Nosotros, que acabamos de llegar, no sabemos si ha sido así toda la vida, pero da la impresión de que últimamente, en el ámbito musical valenciano (que, para bien o para mal, tiene algo de modesta reunión familiar) hay un sentimiento de rencor o de frustración hacia quienes no van a los conciertos, no escuchan los podcasts o no leen las revistas. Las palabras que parecen describir mejor este proceso de pensamiento son las del joven Indiana Jones de La última cruzada: «se han perdido todos menos yo».

Cuando no hay público en un concierto, se recrimina a los otros músicos de Valencia su falta de compromiso con la escena local. Sin embargo, todos sabemos que el músico es capaz de hacer un viaje a, por ejemplo, Castellón, a tocar en festivales donde no va a ver un duro. Todos sabemos que cuando se acaban los dos tickets de cerveza con que se estira el dadivoso dueño de la sala, tienen que tirar de latas de birra a un pavo porque no están precisamente montados en la ola del dólar. Pero parece que su compromiso tenga que ser todavía demostrado pagando la entrada de todos los conciertos posibles, cuando es muy probable (y muy legítimo) que un músico tenga unos gustos particulares y unos intereses específicos que no vayan a ser satisfechos cada fin de semana.

Cuando no hay público en un concierto, evidentemente, es porque la gente (en su absoluta miseria intelectual y estética) no ha sabido apreciar las joyas imprescindibles que cada mes aparecen en nuestra tierra, músicos totales, más allá del tiempo y el espacio, del que las revistas pueden decir cosas como “He Aquí El Freddy Mercury Valenciano”. Pero puede ser que el público, defraudado una vez, no quiera ser seducido dos veces por un ejercicio de especulación y deshonestidad de este calibre.

Cuando hay público en un concierto, se le pide que se calle, con arrogancia y mal gusto, porque lo que más miedo da es enfrentarse esta otra postura: al público no hay que mandarle callar sino hacerlo enmudecer. El peligro de entender mal la erótica del escenario y ese tipo de lógicas verticales de poder es que uno puede confundirlas, ridículamente, con el derecho de pernada.

Si se han perdido todos menos yo, es evidente que el público es una masa primitiva que desconoce los más básicos protocolos de la noche. Pero puede ser que el público lleve escuchando música toda la vida, en el tocadiscos del yayo o en el walkman o en la EME O-CHENTA. De hecho, es seguro que el público llena estadios en muchedumbre vitoreante cuando vienen las bandas que aprecia, y calla en las canciones lentas, y se deja sacudir a corazón abierto, y todo eso.

Es justo reconocer que esta ciudad necesita una política que acabe con la criminalización de la música en directo y que exponga al ciudadano a constantes actuaciones en directo, sea en bares, en la calle o en las salas de siempre. Este gesto supondría un cambio en la manera de entender la música en Valencia. Pero, mientras solucionamos eso (que lo haremos, mediante el amor y un ejército de monos súper inteligentes), cabe preguntarse: ¿estamos haciendo los podcasts que queremos oír?, ¿escribiendo lo que queremos leer?, ¿sacando el disco que queremos sacar?

¿No estaremos tomando al público por tonto con demasiada frecuencia? ¡Mirar al abismo!, ese deporte de riesgo.

Una Respuesta

  1. x

    Ególatra y ventajista. Pretencioso hablando del abismo de Nietzsche… lamentable. Ten tus 8 segundos de gloria al recibir este comentario.

    Responder

Responderle a x Cancelar Respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.