Ni renovarse, ni evolucionar. Ni morir. ¿Cuándo aprenderán los músicos que, hagan lo que hagan, nunca van a acertar? Salvo que seas Love of Lesbian. Entonces siempre aciertas; aunque te equivoques dramáticamente con los ingredientes de la paella. La gran falacia de la música viene de la mano del maquillaje popular de la filosofía de Unamuno. “El progreso consiste en renovarse”, dijo una vez, por lo visto, el escritor bilbaíno. Habrá que confiar en la segunda barba más hipster de la Generación del 98. También dijo que “la opinión de toda una multitud es siempre más creíble que la de una minoría”. No me hagáis volver a hablar de Love of Lesbian.

A la gente no le gustan los cambios. Si algo funciona, no lo toques. Ahí está la gente española: por no querer cambiar, no quieren tocar ni algo que evidentemente no funciona. Te encuentras a personas que iban contigo al colegio, y resulta que siguen igual años después; hasta el tipo que diseña las portadas de La Razón sigue sin aprender composición con el tiempo. Los cambios no gustan. A no ser que el cambio te llegue a ti por primera vez. Caso número 1: The Black Keys. Si “Fever”, el anticipo de su nuevo disco, es lo primero que escuchas de Auerbach y Carney, quizá hasta pases por alto el importante índice de morralla que lo compone cuando te lo enchufen una noche a las tantas de la madrugada con un par de cubatas en el cuerpo; incluso si ya habías escuchado El Camino, disco que refritean vilmente en la canción. Sin embargo, si tu bagaje con The Black Keys se remonta a ese sofá de terciopelo negro que era Brothers, el cambio ya te torcerá el morro. Si las referencias son sus primeros y grasientos discos de blues, lo más normal es que la mitosis inversa del dúo hacia Kylie Minogue se te indigeste.

Los cambios son incómodos. Ni aunque, en efecto, sean para bien. Caso número 2: Arctic Monkeys. Los cambios no gustan, ni aunque los ejecute el JASP más brillante del siglo. Si pidiera que levantaran la mano los que quieren seguir escuchando al Alex Turner barbilampiño de “I bet you look good on the dancefloor” tendríamos el próximo anuncio masivo de AXE. El giro mature de Suck It And See atrapó tanto a los que los veían desde lejos como repelió a los seguidores originales (el primer disco siempre mola más), y me consta que la vuelta de tuerca soulística de AM ha puesto a prueba la paciencia de esos fans que creen firmemente en el derecho adquirido por haber estado desde el principio.

Los cambios aterrorizan. Aunque hagan falta. Aunque la alternativa sea huir patéticamente hacia delante con lo puesto. Caso número 3: Franz Ferdinand y Maxïmo Park. El principio de siglo y su falsa revitalización del pop británico fue algo tan demostradamente coyuntural como la ola revivalista, y debería darnos vergüenza seguir escuchando discos nuevos de Franz Ferdinand después de 2005. Pero no, ahí seguimos, financiando los trajes que luce Kapranos mientras sigue haciendo lo mismo que hacía casi una década atrás. Y lo peor es que no le sale igual, pero la gente irá al BBK con la alegre esperanza de escuchar lo mismo una y otra vez. En el otro lado están Maxïmo Park, encajados en el Contempopránea con su eterna imagen de ni-siquiera-vieja-gloria, pero con la voluntad rupturista de su requiebro Depechista en canciones como “Leave the island”. Suerte.

Los cambios, amigos, son una mierda. Es un hecho consumado también en el indie patrio. Lo de Los Planetas, cuyo viraje natural hacia el folklore ha sido aceptado con una privilegiada mirada hacia otro lado, es una excepción. Yo mismo he atizado a Lourdes Hernández por lanzarse al Lanadelreyismo y darse un baño de imaginería ochentera a lo Drive, aun prefiriéndolo infinitamente a su anterior versión. Pero no se puede jugar con los estereotipos. Por eso, el caso número 4 es The New Raemon. En el supuesto español, el mantra adquiere una segunda dimensión más aterradora que consiste, fundamentalmente, en el cultivo y desarrollo de esa paleta sensación de identificación y falsa pertenencia. La cercanía es muy jodida. Que se lo pregunten a Ramón Rodríguez, capaz de evolucionar de la luminosidad pop despojada de artificios de su debut al enorme trabajo de oscura introspección social orquestada de sus últimos dos discos. Su valiosísima mutación se viene abajo con sólo un par de palabras gritadas cíclicamente en sus conciertos: “¡tú, Garfunkel!”. ¿Le habrán dicho a Ramón lo de “tú antes molabas”?

Si hay algún documento (audio)visual y palpable que certifique que, en serio, los cambios en la música siempre han sido así de feos, que ese sea el volumen 4 de los bootlegs de Bob Dylan. Un doble CD grabado en Manchester en 1966 que representa a la perfección la cara y la cruz de la ranciedad: un primer set acústico lleno de aplausos y benevolencia que da paso a una incendiaria continuación eléctrica, perlada de murmullos, gritos e insultos (insultos de butaca de teatro inglés, tampoco vayamos a desbarrar). Una performance en directo del hombre que más ha evolucionado en la historia moderna de la música.

Efectivamente y sí: si Dylan siguiera con el folk, se le acusaría de plasta (más de lo que se hace); si Arctic Monkeys continuara repitiendo la fórmula de Whatever People Say I Am, That's What I'm Not, le pediríamos a Alex Turner que madurara de una vez; si Black Keys siguiera con sus discos de blues grueso, diríamos que están estancados. Y así hasta el infinito. Eso sí, la evolución, luego, sólo para los libros de biología. El cliente siempre tiene la razón, aunque no la tenga nunca, y el músico siempre tiene las de perder. La gente se alimenta de productos que legitiman sus opiniones y sus posturas: nadie compra el ABC para leer críticas a la monarquía, ni sintoniza Telecinco para ver productos audiovisuales éticamente saludables. La misma fórmula una y otra vez: si yo no evoluciono, ¿por qué se lo voy a tolerar a un músico?

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