Si descontamos el Youtube y la vez en que dejé de dormir tres días en pos de la fiesta continua, nunca he tenido la oportunidad de ver a Elvis; ni a Roy Orbison, ni a Chuck Berry, ni a Jerry Lee Lewis. Supongo que por ello agradezco tanto la última reconversión en los escenarios de Jon Spencer. La revisión sucia del rock&roll y el rockabilly que se ha marcado junto a Matt Verta-Ray es como viajar a los años 50, sin dejar de evocar las enseñanzas garageras que te llevaste del futuro.

Estampa y pelazo perfectamente moldeados, el norteamericano no paró quieto departiendo sudor, sexappeal y sermones a los acólitos de las primeras filas. Filas preferentes que se dejaron la piel en el baile a cambio de una buena visibilidad instrumental a la que renunciamos, y pronto nos arrepentimos, los que comenzamos haciéndonos los remolones. Aquello estaba a parir y bullía, así que ganar posiciones ya no era la mejor opción.

De todos modos, los pildorazos de rock clásico acelerado llegaban nítidos y la voz de Spencer sonaba brutal, como convenciéndonos de que esa noche tocaba darlo todo. Como si a Nick Cave en estado puro le hubiera dado por acercarse a Buddy Holly e invitarle a formar una banda de garage. No sé en escenarios mayores, pero el dúo Spenncer-Verta-Ray juega de lujo en las distancias cortas.

Secundados magistralmente por Sam Baker en la batería y, sobre todo, Simon Chardiet al contrabajo (éste incluso se cantó un fabuloso tema), la dupla atacante jugó agresiva y sin piedad. Clase y fuerza desbocada que remató en el área pequeña trallazos de rock, blues y country.

«Good man», «(sometimes you got to be) Gentle», «Bumble bee», «Isolation», “Gee, I really love you“ o «Sweet little bird», fueron certeros subidones sonoros que reivindicaron el directo de su último álbum; un Midnight Soul Serenade que sobre las tablas disipó a guitarrazos y golpes de cadera cualquier género de duda. “The loveless” o «Pimento” saciaron, entre otras, la sed de antiguas composiciones.

La media noche anunció el cumpleaños de Verta-Ray y Spencer se encargó de recordarlo. Qué importa la edad del guitarrista cuando con conciertos como el del viernes su alma debe pertenecer al diablo. Adorado sea.

De Canadá y para abrir se trajeron a Bloodshot Bill. Descalzo y con guitarra, bombo y platillo se marcó un show que, como mínimo, consiguió atraer la atención de la masa que, aunque deseosa de ver la segunda piel del líder de los Blues Explosion, aplaudió la vibrante actuación de este hombre al que habrá que seguirle, si es que deja, la huella.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.