Pocas cosas se afrontan con tantas ganas como coger un tren para ir al encuentro de un Primavera; esta vez se trata del hermano pequeño, el de otoño, el de las salas pequeñas y las carreras por la ciudad y el metro. Y como siempre Barcelona te recibe con esa mueca burlona de ser la ciudad más molona de la geografía, donde todos llevan gafas de pasta, pantalones pitillo y zapatillas imposibles; también donde se llenan los bares cada vez que juega el Barça y, por supuesto, donde el Primavera Club revoluciona la ciudad cada vez que se celebra.

+ Miércoles 23-N
Apenas hace media hora que he llegado a la Ciudad Condal y ya estoy plantado frente al Apolo. A qué tantas prisas os preguntaréis, y es que el cometido de haber venido ya el primer día es el de ver a Charles Bradley, ¿El jugador de baloncesto? ¿El de los Celtics de los ochenta? No, no ese Charles Bradley, estamos hablando de la nueva sensación negra, un soulman que hasta ayer era cocinero en bares de mala muerte de Brooklyn y que ahora, respaldado por una banda más que solvente, hace las delicias de cualquier amante de la música negra. Como era de esperar el concierto no sólo está a la altura sino que supera expectativas, su potente voz se te mete hasta la medula y la sección de vientos no puede sonar mejor, tiene al respetable metido en el bolsillo y no contento con eso se despide con una versión de “Heart of Gold” de Neil Young, levantado aplausos atronadores y ovaciones futbolísticas.

+ Jueves 24-N
Ya metido en la rueda festivalera llego a primera hora para ver el concierto de Capitán, formado por miembros de Extraperlo y Veracruz, el trío barcelonés nos ofrece un concierto denso con tintes ochenteros deudores de Aztec Camera y Orange Juice, su arriesgada propuesta contrasta con lo tempranero del concierto, la hora y los percances técnicos no juegan a su favor, pero a base de empeño y buen humor sacan adelante un concierto que deja buen sabor de boca.

Corriendo a echar un cerveza y de vuelta a la sala pequeña del Apolo, allí nos esperan Pure X, grupo que ha levantado gran parte de nuestra curiosidad y que promete un momento ensoñador. No defraudan. Los de Austin llenan la sala con su sonido brumoso y distorsionado, ayudados de un sinfín de pedales nos mantienen a todos en un letargo de guitarras lisérgicas sólo rotas por un Nathan Grace gritando a pleno pulmón. Y es que suplen su escasa presencia escénica con temas que ponen los pelos de punta, llenos de sentimiento, tormento y lágrimas. Más entrada la noche Nathan nos contará algo de los entresijos del grupo pero de momento se han ganado un puñado más de fans, entre los que me incluyo.

Lo de JEFF the Brotherhood es para partirse, dos hermanos del más profundo Tennessee que hacen rock a la vieja usanza, un cómica mezcla entre Black Sabbath, los Nirvana del Incesticide y los Wavves más punkorros. Jake Orrall, el mayor, toca una guitarra de tres cuerdas ¡para qué más! Jamin, el menor, aporrea la batería poseído por algún espíritu cavernícola. Y sí, el cóctel funciona, el pogo es ineludible y el público estalla en empujones acompañados de furiosos riffs de guitarra, ¡orgiástico!

En el apartado de los maduritos, las actuaciones se pueden resumir en una palabra, decepción. Sin duda The Pop Group y R. Stevie Moore han conocido tiempos mejores, el caso de los ingleses se queda en un queremos volver a tener veintiún años y no podemos, sus canciones no han envejecido del todo bien y en el mejor de los casos se quedan como unos Buzzcocks a media pastilla. En el caso de Moore el concierto se queda reservado exclusivamente para nostálgicos.

Al final de la noche acabamos sentados en una terraza acompañados de un simpatiquísimo Nathan Grace (Pure X) quien nos cuenta la poca suerte que ha tenido hasta hace nada, con diez años intentando sacar bandas adelante, parece que por fin la fortuna le sonríe. Pure X están levantando buenas críticas y acaban al día siguiente una esperanzadora gira europea.
Si no fuera porque en unas horas tiene que partir a la capital, se hubiera venido de bares con nosotros, pero nos anuncia que ya volverá para acabar lo que empezamos.

+ Viernes 25-N
Apenas y acaba de oscurecer y los portugueses Gala Drop inician su concierto en el Marula Café, desarrollan una letanía instrumental que deja a la percusión el papel protagonista. A ratos recuerdan a Santana, a ratos se hace imposible clasificarlos. Si logran dar más colorido a su música un tanto monótona tendremos una banda interesante a la cual seguir la pista, de lo contrario serán fácilmente archivados como una medianía exótica del Post-Rock.

Inmediatamente después saltan al escenario Gardens & Villa, grupo que aguardábamos con gran interés. Su peculiar folk campestre abonado a Greenpeace podría quedarse en una ñoñez, muy por el contrario sus canciones suenan dulces y ensoñadoras. Lo carismático de su directo hace imposible no contagiarse del tremendo entusiasmo de sus miembros, no sólo ha valido la pena el desplazamiento a horas tan tempraneras, sino que aquella preciosidad de concierto sólo sería un augurio de lo que estaba por venir.

Tiempo para cenar, copetear y andar de vuelta al Apolo para encontrarnos con unos eufóricos Handsome Furs, grupo elegido en detrimento de Girls; no ha sido una decisión fácil sin duda, pero pesa la novedad de un grupo difícil de ver en directo a la de uno que casi con seguridad volverá en la cita primaveral.

Dan Boeckner, miembro de los imprescindibles Wolf Parade, y su mujer se encuentran totalmente desatados, lo hedonista se su propuesta está haciendo sudar a la numerosa asistencia; abundan los saltos acrobáticos y las contorsiones imposibles. El concierto se basa casi exclusivamente en su última referencia, Sound Kapital, con estallidos de bases machaconas y latigazos guitarreros, sin duda a horas más intempestivas habrían supuesto la locura absoluta.

Los neozelandeses Unknow Mortal Orchestra se alzan como la curiosidad de la velada, su particular mezcla de pop lo-fi de guitarras angulosas y bases deudoras del funk hacen las delicias de la concurrencia. Su música llena de aristas y marcados cambios de ritmo funciona a la perfección sobre las tablas, y aunque se les note algo distantes, las múltiples caras que poseen sus temas hacen del concierto una delicia gourmet de persistente sabor en paladar.

Stephen Malkmus & The Jicks, grupo del físicamente inalterable líder de Pavement, llegaba al festival como uno de los cabezas de cartel, de ahí que la sala estuviera llena hasta los topes. Y aunque quede claro que con los Jicks no alcanza las sublimes cotas del grupo quintaescencia del indie, no se le puede negar cierto respeto al rock de alma noventera que facturan. El particular imaginario de Malkmus se sirve de una banda solvente que sigue ciegamente sus propósitos, hasta el punto imitar al jefe cuando su micrófono cede y éste se pone a cantar de rodillas, entrañable momento que fue celebrado por todos los fans que allí se encontraban. Stephen Malkmus es una estrella del rock a todos los efectos, pero su tendencia a caricaturizarse a cada instante lo hace tan cercano como a un colega de cervezas, en un momento te baila moviendo los hombros, en otro toca la guitarra desganado mientras flexiona las rodillas, parece un títere cogido de una percha, pero incluso haciendo todo esto logra quedar todavía más molón y si cabe más estrella del rock.

De camino a tomar un pequeño respiro, nos cruzamos con el final del show de Shabazz Palace, la único combo hip hop del festival y la primera referencia en este estilo que publica el célebre sello Sub Pop. Mi inicial reticencia a este tipo de sonidos queda apaciguada al ver que se trata de una propuesta experimental llena de matices que incluso a momentos tenía destellos tipo Disney.

Los encargados de cerrar el tercer día de festival son los americanos Givers, decisión acertada por parte de la organización, pues su infeccioso directo pone patas arriba una sala con ganas de marcha. A estas alturas la gente sólo quiere bailar y los de Louisiana cumplen con creces este cometido, son ellos los primeros que no paran de moverse sobre el escenario y la única chica del grupo es un remolino multiinstrumental, en un momento aporrea un set de batería, al siguiente toca un ukelele para acabar tocando el xilofón. La potencia de su puesta en escena eclipsa por completo un disco que no les hace justicia, demasiado dulzón y blandengue como algodón de azúcar, en cambio se crecen sobre el escenario aportándole velocidad y furia, gesto que el respetable agradece dejándose la suela sobre la tarima del Apolo.

+ Sábado 26-N
Extenuado después de estarle sacando el máximo partido al festival, este se plantea como un día para ser tomado con más calma. En efecto la jornada empieza con este buen propósito, pero termina de todo menos calmada.

Me es imposible asistir a los primeros conciertos de este día cumbre, pero es por una buena causa, pues tengo concertada una cita con Mac McCaughan y Laura Ballance de Superchunk, esta es una historia que contaremos posteriormente. Inmediatamente después de la gratificante conversación con estas dos leyendas fundadoras del sello Merge, tomo posición para ver que depara el showcase preparado por el influyente sello americano Thrill Jockey y la agencia Paper and Iron Booking. Thank You son los encargados de dar el pistoletazo de salida del que será el día más memorable del festival, el grupo americano propone un directo musculoso, bebedor de las turbias aguas del post-punk y el krautrock, que se sostiene sobre tormenta percutora de un batería inmenso. Al acabar el concierto ya había perdido la cuenta del número de baquetas que había destrozado, apenas y le duraban un par de canciones.

El grupo que les sucede, Barn Owl, tienen mucha menos suerte con el producto que ofrecen. Totalmente abstraídos por un plano uso del drone, se pierden en devaneos onanistas que lo aburren a uno en seguida, poco tardo en abandonar el barco.

Lo de High Places es otra cosa, ya viejos conocidos del festival han venido a presentar su tercer álbum, Original Colors, disco más electrónico que ha ganado robustez en sus ritmos y que se muestra menos tribal que sus dos primeras referencias. Se les ve muy contenidos y no terminan de estar del todo cómodos, pero solventan un directo ensoñador que ha dejado satisfecho a conocedores y a casuales asistentes.

Llegados a este punto son numerosos los rumores que nos llegan desde el Casino del Poble Nou, al parecer John Maus ha dado un espectáculo memorable, espectáculo en ambas acepciones de la palabra. Su actuación se puede resumir en darle al play al Itunes y empezar a berrear sobre las pistas de unas canciones que ni siquiera dejaba concluir ¡de escándalo! Por supuesto no todo el mundo tiene tanto sentido del humor y la lluvia de vasos y abucheos han sido el tópico del directo. John Maus, cuarentón profesor de filosofía, es un caso de psiquiátrico con nula solución, ni aunque tuviera al Dr. Freud como médico de su mutua.

El post-dubstep al estilo Burial de Hyetal se nos queda un poco fuera de lugar debido a que apenas rozamos la media noche, a horas más avanzadas podría haber corrido mejor suerte, pero aún así su performance se hace muy disfrutable a momentos; hipnotiza el control que tiene sobre los numerosos cacharros que tiene desplegados sobre la mesa. La música del inglés nos recuerda a ratos a la oscuridad funk de Salem, pero como estos últimos, no llega a las cotas marcadas en sus referencias de estudio, habrá que seguirle la pista de igual manera.

Los otros veteranos del festival, y cabeza de cartel de aquel sábado, han venido para triunfar. Nada de melancolías noventeras, Superchunk viven en el 2011 y así lo demuestran, desgajando gran parte de sus grandes éxitos sí, pero repasando exhaustivamente su último y celebrado álbum, Majesty Shredding. Mac McCaughan canta con el mismo sentimiento que antaño y la banda muestra una solidez que confirma estar en su mejor momento. Superchunk no llegaron a ser tan celebres como otras luminarias noventeras, pero no cabe duda que han sabido envejecer mejor, la gente está volcada con los de Chapell Hill e incluso los siempre eufóricos Handsome Furs dan botes en la parte trasera del escenario mientras suena la vitoreada “Slack Motherfucker”. Tranquilos todos, que tenemos Superchunk para rato.

Los platos reservados para el final no podían estar mejor elegidos, primero Com Truise puso a bailar a todos los presentes en una especie de comunión universal, sólo se veían sonrisas a granel, gente pegando saltos, parejas dándose apasionados besos, todo menos alguien quieto. El neoyorquino dejo tal buen rollo en el ambiente que nadie movió un pie hasta la aparición de James Lavelle, cabeza pensante de los esenciales U.N.K.L.E. Si Com Truise nos había hecho rozar el cielo con su funk sintético, quedaba patente que James Lavelle nos llevaría al infierno mostrándonos, cual Dante, todas sus etapas. Las proyecciones se consolidaron como el background perfecto para los apocalípticos sonidos marca U.N.K.L.E. y los celebres remixes de Metallica, Can o Radiohead. Vamos, todo un repaso selectivo por la realeza que ha forjado la historia musical de los últimos años.

Se me hace difícil resumir en una palabra lo que ha sido este festival, una cita que a priori se presentaba con el cartel más arriesgado de su historia, pero que posiblemente será entronada como una de las ediciones que más se han disfrutado. Si nosotros, simples mortales, usamos la música como vehículo para arañar una pizca de felicidad, pues podemos dar por sentado que la felicidad que otorgó la cadena de perlas confeccionada por el Primavera Club 2011, nos eleva a la altura de los dioses.

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