Era mera intuición en las vísperas, una sensación compartida en los instantes previos y una verdad como un puño cuando concluía. Josh Rouse y compañía habían realizado uno de los conciertos de la temporada en la ciudad de Valencia. Quedaba claro para todos, conocedores de la obra del de Nebraska, los bien aconsejados y algún que otro vecino del artista, porque recordemos que Rouse, afincado en Valencia desde hace algunos años, tocaba en su barrio.

El menudo artista brotó al escenario con la compañía de costumbre y ese puñado de canciones que disco a disco va coleccionando y que sólo están al alcance de los privilegiados. Embutido en un tres piezas. Chaqueta, chaleco, camisa y abultada corbata. Enfrente una multitud, que llenaba la remozada sala rebautizada bajo el nombre de Mirror, dispuesta a sentir la felicidad. Porque un buen puñado de las canciones de Josh Rouse deben estar en el set list de la banda sonora del ideal absoluto de Felicidad.

Sabedor, Rouse evitó andarse por las ramas y hacerse el simpático con su perfecto castellano. Un escueto “¿estáis bien?” y la inevitable referencia a Altea cuando atacó la mediterránea “Quiet town”. Poco más, el resto del tiempo se ciñó a un repertorio plagado de excelentes melodías, estribillos, sonidos actuales o recuperados tanto del folk como del funk. Una guitarra, dos a lo sumo, bajo, batería y un siempre oportuno piano a veces. Por señalar un pero, que no es más que por decir algo, el academicismo, el absoluto respeto y la correctísima interpretación de todas y cada una de las canciones, porque si este Rouse es grande, imagínalo con todo ese genio que atesora desbocado por el escenario. Todo llegará.

Mientras, el concierto transcurrió a través del sonido americano, a veces con aromas mediterráneos, sobre todo cuando interpretó cortes del reciente Country Mouse, city house o del anterior Subtítulo: “Sweetie”, que dejó para el final, “Go, please let me go back, “London bridges” o la ya mentada “Quiet town”. Peso propio tuvieron de manera inevitable las que proceden de los enormes 1972 y Nashville: “James”, “Comeback” o “Winter in the Hamptons”, que interpretó en solitario de forma acústica y se convirtió en uno de los climax del concierto. Otro, fue el colofón con el clásico “Love Vibration”, porque aquello tenía que acabar de alguna manera aunque nadie lo desease.

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