Discuto con una amiga sobre el cine que vemos y el que podemos ver.

-Cada vez estoy más desencantada, los valores que se proyectan hoy sobre las pantallas me desagradan.

-A lo mejor es que tenemos que mirar a otras pantallas. Le digo.

Pocas horas después me encuentro tirando a la basura ese ticket de “Vuelve al cine” de los Renoir que siempre anda por los bolsillos para dirigirme a una de esas otras pantallas. Cojo el abrigo y salgo casa. Dudo, pero termino por entrar en La casa encendida. Y es que durante los días 26, 27 y 28 de enero la Fundación de Montemadrid acoge las seis proyecciones que el Festival de Rotterdam presentará en streaming en más de 40 países alrededor del mundo, después de las cuales se podrá participar en el coloquio que tendrá lugar en la ciudad de los Países Bajos por medio de diferentes redes sociales. Me interesa. Voy hacia la primera fila, hago mis rituales habituales de obsesivo compulsivo y me siento. Veo por la pantalla que la gente de Róterdam hace lo mismo.

Lo primero con lo que me encuentro es con una joya llamada Pin Cushion, película británica que, por cierto, dentro de unos días pensaré que ha sido la más original, sucia y perversa de todas las propuestas. La directora, una Deborah Haywood primeriza pero con nervio y tino, sigue un poco la estela de ese cine indie de diseño que se sabe cine indie de diseño y que acaba por emanar ese típico aura con regusto a “post-algo” que sus creadores perciben con placer como si se dijesen a sí mismos: “nos sabemos tan en nuestro tiempo en este estar en juego entre nuestra década y las precedentes, entre lo nuevo y lo viejo”.  Y es que los primeros planos de la película parecen ya, por un lado, remitirnos de manera directa a la joven de la noventera Bienvenidos a la casa de muñecas (1995) del genial Todd Solondz; así como por el otro lado el viaje nos lleva a ese aturdimiento y a ese errar de la adulta marginada por sus vecinos y compañeros en su recién haber llegado nueva a la ciudad con el que a inicios de la pasada década Maren Ade daba sus primeros pasos en esa Los árboles no dejan ver el bosque (2003). Es así que Deborah Haywood mantiene nuestra atención, con ayuda de un esteticismo que oscila entre el permanente y exagerado juego de colores y la cámara fija en ese lago que parece no moverse, para que sigamos la vida de una joven y su madre que, tras haberse mudado a un pueblo nuevo, no terminan por encontrar su lugar. Será una cadena de usos y abusos la que dará una vuelta de tuerca a la inadaptación inicial para llevarla al ámbito de la pesadilla, en la que unas víctimas de la crueldad gratuita y por puro placer que ejerce el hombre inmaduro cuando se encuentra en una comunidad inmadura (clase adolescente, grupo de colegas adultos, da igual) pasarán de la búsqueda inútil de posibles soluciones que parten desde la amabilidad (eso es lo que más duele, la amabilidad no correspondida de las protagonistas) a esa frontera del punto de no retorno en la que se respiran la locura y la decadencia no premeditada. Es precisamente ese caminar cabizbajas hacia ese punto de no retorno (donde solo queda ya entregarse a la locura, a la muerte o a la relación incondicional con Dios) el que, unido a una secuencia festivo-adolescente que me recuerda –por razones obvias como el ir más allá en casa en ausencia de los padres- al capítulo también festivo-adolescente de la Historia del ojo de Bataille en la que unos chavales se mueven entre el sexo, el placer, la humillación, lo irracional y la muerte pero sin haber establecido del todo todavía fronteras entre los términos, jugando como si todos fueran uno, termina por volarme la cabeza y dejándome planchado hasta el final de los créditos.

Me entretengo paseando por ahí hasta que entro al siguiente pase. No han comenzado a proyectarse los primeros títulos de crédito cuando suena el primer móvil. Es el tipo que tengo al lado, no me jodas qué vergüenza. Pero no solo suena (al fin y al cabo es un problema de nuestro tiempo en el que todos podemos colaborar con facilidad), sino que lo coge y habla. Entonces me pregunto si creo realmente que la gente que habla por teléfono móvil en las salas de cine debería seguir existiendo. Y es en estas ensoñaciones eugenésicas en las que imagino a cuatro dominatrix nórdicas azotando a gente que habla ya sea por teléfono móvil o bien con su colega en las salas silenciosas de cine cuando vuelvo a la película para juntarme y seguir sus primeros planos. La holandesa, de Marleen Jonkman, sigue los pasos de Maud, una mujer de unos cuarenta años que, tras separarse de su pareja mientras se encuentran de viaje en Chile, decide juntarse a un niño que se hace llamar Messi para emprender juntos un viaje errático por las carreteras del país. La holandesa es una road movie sobre la perversión, la nostalgia y la mitomanía, y es que Marleen Jonkman deja que su protagonista se desenvuelva en un caminar que, motivado por ese conseguir de cualquier manera un niño con el que desplegar el amor recíproco materno-filial que no puede lograr de manera biológica, le lleva por una serie de vivencias que le hacen sentir el “no sé si he vivido” en el sentido de “no sé si he hecho lo que la sociedad cree que es correcto hacer en un tiempo concreto”, algo que solo puede cubrir llenando de ficción historias pasadas para entrar en armonía en ese estar para los demás. Y así, entre idas, venidas y cuestionamientos existenciales, la directora de Dochter (2005) hace que emprendamos junto a su protagonista un viaje de huida ante el extrañamiento de la sociedad cuando no puedes –o no quieres- seguir los pasos vitales que se autoimpone, pero que termina siendo más bien un viaje de aprendizaje basado en jugar provocando bandazos de experiencia.

Llego a casa.

Intento dormir.

Me masturbo pensando en aquella idea de las dominatrix nórdicas.

Me quedo dormido.

«Pin Cushion», de Deborah Haywood.

Entro con antelación a la sala, observo a mi alrededor y me fijo en una chica demasiado interesante que hay en la segunda fila.

Te miro.

Me mi…me ignoras.

Amateurs toma aquella idea de los cineastas jóvenes que luchan  y filman incansablemente hasta ir encontrando poco a poco su voz, por mucho que la gente desprecie sus primeros pasos. Es en este sentido que Gabriela Pichler, partiendo de la situación en la que a una clase de adolescentes se les propone crear de manera libre un vídeo promocional de su pueblo ante la llegada de una importante empresa extranjera, seguirá con la cámara la vida de dos amigas que encuentran en este proyecto su razón de ser. Vemos entonces como registran en bruto todo lo que tienen alrededor, como se recrean con lo registrado, como unos las apoyan y otros las reprochan cuando lo muestran. Pero vemos poco más. Y es que Amateurs, en su insistencia por mostrar únicamente el ímpetu, la fuerza y la necesidad de filmar de esos inicios, parece convertirse en una obra puramente autorreferencial que quizá tienda a homenajear en exceso lo que posiblemente sean los comienzos de una cineasta que poco o nada nos interesan al resto.

Es el turno de Blue my mind, película extremadamente sensorial que aúna modernidad y mito. Lisa Brühlmann narra la historia de Mia, una joven que suma al embrollo emocional típico de la adolescencia una serie de cambios físicos: Mia no solo está aprendiendo a medir su relación con el mundo, sino que también se está convirtiendo en sirena. Es así que Blue my mind oscila entre el realismo y la crudeza de unas primeras fiestas y locuras que se les van de las manos, por un lado; y el carácter poético de la propia metamorfosis, por el otro, dejando de tratar por separado estos elementos para terminar llevando ese caos mental del adolescente al devenir de la propia imagen, lanzando finalmente felaciones forzadas puramente estilizadas así como una incipiente cola de sirena totalmente desagradable. A parte de este juego, es el contraste entre la violencia de los colores y las luces y el reposo de ese manido y ya desagradable azul grisáceo del que abusa el cine de autor europeo de peor calidad (que se refugia en este rasgo para camuflar su falta de talento) el que termina por hacer de Blue my mind una obra dinámica que estimula aunque después termines por olvidarte de ella demasiado rápido.

Es sábado noche, salgo de fiesta y me emborracho.

Intento hacer tweerk pero acabo bailando torpe como una puta sirena,

y sin saberlo aplico el cine a la vida.

«Blue my mind», de Lisa Brühlmann.

No quedan entradas para la sexta y última sesión, así que afronto Nico, 1988 como mi última experiencia en esta edición de la versión simultánea del Festival de Rotterdam. Resulta ser un broche de oro, y es que Susanna Nicchiarelli compone con su último largometraje una representación, no sé si fiel, pero que al menos sí posee esa oscuridad que refleja el mito decadente que acompaña a los últimos años de vida de la cantante alemana. Y es así como la directora italiana, en una estructura puramente elíptica en la que de vez en cuando introduce imágenes de archivo, entre otros de Mekas, atiende al vagar de un personaje que sintetiza en los directos de su Camera obscura la autodestrucción con el amor por su hijo y la búsqueda de un sonido olvidado como últimos motivos a los que agarrarse. Nico, 1988 recrea las huellas de la penitencia de una mujer de espíritu romántico y nostálgico, pero Nicchiarelli va más allá del simple homenaje para alimentar la idea de la figura maldita.

«Nico, 1988», de Susanna Nicchiarelli.

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