Miércoles, 2 de diciembre de 2015

Querido diario:

El otro día tuve el primer encuentro (primer encuentro sobrio y con ropa) con el varón de las iniciales, a la salida del Tulsa, un garito de Benimaclet donde programan música en directo, y me dijo: “Hola, soy DJ D”, a lo que le contesté: “Y yo R2D2”. No me preguntes por qué; le solté lo primero que me pasó por la cabeza. He aprendido de esa otra noche excesiva varias cosas: nada de licores para anestesiar cazadores, nada de pantalones sin camal, nada de fotografías para el recuerdo. DJ D es más feo en la realidad que en la polaroid; ¡qué amiga de los gatos es la noche! Por cierto, cuando pude huir del pinchadiscos, noté que había pelea en la calle, dos tíos bien vestidos zurrándose por no sé qué. Me sonaban de algo.

De esta semana es destacable que unas vecinas mías, del Linaje de las Choni, me llevaron de compras porque insistían en que no debía ir por el mundo vestida de fallera y con zapatillas de deporte. No sé cómo me he dejado embaucar (más, siendo las culpables de mi indumentaria de la famosa noche que recordar no quiero), supongo que pensé que por venir de esa casa de sonoridad tan exótica tendrían un excelente gusto en el vestir. Es curioso lo democratizadora que es la moda de este siglo: tanto los de la Casa de Choni como los de la Casa de Hípster adquieren sus prendas en los mismos locales comerciales de un tal Idiotex.

Desesperadas mis vecinas, porque en todo me veía espantosa, me llevaron a un centro de cuidados capilares y me obligaron a raparme una sien. Así que ahora voy por la ciudad de esta guisa: con mis ropajes, mis Reebok pump y medio calva. Creo que me dejarán un tiempo en paz porque les he dado la tarde, quejándome de que eso era muy corto y aquello otro muy largo.

Estos días estoy algo más tranquila con respecto a la máquina de mi tío, como dicen aquí “estoy muy zen”. Es cierto que si me quedo para siempre, tendré que buscarme un empleo serio puesto que las láminas de Leonardo no se venden tan bien como había imaginado. Vamos, que he de empezar a espabilar. No sé qué profesión podría dárseme bien. ¿Tal vez correctora de textos? Creo que ya domino el castellano actual y me traje el Tesoro de Covarrubias en la maleta para posibles dudas. Con la de faltas que he detectado en las ediciones actuales, seguro que cuando me vean aparecer se muestran muy agradecidos y predispuestos a contratarme. ¿Quién en su sano juicio no dispondría de un asesor lingüístico en su empresa de publicaciones?!

De repente suena el Whatsapp. ¡Dios! Leo:

-¿Qué tal, robotito? 

Hasta dentro de quince días.

Francesca, la dama del Renacimiento que viajó por error al s. XXI

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