Con alguna que otra moneda más en el bolsillo y con las consecutivas olas de calor aún por estrenar, el mes de junio nos traía el arranque de temporada de una de las series más esperadas del año, The Handmaid’s Tale. La producción de MGM Television, de la cual Hulu ya ha anunciado oficialmente su renovación para una cuarta temporada, llegaba con unas semanas de retraso, y lo hacía con tres episodios que resultarían sustanciales para la trama argumental. 

Es importante incidir en la cuestión de la sustancialidad pues, a diferencia de sus predecesoras, esta temporada se ha caracterizado por una calidad más bien irregular. La producción, pese a explorar nuevas e interesantes posibilidades que analizaremos más adelante, ha encontrado ciertas dificultades para encontrar un estilo propio en el que desarrollarse con soltura. El distanciamiento con la trama propuesta por Margaret Atwood ha resultado, en balance, un desatino que ha desembocado en cuantiosos minutos de superfluidad. 

Night, el primer episodio nos daba la bienvenida a un escenario que enlazaba cronológicamente de manera inmediata con el final de la segunda temporada. La idéntica mirada de June, enardecida por el fuego insurrecto nos acompañará repetidamente a lo largo de varios capítulos. Sin embargo, en él ya podíamos ver uno de los principales giros que se mantendrá como principio fundamental de esta última temporada, el contrapeso entre estética y ética se inclina de manera más clara que nunca hacia esta última.

Seguiremos viendo las filmográficas y sádicas ceremonias de Gilead (inolvidable el arranque de God Bless the Child), los enmarques fotográficos, especialmente en los capítulos dirigidos por Dearbhla Walsh, y su ritmo seguirán siendo prácticamente intachables. Pero se despliega ahora un abanico de matices en el carácter de los personajes, y más concretamente en la de nuestra protagonista, June (Elisabeth Moss). Sumergida de lleno en un individualismo que termina resultando incompatible en una lucha colectiva, a June la hemos visto en esta temporada con máscaras muy diferente, y algunas de ellas no nos han gustado en absoluto.

Explorando los relativos límites de la moralidad, llegando incluso a bordear un nihilismo más bien patético, lejos queda la vinculación de June a la imagen casi santificada a la que nos tenía acostumbradas. Un viraje que, pese a resultar inicialmente desapacible, es necesario para aumentar la dosis de realismo. ¿Quién podría permanecer inmaculada ante los horrores diarios de Gilead?

Una evolución similar, aunque en un plano secundario, es la que observamos en otros personajes y cuya profundización sirve como excusa para realzar las cualidades interpretativas de las actrices que los encarnan. Serena (Yvonne Strahovski), Emily (Alexis Bledel) y el amoral Comandante Joseph Lawrence (Bradley Whitford), si bien sin un protagonismo equitativo, son los otros tres grandes focos argumentales de la temporada.

Una entrega que, como decíamos, nos regala brillantes momentos y cuyo principal fallo resultar ser la intermitencia, causada quizá por un exceso de ambición narrativa que ha conseguido que algunas de las historias queden limitadas a ser un bosquejo. Las diferentes caras del amor, el matrimonio Lawrence, los lazos formados por Criadas y Marthas, la insalvable distancia entre Serena y Fred Waterford o el irresoluto triángulo Nick – Luke – June, se convierten en uno los puntos potencialmente más atrayentes del guion.

El capítulo final, cuya conclusión chirría por resultar ligeramente artificiosa, recupera la cara más amable y heroica de June. Un capítulo diseñado para satisfacer a los espectadores y devolvernos la esperanza en esa suerte de justicia universal que confiere a la historia el plot armor de June. Un cierre de temporada menos polémico que el anterior, sin pretensiones, que recupera la esencia originaria de la serie y que la consagra, en su conjunto y a pesar de sus desavenencias, como un recomendable del panorama actual.

 

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