“Desaparezco en la bruma, los dejo” fue la última frase que apunté en mi libreta de notas y garabatos, desde la oscuridad de mi asiento y con los ojos húmedos puestos en la pantalla de cine, mientras se aproximaba el final de Varda por Agnès (2019). Esta frase, dicha por la directora con toda la vitalidad, serenidad y simpatía que la caracterizaban, resonaba en la sala de cine mientras su imagen se desvanecía poco a poco en la pantalla, en una playa, entre la bruma. Una adiós asumido, completo y bello, una expresión máxima y madura de su mundo íntimo, similar en cierta forma a las despedidas que David Bowie o Leonard Cohen (a su manera) realizaron, justo antes de partir.

El pasado 29 de marzo falleció una verdadera artista, una gran cineasta, y principalmente, una gran persona que trabajó mano a mano con el material más valioso posible: su propia vida, sus inquietudes, sus sueños, las personas, su paisaje mental: la playa. Agnès sujetando una cámara frente a un espejo, que su vez refleja el mar, es quizás la imagen más acertada y epilogal de su universo artístico. También los premios de su gran amor Jacques Demy junto a los suyos, colocados en la arena y desapareciendo poco a poco. Se van las vanidades, como todo lo demás, se reducen a nada. Todo lo que queda son los elementos primordiales, la naturaleza que cambia constantemente, que se transforma y moldea nuevos paisajes.

“El mar siempre tiene la razón”

Agnès nos enseña

Cualquier persona interesada en el cine probablemente pasó por el típico debate del cine analógico vs. el cine digital, o quizá vive todavía en esa disputa. Recuerdo un documental en el que varios directores hablaban sin parar, cada uno argumentando a favor o en contra, hasta rayar en la repetición y el aburrimiento. Varda resuelve esto sin cargas de arrogancia o pragmatismos, con mucha ternura e inteligencia. Ella se alegra y disfruta con la llegada de las videocámaras, tan ligeras, discretas y fáciles de utilizar. Ella no cree en la pesada muerte del cine, ni se ve en posición de descatalogar alguna opción. Se quita todas esas cargas inútiles de sobre análisis y se lanza a ver posibilidades en todas partes. Un nuevo formato es una nueva forma de hacer una película, y con una cámara discreta, es más natural acercarse a los sujetos que siempre la motivaron a hacer cine: las personas comunes, casi invisibles, las minorías silenciosas. Sujetos que con una gran cámara se sentirían inhibidos o invadidos. Esto permitió a Agnès realizar Los espigadores y La espigadora (2000), un documental en el que la artista desarrolla plenamente la escritura cinematográfica: explorar con la cámara, trabajar con intuición, dejar que las imágenes construyan la película como su fueran organismos vivos.

“Lo que has rodado te indica lo que debes hacer”

Agnès para tod@s

Vagda por Agnès es una película excelente, tanto para quienes conocen su obra con profundidad, como para quienes saben poco o prácticamente nada de ella o de sus películas. Es una forma de revisitar cronológicamente toda su filmografía, pero también una manera de atravesar las puertas de sus mundos por primera vez. Es también un viaje histórico y estético que va desde los años cincuenta hasta la actualidad, como visto desde el interior de su cabeza.

Hace poco le pregunté a un grupo de adolescentes por qué vemos películas, y las respuestas fueron todas válidas y variadas: para reírnos, para conectarnos con una historia, para emocionarnos, para soñar, para olvidar, para entrar en los mundos de otras personas, para aprender, hasta para llorar. Agnès Varda ha logrado todo lo anterior en un solo largometraje, su gran autorretrato final, que estará en carteleras a partir del viernes 5 de julio. Un poco de playa, también para nuestras mentes, en medio de este caluroso verano.

“Nada es banal si sientes amor”

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