Si antes del concierto te topas con el promotor del mismo buscando una farmacia, mal. A esas alturas todavía no lo sabíamos, pero la recerca ansiaba un medicamento que aplacara la galopante afonía que Matt Brooke arrastraba tras sus actuaciones, los días anteriores, en Madrid y Murcia. Espero y supongo que tuvieran más suerte que el decepcionado público valenciano; un público, por cierto, que dobló en número (esta vez éramos unos 150) su presencia en la anterior visita de los de Seattle, ocho meses atrás.

La culpa de que no tuviéramos noticias de la angelical voz que Brooke nos regala en sus álbumes, de la que sí pudimos gozar en su primera visita, así como que el concierto durara unos tírricos cuarenta minutos, no la tuvo nadie. Hasta al propio frontman lo eximimos de todo pecado cometido en las noches precedentes ya que su sufrimiento fue el nuestro y el de su propia banda que mostró, ante las adversidades, profesionalidad e impecable sonido.

La falta de cuerdas vocales del barbudo y delgado líder se suplió con atinados y omnipresentes coros, y las impecables cuerdas de las guitarras de Thomas Wright, Robin Peringer y la del propio Brooke. Aunque la visita era a colación del segundo disco, Keep in mind Frankenstein, los temas más emocionantes derivaron de su primera y homónima referencia verbigracia “Miniature birds”, “Sleepdriving”, “Torn Blue Foam Coach” (cantada por obligación en un horrendo e irreconocible tono) y “The crime window” que si bien suele derivar en fiesta final, esta vez fue como un bálsamo para el grupo y el decepcionado respetable.

La buena ejecución y la conmoción sónica que impregna algunos de los temas citados anteriormente, junto a otros de su último trabajo como “Silver Among the Gold” o “Dig That crazy grave”, consiguieron, de todos modos, agitar emociones en mi interior. Cuando el preciosismo del pop se alía con el mejor sonido americano siempre queda algo que salvar.

Altamente complaciente (y una tregua para Brooke) fueron la presentación de un tema del joven y dicharachero Thomas Wright que nos trajo ecos de los Band of Horses y la aparición en escena de su paisana Jen Ghetto para secundar, en “Swan matches”, al afónico vaquero. Ghetto y otra escuálida compañera que responde al nombre de Alice Wilder habían abierto la velada disipando las dudas de a qué respondía la S del cartel con una puesta en escena cuya sensibilidad y pericia a las guitarras eléctricas, a pesar de algún fallo y ciertos nervios, nos dejaron en un estado de bienestar que vino a romper el primer intento de canto de Brooke.

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