No se dieron las circusntancias para disfrutar de John CaleAndrés Verdeguer 11 mayo, 2007 La edición del Observatori 2007 debe llevar a la reflexión. La idea es buena, excelente. El octavo año de celebración ininterrumpido así lo corroboran. Pero esto viene porque no se puede anunciar un referente en la historia de la música moderna como John Cale, y tomarlo por el pito del sereno. Venía como a sentar cátedra, y sólo tuvo oportunidad de apuntarla. Los 15 euros que costaba la entrada anticipada eran del todo aceptable, pero tal vez, es decir, lo más seguro, ese monstruo merecía otro recinto y otro precio. Por ejemplo, 30 euros y el Palau de la Música o el Palacio de Congresos o cualquier sala de la ciudad sólo para él, más que nada por respeto y para evitar intrusos. Porque John Cale después de pisar en tiempos recientes los escenarios de Madrid, Barcelona y Bilbao, se dejaba caer en Valencia, y era mucho lo que tenía que decir. Pero, ante todo, las circunstancias contexto-sociales no fueron las propicias, los amantes del techo-pop, o cualquier tipo de música enlatada, se tomaron risa cualquier intento de Cale, cuando 300 metros atrás, un escenario cumplía sus deseos con el chunda-chunda. Salió el galés, una mente privilegiada, padre de un sonido, e inquieta, su carrera ha sido del todo ecléctica, sobre la tarima, frente al teclado. Flanqueado a su derecha por guitarra, a la izquierda el contrabajo. La batería, para qué. Y atacó, incómodo desde el primera nota. A la segunda, prueba de disposición, ya atacaba con temas de su “París 1919”, que junto con su “Vintage Violence”, son el referente de los inicios de su carrera en solitario tras empezar a escribir la historia del pop junto a Lou Reed en la mítica Velvet Underground. Concierto impecable y falto de respeto, por una gran parte del público, y de la organización, que veía como no paraban de volarle las partituras a causa del viento. Allí nadie puso remedio, y Cale, además, tuvo que luchar contra los elementos que se dieron cita en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Antes, a la hora de la merienda, cuando todavía se dejaba notar el incómodo poniente y con apenas público reunido en el recinto del festival, habían enseñado su pop los españoles Dorian, y luego sus melodiosas canciones, los suecos Jay Jay Johanson. Tras el recital de John Cale, que fue breve, no había necesidad alargar el sufrimiento de nadie, y que concluyó con una estupenda versión del mítico “Hallelujah” del candiense Leonard Cohen, la huestes víctimas de la modernidad se vieron liberadas y se sintieron las dueñas del lugar. Vive La Fête, con su electro-punk haría las delicias del ‘respetable’. Hacer Comentario Cancelar RespuestaSu dirección de correo electrónico no será publicada.ComentarioNombre* Email* Sitio Web Guarda mi nombre, correo electrónico y web en este navegador para la próxima vez que comente. Δ