Grupo: James Hunter
Sala: Wah Wah

Como si de un atavismo se tratase, la música, que parece obligada a reinventarse conforme a una banda cualquiera cabeza de una u otra lista se le ocurre sacar un nuevo disco, hay veces que te sorprende volviendo a su esencia más clásica #no diré pura# y regresando acto seguido al futuro, este presente, nítida y esplendorosa.

Por eso, lo que no debería ser una rareza en este berenjenal, James Hunter y los suyos, acaba por convertirse en tal. Porque no queda otra, una lección de soul, blues y rock and roll se saborea como una dulce sorpresa, como si del más preciado manjar se tratase, en tiempos en los que de tanto renovarse o morir da la impresión que el personal va a ver si la inspiración le pilla mientras aguarda sin apenas remedio en la larga cola del cementerio y con un poco de suerte repentinamente alumbra el penúltimo hit rascando de aquí, allá y más allá y se pone a circular hasta que el reloj del propio negocio la marque de nuevo la hora de reinventarse.

Pocos son los que consiguen no entrar en el juego. Por puro estatus, porque un buen día se vieron más allá del bien y del mal, o porque sus convicciones se lo impiden y luchan en su bando, pese a las modas que han llevado a la música a bandazo limpio, aunque eso sí, muchas veces con sobresaliente acierto.

James Hunter no ha hecho cola jamás. Se inventó una vez y siguió a sus maestros, como Van Morrison, quien por cierto habla maravillas del británico. Los dones que posee los ha sabido aprovechar y un miércoles lluvioso de finales de septiembre, crisis incluida, es capaz de llenar una sala Wah Wah acostumbrada a otras batallas para deleitar acompañando de un lujo de banda a una audiencia que por poco agota el papel.

Alejado de las presiones, su música, fiel al soul de los 50, brota con un regusto especial que muchos etiquetarán de retro. Pero es así, y por momentos, parecía, con la banda en plena acción y el murmullo de la sala, que aquello era más bien un night club un tanto apretado en el que una señorita vendiendo cigarrillos con filtro hubiera tenido complicado el abrirse paso.

Los saxos de Damian Han y Lee Badu respiraban y jugueteban acompasados cumpliendo cada uno sus papeles de tenor y barítono, respectivamente; la percusión de Jonathan Lee era al fondo auténtica caricia; y el teclado de Kyle Koehler cuando se convertía en Hammond era la sacudida que todos deseaban sentir cuanto más adentro mejor. Pero el frontman Hunter era, voz y guitarra, puro deleite. Con la voz, iba del murmullo al agudo y de repente se la rasgaba con fuerza, y jugaba con las distancias en lección de estilo. Más ritmo y temple imposible en el conjunto. La guitarra en poder de Hunter protagonizaba punteos inverósimiles para detener el tiempo y sostener en el espacio la canción o se aceleraba como para darle cuerda y despegar de caderas hacia arriba.

James Hunter defendió con esa clase de la que ya no queda su posición en Wah Wah en acto de placer. Es lo que tiene campar a sus anchas en ese páramo con la condición de maestro o coger su último trabajo The Hard Way (2008) y pensar que bien podría tratarse de una viva reliquia. Y son también los poderes hipnóticos del soul, del los coqueteos bluseros, del rock and roll en esencia, que tan bien sabe agitar y a los que es eternamente fiel.

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