Querida gentuza, el domingo pasado Carlos Herrera, conocido periodista conservador, por decirlo suavemente, al que uno vincularía a bote pronto con géneros a priori más folklóricos como la copla, fue a presentar su colección de discos al programa de Marta Vázquez en Rock FM. Entre su selección desfilaron Paul Rodgers, Deep Purple, The Doors, Status Quo… Antes de continuar rebobinemos y tratemos de situar mentalmente la imagen que tenemos de Herrera junto con la que tenemos del Rock and Roll. Agua y aceite, ¿verdad? La elección no es casual.

Herrera ejerce desde hace unos meses de flamante presentador del matinal de la Cadena Cope, emisora propiedad en su mayoría accionarial de la Conferencia Episcopal, propietarios también, a su vez, de Rock FM. Porque sí, la emisora musical más escuchada del país se dedica a poner clásicos de ayer, hoy y siempre entre anuncios de Caritas, la Universidad Católica y Securitas Direct (nada más católico que vender miedo), dándole la vuelta a la cinta cada cierto tiempo, y a la postre es propiedad de un conglomerado de sacerdotes que no parece que acaben de tener muy claro eso del voto de pobreza. A este paso no sería de extrañar que llegase el día en el que monseñor Cañizares, arzobispo de Valencia, apareciese en antena recomendando discos de Led Zeppelin. Al tiempo. Con la iglesia hemos topado.

Dejando aparte las disquisiciones morales o ideológicas sobre el tema, y aclarando que me refiero al Rock and Roll, y no a sucedáneos más o menos actuales, no me gustaría ponerme en la piel del grupo de chavales que están dando sus primeros pasos en el local de ensayos, cuando les dé por pensar que en la emisora de rock más seguida de España tan solo suenan grupos de hace veinte, treinta, o cuarenta años, cuando no medio siglo.

La eterna orgía de la vaca sagrada, y el espacio para los grupos noveles, ya tal. El mensaje cala entre un target potencial de público ansioso por recordar días mejores, y que asiste de forma esporádica a algún macro concierto como acontecimiento social del que colgar luego fotos en Facebook y conseguir un montón de likes, que parece ser de lo que se trata. Y claro, creen que al no escuchar nada nuevo en los medios, efectivamente no hay nada nuevo bajo el sol. En una entrevista hace años Diego Manrique me contaba que veía el futuro del rock como el presente del jazz: una música cerrada y minoritaria para círculos elitistas que se perpetúa a base de la repetición de unos estándares concretos. Y Rock FM no ayuda en absoluto a esperar otra cosa que el rock como reliquia de tiempos pasados en lugar de algo vivo con un presente esperanzador.

Y por supuesto, No Future. Doctores tiene la iglesia para dilucidar el momento exacto en el que el rock acabó deviniendo en radiofórmula. En cualquier caso, y a través de las ondas de ésta y otras emisoras tan pretendidamente rockeras tan sólo queda un rock manido, sobado, y asimilado por repetición, de camiseta de Jack Daniels y sólo de guitarra por decreto. Un mensaje vació envuelto en una carcasa que, de puro pestazo a naftalina, ni siquiera da el pego. Nada, por supuesto, que provoque, innove o moleste, ¡por el amor de Dios! En ese sentido, no puede evitar uno recordar las palabras de Frank Black, líder de The Pixies, con las que no podría estar más de acuerdo: “El rock no debería ser para todos los públicos. Debería ser algo salvaje, sucio y prohibido, como la pornografía.” Así que si no vas a provocarme, sorprenderme, molestarme, emocionarme o divertirme, sino a matarme del aburrimiento poniendo una y otra vez las mismas putas cancioncitas de ayer y siempre más que de hoy, para que nos vamos a engañar, mejor vuélvete al confesionario, porque no se me ocurre mayor pecado. Y es que tal y como dijo otro gran sabio, Jorge Martínez, cantante de Los Ilegales: “Escuchar Rock Fm es como comerse un caramelo chupado”.

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