Convencí a mi padre en regresar a las actuaciones en directo. Era lo justo si tenemos en cuenta que fue él quien encendió en mi cerebro la llama infinita de la música pop. Fue en el radiocasete del viejo y alargado Volkswagen Passat donde escuché por primera vez temas como “Time of the Season”, “I love you” o “Summertime”; canciones que han seguido sonando en los reproductores de Cd de los carros que me ha tocado conducir a mí. No era necesario, pero era lo justo.

Que The Zombies es un grupo cuyo legado ha salpicado a un incontable número de bandas cincuenta años a esta parte, es algo que el tiempo se ha encargado de certificar. Singles como “She´s not there” o discos como Odessey & Oracle, son ahora enciclopedias universales del pop que, sin embargo, no obtuvieron merecido reconocimiento en su día. La historia, aunque sea en los minutos finales, en ocasiones ofrece otra oportunidad, y nosotros no íbamos a ser tan insensatos como para dejarla pasar.

Sold Out en El Loco y gente a en la puerta preguntando, nerviosa, por entradas de estraperlo. Curiosa y sana mezcla inter-generacional (mi acompañante y yo éramos ejemplo de ello) formábamos los que poseíamos el salvoconducto al interior de la sala. Pasaban 5 minutos de las 23 horas cuando un Rod Argent y Colin Blunston (únicos miembros originales presentes) hicieron aparición. Ambos con 65 tacos, mientras Argent mantiene tipo y pelazo, Blunstone se mostraba, como un Camilo Sesto a la británica, más estirado y frágil. De todos modos, un par de moderadas canciones bastaron para enseñar que el instrumento vocal de Blunston sigue funcionando y embelesando.

La encandilante “I don´t belive in miracles”, canción del periplo en solitario del cantante, sirvió para dar entrada al resto de la banda. Por el físico uno, más que de gira, situaría a Jim Rodford en alguna partida de dominó; pero el bajista (historia viva del rock, antaño colaborador de The Kinks) se mostró férreo al bajo en los y coros y animado como el más. Su hijo Steve Rodford a la batería y un certero Tom Toomey (el «carroza» más joven) a la guitarra, completaron una banda más que solvente. “I love you” animó el cotarro y nos recordó que ellos ya hacían temas beatlenianos antes que los Beatles.

Rob Argent, no descubro nada, es el motor del equipo arengando al respetable y moviéndose, son soltura jazzístico-psicodélica, por las teclas blanquinegras de su Mellotron y su Hammond nueva generación. Entre tema y tema, era también Argent quién se encargaba de narrarnos la biografía de los Zombies y llegó el turno de reivindicar Oddessey & Oracle y “A Rose for Emily” cayó como agua sobre rosal. Brutales los solos de rock psicodélico que se marcó el perilludo fiera en canciones clave como “Time of the Season” o “She´s Not There”. Uno cerraba los ojos y creía que al abrirlos habría viajado, a través de una espiral de colores, a finales de los sesenta.

“Care of cell 44”, “This will be our year”, Beechwood Park”, “I want her, She wants Me” y “Time of the Season” se encadenaron mágicamente para dejarnos claro que estábamos ante un álbum cuyas melodías e insondables coros ya son parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Blunston, por su parte, maximizaba fuerzas (a veces parecía que se dormía) y se concentraba en acercarse, en el momento exacto, al micro para seguir estremeciendo interiores con su voz. “Say you don´t mind”, y pese a aquellos que siguen empeñados en no guardar silencio en los conciertos, fue otra melosa perla de la vida de Blunston al margen de The Zombies.

Hora y cuarto de bolo que concluyó bajo el hechizo de “Summertime”. Una actuación que tiene mucho de retorno forzado, de revival melancólico por causas extramusicales… Y tal vez sea así, pero me quedo con el impagable cuerpo de felicidad que nos dejó a los que decidimos no dejar pasar la oportunidad. Si no, pregúntenle a mi padre.

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