(fotos: Maxime Dodinet)

Después de haberlo anticipado como una de las citas del año por conocidos y ajenos, la cita del pasado miércoles en la sala El Loco reunió a un buen número (aunque como suele ser habitual en esta ciudad inversamente proporcional a la supuesta calidad del artista) de ávidos seguidores.
 
Will Oldham, alias Bonnie 'Prince' Billy, tenía ganados ya de antemano a crítica y público en general mucho antes de pisar Valencia, verbigracia de alguna visita anterior más que exitosa y por las sublimes referencias de sus directos noches atrás en Madrid y Barcelona, entre otros.

En la noche del miércoles, el de Kentucky demostró ser uno de esos genios que aparentemente alcanza la perfección por accidente, una especie de super héroe zompo y loco que sin querer resbala con la cáscara de plátano y en su caída desactiva la bomba nuclear que va a terminar con el planeta.

Más bien poco ortodoxo en su pose y baile, y a simple vista descuidado con su guitarra, no consiguió disimular un talento innato, tan poco corriente en la música de los últimos años, artífice de las dos horas de espectáculo en las que sus cinco pares de brazos, perteneciendo a otros cuerpos que en realidad eran también el suyo en una perfecta sincronía de técnica y alma para dejar más que claro que, como mínimo, se codea con los gigantes de la escena actual.

Uno podría pensar en, por ejemplo, Wilco… y se equivocaría, pues BPB ahonda una y otra vez en las raíces del country, el folk y el sonido americana con tal naturalidad y acierto, pero por otra parte tan alejado del término vintage que es difícil colocarlo a la par con otra banda en la actualidad.
Un rango de voz impoluto que fue capaz de escalar hasta el góspel celestial desde lo más profundo del averno pasando por el predicador atormentado y el borracho del vodevil.

Cierto es, por otra parte, que quizá el repertorio pecó de emocional lentitud en algunos momentos y que con veinte minutos menos la sensación de ya de por sí magistral hubiera sido incluso superior, pero cuarenta y ocho horas después, y algunas más que están por venir, uno se seguirá sonriendo recordando que, afortunadamente, sigue existiendo la perfección emocional.

Abriendo la noche estuvieron El Hijo, con treinta minutos de gran calidad en los que Abel Hernández (ex Migala) siguió haciendo hincapié en una propuesta lírica y estructural fuera de lo común en el territorio nacional, presentando algunas de las canciones que formarán parte de un nuevo trabajo junto con pequeñas grandes joyas de su corta pero más que recomendable carrera en solitario.

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