Miércoles, 13 de enero de 2016

Querido diario:

Desde el 31 de diciembre, han pasado varias cosas que parece preocupan mucho a la población filosófica española contemporánea, no tanto a mí, que ando tocada por algo acaecido en Nochevieja, a parte de lo del Duque Blanco, que ese pesar no hay quien se lo quite de encima. Una es la aparición de un vestido en televisión, el de una chica llamada Pedroche, y otra son las “magas de gener”.

Respecto a ese vestido, yo es que no lo entiendo en sí, y menos para salir al balcón una noche de invierno, y que si hay que ser moderno se puede serlo pintando cuadros o haciendo canciones. Pero lo que más me preocupa (creo que nadie lo ha advertido) es la cuestión estética. ¿Nadie ve que ese trapo es un ful? Lo imagino más apropiado para los matadores en la plaza, la verdad, como traje de luces, a ver si los toros los ven bien de una vez y se pueden defender.  Con lo bonitos que son los vestidos de gala cortesanos con sus figurillas, adornos y garambainas… En fin, como digo, asunto de la Estética. Tal vez les interese también a los nietos de Theodor Adorno y la escuela de Fráncfort.

Luego, lo de las “magas de gener”, que si qué feas, que si qué republicanas, que si nos cargamos las tradiciones… Tranquilos, responsables máximos del arraigo españil, aquí nadie se carga nada; que el Teatro de Lorca y Valle-Inclán, según me he documentado, ya intentó cepillarse a la Zarzuela sin éxito. Tenemos Verbema de la Paloma hasta el día del Apocalipsis.

Volviendo a lo mío, en Nochevieja, después de cenar, me fui con DJD y sus amigos a un garito con cortina roja en El Cedro. La música estaba bastante bien (Mad Robot, Perro Grande, Ghost Transmission, Acapvlco, Johnny B. Zero, Lanuca…) y la consigna era que fuéramos disfrazados. DJD se apañó un traje de Elvis, aunque más bien del Elvis machucho y decrépito de la etapa final;  y a mí, que no me gusta disfrazarme, me dijeron que me despreocupara, que iba bien con mis faldones y que seguro nadie aparecería tan auténtica.

El caso es que al llegar al bar, que estaba hasta los topes, me pareció ver otra mujer idéntica a mí, ataviada como yo y hasta con mi mismo moño y mi misma cara. Le quité importancia a aquello. “Qué casualidad, se ha disfrazado del Renacimiento” me dije, y me puse a beber como el resto. Pasado un rato, vi cómo DJD coqueteaba con una niña de unos 18 años, si es que no tenía menos. No sé si debería hacer algo, denunciarlo, me da igual que se la llevara a su casa tras darse el lote en mis narices, pero si la criatura tuviera menos edad…

En fin, en un momento dado, se me acerca sigilosa y rápida la otra dama renacentista; ya de cerca advierto que éramos exactas y, antes de desaparecer, me entrega un manuscrito lacrado y me susurra: “Léelo, Francesca. No lo compartas con nadie y, por tu bien y el de la humanidad, sigue exactamente las instrucciones indicadas”.

Y lo fatal (mi vivo-sin-vivir-en-mí) es que he perdido el puto manuscrito.

Si sigo con vida, hasta dentro de quince días.

Francesca, la dama del Renacimiento que viajó por error al s. XXI

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