Dicen que una sociedad se mide por su talento cultural y, sobretodo, por su capacidad para generar y tolerar un sinfín de propuestas culturales.

Es difícil divisar cualquiera de estos talentos en la sociedad española. Primero, porque los que estaban ya se han ido o directamente se han retirado. Segundo, porque las nuevas generaciones o no se las espera o directamente acompañan e incluso aplauden la ola mediática del sistema.

Más allá de Nacho Vegas y de Amaral, ¿hace cuánto que no escucha una canción protesta o reivindicativa contra el sistema? Por supuesto que cualquiera de los dos ejemplos que he puesto pueden parecer intentos fracasados, pero por lo menos son intentos. Ya ni Extremoduro ofrece un contrapunto político a la situación que vivimos.

Debemos irnos hasta la nueva hornada punk proveniente de Madrid para hallar algo de viveza en unas letras que pretende reafirmar el estado latente de los que las interpretan. Por lo menos ellos no están muertos.

Cualquier tipo de faceta artística debería ser respetada por el sistema y prohibir un concierto de rock en pleno 2015 demuestra que pese a todos los galones que nos queramos colgar estamos muy cerca de aquella España que despertó un 21 de noviembre del 1975 creyéndose la más moderna de Occidente, en lugar de haber exigido un verdadero plan cultural con el que en el mejor de los casos, tal vez, nos hubiéramos acercado al nivel de nuestros vecinos de centro Europa. Ya ni hablemos de los países nórdicos. Pero, por el contrario, los 40 años de sequía franquista sigue siendo nuestra condena cultural.

Son muchos los pasos que nos quedan por recorrer, pero da la sensación que continuamente retrocedemos en vez de avanzar. Aún recuerdo cuando en los últimos coletazos del Aznarismo se prohibían conciertos a discreción. De esto hace ya más de 11 años y seguimos con las mismas. No se divisa el progreso por ninguna parte.

Con una industria cinematográfica, por llamarla de algún modo, en la que las dos cadenas de TV privadas ejercen de Ministerio de Cultura; con una TV que sigue aislándose en cuanto a formato y forma del resto de sus vecinos europeos; un panorama musical en lecho de muerte, pese a que nos quieran convencer de su reanimación debido a la subida en ventas de los de siempre, y con un teatro enclaustrado entre la meseta y la ciudad Condal y reducido al micro-teatro en el resto del estado es trascendental que los propios agentes culturales reaccionen ya, porque es evidente que los agentes gubernamentales no van a mover un dedo por cambiar esta situación. Al revés, si pueden la animarán a que continúe así.

Mientras seguimos descifrando si el Gobierno de Mariano Rajoy nos hará ‘el favor’ de bajar el IVA cultural, a su vez, coreamos a Lluís Llach, Paco Ibáñez o Raimon y nuestros gobernantes siguen la mar de contentos porque cada día tengamos menos referentes. Gracias que desde la América latina todavía se atreven a hacer canciones que remueven conciencias.

“Cuando la tiranía es ley, la revolución es orden”. 

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