Era la noche de San Valentín, pero los valencianos La Pulquería estaban más por la labor de negar romanticismos (como hacen en No hay amor) y reivindicar ese sano acercamiento a la muerte que defiende la cultura ancestral mexicana, esa que ellos han adoptado como seña de identidad estética.

Cuando se mira a la dama de la guadaña con rechifla -no faltó su particular impersonator, ni la recuperación de su emblemática «El día de los muertos»-, es mucho más fácil reírse de ella. Y cuando se ejecuta un revoltijo de estilos de rompe y rasga como el que ellos llevan a cabo, en el que hard rock, ska, algún efluvio de los Balcanes y vientos de aire latino se dan la mano con fluidez, es también más fácil implicar al público en una suerte de ventisca sonora de connotaciones marcadamente festivas.

La excusa era la presentación de una nueva edición del Viña Rock, desgajado del que se llevará a cabo en su cuna de Villarrobledo para emprender este verano un recorrido itinerante, ya bautizado sólo como Viña 2008, que le llevará por Paiporta, Benicàssim, Madrid o Barcelona.

Pero hubiera dado igual la coartada, ya que el reparto indiscriminado de tequila y las máscaras de lucha mexicana son lugares ya comunes en la efectiva y jaranera puesta en escena de una banda que ha hecho del multiculturalismo su principal motivo de ser, y que ha ido ganando popularidad en los dos últimos años hasta convertirse en uno de los valores más seguros de la escena valenciana sobre los escenarios.

Con cierta impostura en las formas, pero con un firme fundamento sonoro en su base. Como buenos hijos bastardos de la estirpe de Mano Negra, con ellos la fiesta siempre está servida.

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