la complejidad que existe en nosotros.

Vale, en uno esos viajes me fui a Francia, hablo de 1994, era junio, yo tocaba con un grupo de franceses en Poitiers, me dijeron que al día siguiente teníamos concierto. ¿Dónde? Les dije. Me contestaron: nos han cedido un escenario en una calle céntrica. Vale, pero, ¿por qué?, les dije.
– Es 21 de junio, el día de la música.
– Ya, y qué.
– Pues que todo el mundo toca en la calle el día de la música. El ayuntamiento monta por toda la ciudad escenarios por todas partes para que todos los músicos puedan tocar todo el día.
– Joder, ¿el ayuntamiento monta un festival de música en la calle? ¿Me estás diciendo eso?
– Sí, ¿tan extraño es? ¿En Valencia no pasa lo mismo?

Como os podéis imaginar, me empecé a reír, mi risa se oyó por cada rincón de la ciudad. Mis colegas franceses me miraron precupados.
– Te pasa algo.
– No, no, que va. Vamos.-No podía parar de reír-.

Valencia, 2004.
– Oye, esto es un puto erial, ¿no crees? ¿Tendremos que empezar a hacer algo, no?
– Pues mira, ahora que lo dices, yo estuve en Poitiers…
– ¿Dónde?
– En Francia, en Poitiers…
-Ya.
– Allí el 21 de junio los músicos tocaban todo el día en la calle.
– Coño, en la calle, aquí el ayuntamiento nos manda a la pasma y nos empapela.
– Ya, ya lo sé tío, pero conozco un local, Akelarre, bajo de mi casa, si quieres se lo comento, y si nos deja enchufarnos, tocamos fuera, si vemos que viene la pasma, corriendo nos metemos dentro del local…
– Joer, pues no es mala idea.
– Podríamos llamar a más grupos y así montamos un festivalillo.
– Vale, ¿llamamos a Emma Get Wild?
– Vale.
– ¿Y a Mr. Vértigo?
– Mola..
La Gran Esperanza Blanca, Índigo, Senior………..
– De lujo.

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