La emoción salía de los amplisQuique Medina 28 octubre, 2009 Miércoles y metidos de lleno en una especie de “Veranillo de San Martín” eterno, nadie diría que esa noche, en la sala Matisse, iba a actuar una de las mejores bandas del sonido americana del momento. Pocos, unos 70 valientes, pero buenos, tuvimos la suerte de situarnos a una distancia a la que las palpitaciones de los instrumentos se conviertieron en las nuestras. Por otra parte, los cuatro de Oregón, volvieron a demostrar (aunque algunos grupos no se quieran dar cuenta) que no es preciso subirse a todo volumen para que todo suene perfecto; es más, todo lo contrario. Cierto es que la concentración y respeto de los 70 buenos tampoco se logra en todos los conciertos. Richmond Fontaine pasaba por aquí, como el que no quiere la cosa, y lo hacía para presentar nueva referencia de largo y sesudo nombre. We used to think the freeway sounded like a river, es el título, y la canción que hace honor al disco calló en segundo lugar dejando claro que, aunque habría tiempo para temas pretéritos, lo nuevo iba a abundar. Pero, y por mucho que los insaciables pedimos más, no es para quejarse las casi 20 canciones que, a lo largo de más de hora y media, se marcaron. Que yo recuerde, Thirteen cities (“El tirado” o “I Fell into Painting Houses in Phoenix, Arizona”) y Post to Wire también tuvieron su momento ( “Montgomery Park” o “Through”). Willy Vlautin, con apariencia cándida y de azules ojos huidizos, se escondió tras el micro para cantar, con maestría y hieratismo, esas canciones que emocionan en interpretación y más, si cabe, en composición; no en vano es un escritor de categoría (o eso dicen los que lo han leído). Yo, por el momento, tuve la suerte de escucharlo a pocos metros de distancia, de verle acariciar la eléctrica, casi sin rozarla, y saborear esa versatilidad bucal que le acerca a Bruce Springsteen cuando se pone rock y a Josh Rouse cuando se pone pop. Su banda de toda la vida (ya 13 años y ocho discos), se mostró, como el líder, distante para con el público y ardiente y jodidamente profesional en lo que a lo instrumental se refiere. Por cierto, impases instrumentales los hubo y fueron climáticos. Para la memoria también, sin duda, el momento primer bis que se marcó el propio Vlautin secundado por su voz, una acústica y la harmónica que para la ocasión blandió Paul Brainard. Fue un espectáculo ver a Brainard manipular la Fender Telecaster como si fuera un juguete mágico en manos de un ogro; sin quitar el pie del pedal, el gigantón de rubia melena dio toda una exhibición de cómo sacarle todo al jugo al anaranjado material sonoro. La solvencia de Dave Harding y Sean Oldham, bajo y batería, se contrapuso a la abulia que sus caras destilaron a lo largo del bolo… Tal vez les vi sonreir; eran, a su manera, felices. Sin duda juegan en la división de Wilco, Broken Family Band y The Jayhawks, quizá la falta de mayor expectación sea culpa de un directo algo carente de adrenalina. Lo cierto es que no estaba en sus caras, tampoco en su cinemática sobre las tablas, pero, eso sí, la emoción salía de los amplis a chorros. Hacer Comentario Cancelar RespuestaSu dirección de correo electrónico no será publicada.ComentarioNombre* Email* Sitio Web Guarda mi nombre, correo electrónico y web en este navegador para la próxima vez que comente. Δ