SUSPIRIA

El próximo miércoles 5 de diciembre Suspiria llegará a las pantallas de cine de España. Esta película, dirigida por Luca Guadagnino y protagonizada por Dakota Johnson y Tilda Swinton, está basada en el film de Darío Argento que lleva el mismo nombre y que revolucionó el cine de terror italiano en 1977 con sus tonalidades excesivas y atmósfera de pesadilla en tecnicolor.

En ambos films narran la historia de una chica norteamericana con un talento sobresaliente para la danza, que viaja a Alemania para internarse en una reconocida academia y pronto comienza a notar sensaciones extrañas en su cuerpo, a la par que dos de sus compañeras desaparecen misteriosamente. El ambiente se enrarece cada vez más, hasta dar con el misterio que yace bajo la superficie: la academia es un aquelarre de brujas comandadas por Helena Markos, quien se proclama como Mater Suspiriorum. Ambos films cuentan prácticamente la misma historia, pero de formas estilísticas muy diferentes, ambas libres, ambas extremas.

El dilema de los remakes

«Cuando bailas la danza de otro, te haces a la imagen de su creador«. Es una frase que aparece en Suspiria (2018) dicha por Madame Blanc (Tilda Swinton) a Susie (Dakota Johnson) al nombrarla como protagonista de Volk, la coreografía que Blanc creó durante los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Y de alguna forma Guadagnino ha hecho lo mismo con Suspiria, bailar la danza de Argento, captando su espíritu. Pero a fin de cuentas cada uno baila con su propio cuerpo. No se puede bailar con los pies de otra persona.

Recuerdo hace unos años enterarme de la existencia del remake de Psicosis (Alfred Hitchcock) hecho por Gus Van Sant y pronto descubrir que existen más de 30 remakes de películas de Hitchock para el cine y la televisión. Y así ha sucedido con un sinfín de obras, incluyendo la serie Cosmos (Carl Sagan). Mi primera reacción –apresurada- fue no estar de acuerdo con esa actividad. Pensar que no era necesario, que eran ultrajes, sólo por el dinero. Pero decir que estoy en contra de los remakes sería posicionarme dogmáticamente ante hechos muy generales. Sería similar a afirmar algo así como “no como pizzas”, como si sólo fuera válido comer pizza en Nápoles.

A este punto de la historia del cine me parece natural que esto suceda. Si se adaptan novelas a películas ¿por qué no adaptar una película a una película? Si se hacen covers de canciones todo el tiempo ¿por qué se cuestiona cuando sucede esto en el cine? El resultado podrá ser sorprendente o decepcionante, pero sin duda es una labor arriesgada y con una amplia carga de retos y responsabilidades. Todo depende del cómo se trate ese material, del grado de respeto y humildad con el que se reinterprete. En el caso de Suspiria, el resultado es sorprendente porque no imita, sino que adquiere una nueva piel, la de un creador con visión y cuerpo propio.

Argento

Dario Argento desarrolló el subgénero que cambió la manera de hacer thriller y terror, el giallo italiano, fundado en los años 60 por Mario Bava. Esta forma de hacer cine manifestaba una desmedida violencia y reflejaba las inquietudes políticas de la Italia del momento. Suspiria forma parte de esta ola, pero por el hecho de lucir como una visión surreal y alejarse del contexto, se convirtió en una obra con más alcance internacional.

En 1977 Argento impactó con su intencionado exceso. Suspiria es una obra de terror sobrenatural que suscita muerte, misterio y oscuridad, pero de forma bella. Es como entrar en una pesadilla de colores deslumbrantes o en un cuento de hadas donde cada rasgo de inocencia se convierte en algo perverso (de hecho el argumento es el mismo que el de un cuento de hadas). Una dimensión paralela a la realidad, con planos cinematográficos forrados de papel tapiz y sangre brillante salpicando las retinas.

Es un film de auténtica pureza cinematográfica, donde, como en los sueños, no importa tanto lo que pasa ni porqué esas personas u objetos están ahí. Importa lo que se experimente al atravesar ese sueño y la sensación que queda al salir. Es una pesadilla donde la durmiente sale triunfante, como exploradora y vencedora de las fuerzas del mal. Argento es un pintor de esas visiones oníricas que, junto con la banda italiana Goblin, crean un delirio de rock progresivo donde la imagen y el sonido son verdaderos protagonistas.

Guadagnino

Mantener vivo el espíritu de una obra, cambiándola casi por completo, no debe ser nada sencillo. Guadagnino ha trabajado en base a los personajes principales y argumento central de la historia, pero se ha tomado la libertad de profundizarlo y darle una vuelta estilística radical.

La película está ambientada en un 1977 más realista. Los personajes ya no son piezas de un sueño, son más definidos, más humanos. El ritmo del montaje no es el de una terapia de shock ni la erupción de un volcán, es una aproximación más silenciosa, un sentimiento que se va colando poco a poco en el receptor. Los ambientes carecen del excesivo color. Es un Berlín frío, apagado, convulso y terrenal en pleno Deutscher Herbst (Otoño Alemán), aun revuelto por los fantasmas de la guerra, aun lastimado.

A diferencia del film original, éste posee un contexto latente que nos conecta con la historia universal, un pie sobre la tierra, geografía. No quiero decir que carezca de fantasía, pero es una fantasía escondida en capas inferiores, que en su forma recuerda más al El Gabinete del Doctor Caligari que al giallo. Es una atmósfera de frialdad y disciplina con acceso a lo sobrenatural, a lo cual se accede a través de puertas secretas y pesadillas tan cuidadosamente elaboradas que podrían ser, por sí mismas, piezas de videoarte.

Matriarcado

El protagonismo de la mujer es absoluto. En todo momento aparecen mujeres de edades variadas que personifican diferentes arquetipos, los cuales confluyen en la protagonista Susie, quien tiene contacto con todas las formas posibles en las que está representada la figura de la mujer en el film.

La presencia masculina es prácticamente nula a excepción de los policías, que son humillados por las brujas, y de un psiquiatra que por instantes se asoma como  posible héroe, el que denuncia y pone los hechos en un orden racional. Lo único que logra es desatar aún más la furia de las brujas, a quienes tilda como delirantes, aunque afirmando también que “el delirio es una mentira que cuenta la verdad”.

El poder femenino no se manifiesta en contraposición con el masculino, sino dentro de las dinámicas internas de ese matriarcado. La danza en Suspiria de 2018 no es un accesorio como en Suspiria de 1977, sino un elemento narrativo, expresivo y hasta un médium de brujería. La sexualidad está presente, pero no dirigida a hombres ni por hombres. Las danzas, el movimiento, las respiraciones evocan un espíritu sexual individual, interno, profundamente animal, como si unas fuerzas subterráneas estuviesen excitando a las bailarinas, llamándolas al subsuelo. El único color que sobresale es el rojo: la vestimenta de las bailarinas y la sangre.

Thomas de Quincey

Como los hechos culturales y las obras artísticas no surgen de la nada, si bien Suspiria de Guadagnino es consecuencia de Suspiria de Argento, ésta última tiene sus raíces arraigadas en la obra del poeta romántico Thomas de Quincey, autor de Suspiria de Profundis (1845), de donde claramente deriva el título del film, así como la idea de las Tres madres que existen desde los tiempos más remotos. Mater Lachrymarum (Madre de las Lágrimas), Mater Suspiriorum (Madre de los Suspiros) y Mater Tenebrarum (Madre de la Oscuridad) son los tres dolores que con su magia y poder son capaces de controlar los acontecimientos de la humanidad. También habla de las tres gracias. Unas no pueden existir sin las otras.

Quincey, tras sus experiencias como consumidor de opio, exploró a profundidad el mundo de los sueños y tomó como eje principal de su trabajo la revelación de la grandeza que sólo se puede localizar en las experiencias oníricas. No es casual entonces que tanto Argento como Guadagnino nos quieran introducir en la dinámica de la pesadilla, sumergiéndonos en misterios que no quedan del todo desvelados, que no tienen conclusiones ni lecturas definitivas, pero que algo en ellos nos seduce, nos atrapa y nos invita a seguir observando con atención. Delirios que pueden contener verdades, que invitan a seguir indagando y encendiendo lámparas en las densas capas de oscuridad que envuelven a la humanidad.

“La segunda hermana se llama Mater Suspiriorum, Nuestra Señora de los Suspiros. Ella nunca escala las nubes, ni camina al exterior sobre los vientos. Ella no lleva diadema y sus ojos, si fueran vistos alguna vez, no serían ni dulces ni sutiles; ni el hombre podría leer su historia; Se encontrarían llenos de sueños perecederos, y con restos olvidados en el delirio. Pero ella no levanta los ojos; su cabeza, sobre la cual se sienta un turbante en ruinas, se inclina para siempre, se sujeta para siempre en el polvo. Ella no llora. Ella no gime. Pero ella suspira inaudiblemente en intervalos (…) Ella es la mansedumbre que pertenece a los desesperados (…) Murmura, que a veces lo hace, pero es en lugares solitarios que están desolados porque está desolada, en ciudades en ruinas, y cuando el sol se ha puesto a descansar. (…) Todos los que son traicionados y rechazados; marginados por ley tradicional, hijos herederos de la desgracia; todos estos caminan con Nuestra Señora de los Suspiros.”

Thomas de Quincey

De Goblin a Yorke

1977 o 2018. En ambos casos la música no es sólo un elemento que complementa la imagen, sino una presencia constante, como un velo para la mente del espectador. Suspiria es la primera banda sonora compuesta por Thom Yorke, quien estuvo cerca de rechazar la propuesta de Luca Guadagnino por parecerle “una locura”. El resultado final no se asemeja en lo absoluto al soundtrack de 1977 compuesto por Goblin, pero en ambos casos existe un leitmotiv, un factor que se repite como si quisiera instalarse en nuestros cerebros. Es una música hipnótica y hechizante, como bien el mismo Yorke lo ha declarado: “cuando trabajaba en mi estudio, estaba haciendo hechizos”.

Por Cristina Tovar.

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