Grupo: La Trinidad
Sello: Sonido Muchacho
Año: 2020

Es de sobra conocido en el imaginario popular que en tiempos de desesperanza proliferan las composiciones más singulares, las más complejas, las verdaderamente determinantes. Una consigna que, probablemente, a base de repetirla se ha materializado en una realidad.

Pero no exclusivamente de desesperanza se nutre la creatividad del ser humano. Durante los últimos tiempos la sociedad, y en concreto la escena artística, ha aprehendido de manera inconsciente a desarrollarse en un amplio marco emocional donde han florecido sentimientos como la rabia y la frustración. Un horizonte donde las diferencias socioeconómicas se han hecho todavía más marcadas, acelerando un proceso irrefrenable de polarización ideológica.

Un perfecto caldo de cultivo para el combate y la lucha de clase donde actuar como sujeto pasivo no debe considerarse una opción válida nunca más. Una sensación de hastío generalizada recorre la espina dorsal de un país donde el privilegio ha marcado la diferencia entre la vida y la muerte en más de una ocasión.

Es un momento donde si bien hay mucho que decir, se debe precisar (especialmente por parte del emisor) qué mensaje queremos que sea escuchado. Mientras un sector apuesta por una suerte de hedonismo esperpéntico e individualista, hay una voz colectiva que lucha por no rendirse ante la agridulce inercia de la autodestrucción.

Nacho Vegas, Futuro Terror o en el caso que nos atañe hoy, La Trinidad. Nombres referenciales que a lo largo de su extensa o breve trayectoria no han titubeado a la hora de significarse políticamente, con las consecuencias que un acto así conlleva. Un auténtico alivio para las conciencias más sensibles, aquellas que han regresado más de una noche y de dos llorando a casa tras haber presenciado el opulento desfile de superficialidad y banalidad que envuelve habitualmente la modernidad y el mal denominado pensamiento progresista.

Todo nuevo trabajo artístico que logra prosperar en estos tiempos de apocalipsis descafeinado es recibido como agua de mayo, un pequeño resquicio en el que tomar aire cuando el oxígeno llega a nosotrxs con cuentagotas. Pero ‘Los edificios que se derrumban(Sonido Muchacho, 2020) es mucho más que guitarras bailables y melodías pegadizas. Hay un poso de teoría política que subyace en la inmensa mayoría de los versos que pueblan el LP de los malagueños, el primero de muchos, confiamos. Tras su sonora llegada al panorama patrio con el autoeditado ‘El Peligro’ (2018) y el despegue de popularidad con ‘La Joya (Sonido Muchacho, 2019), estábamos deseando ver como la formación se desenvolvía en un trabajo de estudio de larga duración.

Un grupo que continúa destilando una frescura inusual en la escena actual, en un momento en el que estamos de vuelta de todo y el rock se nos antoja una masa casi homogénea. Quizá el secreto de su éxito se componga de dos elementos clave: un firme anclaje a sus raíces (de clase, geográficas) y un sonido punk-rock genuino, natural, en el que no proyectan la cansina figura del rockero que dice querer cambiar el sistema desde la barra del bar (si la legislación lo permite).

Jorge, Carlos y Sixto trabajan en sus composiciones con una de las herramientas más poderosas con las que contamos en estos momentos: el humor. Un sentido del humor corrosivo, autoparódico y sin complejos. Un elemento que a su vez viene acompañado de una fuerte intención de resignificar la dignidad de la clase obrera, o la media, si es que eso existe o ha existido en algún momento.

Les queman las ganas de sacudir nuestras pequeñas y alborotadas mentes y así lo demuestran con la declaración de intenciones que es el título de su opera prima. ‘Los edificios se derrumban habla de decadencia, concretamente de aquella que estamos sufriendo lxs ciudadanxs. Pobladores de unas ciudades que durante este confinamiento han demostrado no estar verdaderamente configuradas para el bienestar y desarrollo de sus habitantes.

El trabajo grabado en el estudio de Paco Loco viene influenciado por la corriente punk de la New Wave, así como de conocidos referentes del trío. Como es el caso de las guitarras, cuyo sonido nos remite de forma casi instantánea a la figura de Johnny Marr. Afortunadamente, en un momento en el que la oferta de propuestas musicales resulta abrumadora, La Trinidad ha sabido definirse y establecer un lenguaje propio.

Canciones violentas, que probablemente podríamos tildar de escatológicas, como son ejemplo ‘Todos los rumores eran ciertoso sus singles, ‘España Invertebrada’ o ‘La Clase Media’. Sacudidas involuntarias que tras unos segundos de asimilación nos reconfortan y nos hacen sentir comprendidxs. Reflexiones sesudas sobre cuestiones tan variopintas como el aspiracionalismo de clases, donde intervienen otras constantes del ser humano, como el amor en el caso de ‘Sensación Extraña’. Intervalos de abruptos vómitos postpunk contrastan con temas más poperos e incluso con referencias históricas como las que encontramos sobre el anarquista Mateo Morral en ‘Flores de Mateo’, una clara reivindicación contra la romantización de la muerte joven.

A título personal y a modo de síntesis no puedo sino admitir una sincera sensación de orgullo. De saber que lo viene, o lo que ya es, tiene un discurso sustancial, estructurado, definido y definitorio. La certeza y la determinación es algo muy preciado en situaciones límite, en las que la sensación de orfandad realzar el atractivo de dejarse embaucar por los fantasmas y la resignación. Hartxs de poses y actitudes clónicas, La Trinidad se consolida como un argumento con letras mayúsculas para defender la importancia y valía de la cultura en la contemporaneidad.

Por Cynthia Cruz

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