Algunos acusan a Editors de ser un grupo efectista y copiota, pero llegó la noche -que era de lunes- y vendieron todo el papel y convencieron con creces. A joderse. Recalco el hecho de que fuera el primer día de la semana y no otro, porque tiene el doble de mérito abarrotar la sala y fomentar entre los asistentes las especiales sensaciones que a continuación se cuentan.

Había salido del curro pocos minutos antes y a la cabeza, por costumbre, le daba por creerse que le esperaban el sofá, cena caliente y algún programa de tv vacío; pero no, me iba de concierto; así que cerveza y sonido amplificado que te crió –por cierto, de muy buena calidad- en la remodelada, para el bien visual, sala Mirror (antes Cormorán y no mucho antes Roxy).

Al atravesar el umbral sónico pronto me di cuenta de que el Wintercase había sido, de nuevo, más puntual que yo. How I Became the Bomb ya se alborotaban sobre el escenario y la primera impresión fue la de tener en frente a unos pedazo de freaks. Vestidos lo más hortera que se pueda imaginar uno (pantalones de franela, camisas de lino floreadas, peinados años 50…) y con un físico rozando lo desagradable, el quinteto de Tenesee nos hizo, al instante, arrepentirnos de nuestra impuntualidad. Pop pegadisisisismo, nuevaolero y bailable que, con perfectas dosis teclado-electrónicas, y la simpatía de sus hacedores nos dejó con las ganas ver más; o sea, de volver a verlos. Esperamos sea pronto. Puede que el concierto no durara más de 40 minutos, pero teniendo en cuenta que sólo tiene grabado un ep, “Let´s Go”, no está nada mal.

The Boxer Rebellion. El nombre de tintes históricos-revolucionarios y sus oscuros atuendos hacían preveer lo peor; y lo menos bueno de la noche, la verdad, fueron. Los propios Editors designaron a estos londinenses para que fueran su comparsa en esta gira; ellos sabrán.

El caso es que se convirtió el de Londres en una mezcla ficticia de Radiohead pero con tintes a lo U2 que chirrió, por muchos momentos, merced a la garganta apersonal de su frontman. Sus mejores momentos se los debieron a la épica que, junto a la incómoda e intensa instrumentación, sí fue algo más creíble y emocionante en los instantes de potencia finales. “Exits”, su último y segundo álbum, acaparó casi los 60 minutos que los británicos estuvieron sobre unas tablas que no les pertenecían. ¡Que viva el festival itinerante y los grupos que (para bien o para mal) uno descubre!.

Pero si el primer día de la creación se habían agotado las entradas era por Editors; eso pareció captarlo el líder de la banda, Tom Smith, que a las primeras de cambio ya se había subido encima del piano, excitado y excitando, micrófono en mano. No es que hiciera frío, pero Smith, como es british el tío, pues salió con bufanda. Él y los suyos (sobre todo el batería, Ed Lay) pusieron la Mirror al rojo vivo; la bufanda ya no estaba y las primeras filas comenzaban dar saltos. Se me había olvidado que era lunes…¡para qué demonios me lo recuerdo!

Voz potente y sobrada; emocionante y grave; Tom Smith es buen cantante y peor pianista, pero estuvo eufórico descargando kames, puas y sonrisas hacia su agradecido público. Que el primer trabajo de esta banda, “The Backroom”, es mejor que el segundo no lo dudamos, por ello agradecimos y gozamos con la aparición de hits primigenios -no faltó ninguno- como “Bullets”, “All Sparks”, «Lights» o una “Munich” impresionante en directo. Vamos que creí estar en viernes. De, «An End Has A Start», su segundo y último trabajo, también repartieron joyas como “Smokers Outside The Hospital Doors” o la que da nombre al álbum.

Jugando, – permítanme el símil futbolero- como Leo Messi, a acelerar y desacelerar, mientras ponían o quitaban intensidad, como Messi, los cuatro editores pusieron cerco al corazón y la felicidad momentánea de los presentes. Seguramente será el truco más fácil del mundo, pero hay que hacerlo tan bien como lo hacen la pareja Tom Smith y la fina guitarra de Chris Urbanowicz…como Cruyff.

Hermanos malos de Coldplay o buenos de Interpol, digan lo que quieran. Sólo sé que para finiquitar eligieron una epiléptica, magistral y potente «Fingers in the Factories» que nos dejó el cuerpo en estado «findesemanero». Habría que ir más de conciertos los lunes. Habría que abolir los lunes a golpe de decibelio… ¡Bueno va y los martes!

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