La cantinela ya está tan sobada y es tan cansina que ya ni se le presta atención. Por un lado, músicos quejándose sempiternamente de gastarse la pasta alquilando la sala, de que la sala encima se quede con toda la recaudación de barra, de condiciones que en definitiva consideran abusivas. Os resulta familiar, ¿verdad? En la otra esquina del cuadrilátero, los propietarios de las salas, los cuales esgrimen la cantidad de gastos que cuesta sacar adelante una sala, y que sin ellas, no habría música en directo. Esta guerra fría de carácter simbiótico ha conocido un equilibrio a lo largo del tiempo, en parte porqué ambos bandos cuentan con su buena porción de razón, y en parte porque no se había dado ningún detonante que hiciera cambiar la situación. Hasta ahora.

Querida gentuza, tocan a degüello, y lo que antes sonaba a samba, ahora suena a marcha fúnebre. El impuesto del 21% sobre la cultura, ha caído como un mazazo sobre todos aquellos que nos dedicamos directa o indirectamente a esto, y nos guste o no, está aquí para quedarse, por lo menos durante los próximos tres años. Más allá de que, como bien ha señalado alguien, las salas hubieran entrado en un estado acomodaticio en que prima el alquiler del local sobre el criterio musical, la supervivencia de las salas se antoja, cuando menos, complicada ante la nueva situación, mientras se siga pretendiendo seguir el mismo modelo. El modelo ha cambiado, ahora ya nadie goza de una posición predominante, y por tanto las reglas deben cambiar. Porque músicos, propietarios de salas, promotores, estudios de grabación, locales de ensayo, prensa musical… todos pertenecemos al mismo circuito, y en cuanto una ficha cae, todos, en mayor o menor medida, caemos. Porque todos respiramos el mismo aire, todos queremos lo mejor para nuestros hijos, todos somos mortales, etc., y de eso parece que nunca nos hemos dado, o no hemos querido darnos cuenta, en una ciudad donde tradicionalmente cada uno ha hecho la guerra por su cuenta, y por eso siempre han existido muchas más diferencias que puntos de unión. Diferencias que tal vez nunca han tenido porqué existir y hemos ido creando nosotros, de forma absurda, poco a poco.

Así que llamadme estúpido, pero ¿qué tal si nos sentamos todos a hablar? ¿Qué tal si nos dejamos el ego y los reproches en casa, dejamos de jugar a quién la tiene más larga, y nos ponemos a trabajar en una solución conjunta? Sentémonos con tiempo y calma, pidamos café para todos, pensemos en que aporta y necesita cada uno, y adquiramos conciencia de que no podemos salir de esta los unos sin los otros. Negociar es escuchar, aportar, ceder, reconocer errores, avanzar hacia un punto común, pero en ningún caso tratar de imponer la visión propia como la única posible. Quedarnos siempre en las mismas quejas de los unos sobre los otros, ponernos a parir indiscriminadamente, no nos ha llevado a nada bueno, ¿verdad? La etapa de mirar cada uno por su propio culo ha terminado, y de las ideas de unos y otros podemos beneficiarnos todos, directa o indirectamente. Hagan juego.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.