Resulta curioso que siendo un autor tan alejado de las tendencias más virales y palomiteras que el cine ha adoptado en la última década, Michael Haneke haya optado por construir en “Happy End” (2018) un compilado de personajes y conflictos ya vistos y muy bien explotados en su distinguida filmografía.

Esta especie de “reboot temático” se cuenta a través de los integrantes de una adinerada familia de empresarios franceses, los Laurent, quienes comparten, además del desesperanzador legado de Georges, su más senil integrante, un vacío moral que el pasar de los minutos va haciendo cada vez más evidente y mundano, hasta llegar al punto de otorgar a lo bizarro (y sí que lo hay) una curiosa dosis de lucidez.

Si bien lejos de sus mejores tiempos, la angustia y sordidez que Haneke sabe implementar a su cine, aunque cada vez más fugaz, no ha perdido un ápice de eficacia desde aquella tarde en la que “Funny Games” (1997) se coronó como la experiencia más visceral  que alguna televisión de veinte y pico pulgadas me haya presentado jamás. Incesante ante la búsqueda de un cine que relate la verdad, incluso si ella se encuentra en los entornos más marginados, Haneke logra con “Happy End” un ácido repaso a su propio universo cinematográfico, tal vez el único donde los héroes no tienen cabida.

Pantallazos es la sección de críticas breves dentro del espacio de Cine & TV. Críticas de películas en menos de 200 palabras.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.