Nonagon infinity opens the door / Nonagon infinity opens the door / Wait for the answer to open the door / Nonagon infinity opens the door…

Esperar sentado a que tu banda favorita publique su nuevo álbum puede resultar agotador. Un músico, como un escritor, en ocasiones sufre bloqueos creativos, o simplemente considera su obra tan trascendente que puede pasar años estudiando qué significado existencial debe imprimirle a una nota de laúd en esa balada acerca de su última novia. Solo hay que echarle un fugaz vistazo a la red social de confianza para observar a una legión de fanáticos empapados en sudores fríos ansiando la llegada del sexto largo de los Arctic Monkeys, por ejemplo. Pero hoy venimos a hablar del Stephen King de la música psicodélica, de la banda que a Jodorowsky le parece divertida. Nada menos que de King Gizzard & The Lizard Wizard.

Sin ser todavía unos Black Keys de la vida, este colectivo australiano ya no puede considerarse un proyecto underground. Su propuesta ha trascendido a todo el mundo, especialmente en el último año, y ahora King Gizzard ocupa escenarios algo más grandes cuando actúa en garitos o en festivales, lo cual es de agradecer para los siete integrantes que forman la banda. Con Nonagon Infinity, el álbum que lanzaron el año pasado, dieron inicio a una vorágine de creaciones surrealistas que les llevó a anunciar la publicación de cinco discos en 2017, tres de los cuales ya han llegado a nuestros oídos. Antes de Nonagon Infinity, la banda ya había desplegado siete largos, más EPs y singles; y como resulta algo abrumador enfrentarse a una discografía tan inmensa, variada y freak, procedemos a adentrarnos –de puntillas, eso sí, porque si no nos pasaría como a los que toman trippies y no vuelven del viaje– en el maravilloso universo gizz.

Antes de nada, hay que aclarar que en un principio los King Gizzard no eran tan raritos como ahora. Eran la típica banda de garage rock que gusta de distorsionar sus voces e instrumentos y también de azotar la guitarra. Lo hacían de una manera algo más barroca y glam que las demás bandas, pero no destacaban por su onanismo encefálico. 12 Bar Bruise (2012, Flightless), la primera referencia de la banda, camina por este sendero, con canciones de una duración estándar –ninguna llega a los cuatro minutos– directas al mentón y muy en la onda garagera de Ty Segall. Una buena muestra es “Elbow”, que abre el disco.

En 2013 a estos aussies les empezaron a pasar cosas raras por la cabeza. Solo un año después de publicar su disco debut, decidieron que, por qué no, podían proseguir con su andadura lanzando no uno sino dos nuevos álbumes. El primero de ellos, Eyes Like the Sky (2013, Flightless), es una suerte de audiolibro-western, escrito y narrado por Broderick Smith. El cantautor y multiinstrumentista inglés –aunque australiano de adopción–, y que por cierto es el padre del que toca la harmónica en King Gizzard, relata en este álbum una historia de indios y vaqueros situada en la frontera entre México y Estados Unidos. Lo más sabroso de esta rock opera desértica son esas guitarras punzantes, de chicharra, disparo, botas de cuero con flecos y saloons.

Si Eyes Like the Sky se ambienta en la época de las historias del Lejano Oeste, otra época estrechamente relacionada a la discografía de King Gizzard son los años 60. Hablamos de la época del rock psicódelico, del ácido, de los viajes en múltiples sentidos, de la música a medio camino entre el desmadre alucinógeno y la inocencia virginal mormónica. Float Along – Fill Your Lungs (2013, Flightless) es el álbum en el que el septeto se termina de desmelenar. Un tema introductorio de dieciséis minutos da paso a una sucesión de cortes de acorde fácil; canciones despreocupadas pero con un trasfondo algo turbio, al más puro estilo Grateful Dead.

Oddments (2014, Flightless) sigue la estela de su predecesor, y se alinea más que nunca en la psicodelia de marca australiana que por aquel entonces ya había lanzado al estrellato a Tame Impala con sus InnerSpeaker y Lonerism. Y aunque quizá sea el trabajo más popular de la banda, permitan a este humilde cronista añadir que también es el álbum con menos materia interesante a desgranar. Sus temas son relativamente planos, si es que las composiciones de una banda tan floral y colorida pueden serlo, y no van más allá de la psicodelia hippiesca. Incluso en alguna que otra canción se parecen a las Hinds.

El verdadero mambo dio comienzo con I’m In Your Mind Fuzz, publicado en 2014 a través de Castle Face Records, nada menos que el sello de John Dwyer. Si hablamos de bandas prolíficas, la suya, Thee Oh Sees, quizá se lleve la palma. Pero bueno, el tema es que con esta referencia, King Gizzard & The Lizard Wizard abrieron la etapa de la jam interminable. Canciones con distinto título pero que en realidad forman un todo, y siguen la misma progresión de acordes, los mismos estribillos pero en otra escala y los mismos bucles de ruido. La sección inicial del disco, con las “I’m In Your Mind” y “Cellophane”, es la muestra perfecta.

Y como todo lo que sube baja, después del ruidoso I’m In Your Mind Fuzz, en 2015 las pulsaciones descendieron drásticamente con dos nuevos trabajos que exploran una psicodelia más bohemia y de café. Quarters! (Heavenly Records) está formado por cuatro canciones, cada una de las cuales tiene una duración exacta de diez minutos y diez segundos. En él se encuentra la que posiblemente es la mejor canción publicada por King Gizzard hasta la fecha, “The River”. Claro que no es la primera vez que se juega con la metáfora del río que fluye, el río en el que uno no se puede bañar dos veces. Pero pocas veces han hecho a uno figurarse en una canoa descendiendo por una corriente a la fresca brisa de la mañana. Y la transición –que tampoco es que fuera a durar mucho– culminó con Paper Mâché Dream Balloon (2015, Heavenly Records), un LP de folk acústico, compuesto por temas grabados en apartamentos, hoteles, túneles y otros habitáculos sin forro de espuma de poliuretano.

El mambo se había ido, pero no tardó en volver. Nonagon Infinity (2016, ATO Records), del que ya escribimos aquí en Redacción Atómica, agrupa el rock setentero, el kraut, el pop de órgano e incluso el sonido tropical. Además, es un disco pensado para reproducir en bucle, ya que su final enlaza directamente con su principio. “Robot Stop”, “Gamma Knife” o “People-Vultures” nos dejaron grandes momentos en la historia del rock; la primera de ellas incluye, por cierto, un lick de guitarras que aparece en “Hot Water” (I’m In Your Mind Fuzz). Y, a su vez, la cansina “nonagon infinity” aparecerá en el “Some Context” de Murder of the Universe. La intertextualidad es una de las virtudes de King Gizzard.

Y así llegamos a 2017, el año de los cinco discos. Los australianos no esperaron mucho para mostrarnos sus investigaciones y descubrimientos en las kilométricas distancias que separan una nota de la siguiente en la escala musical. Flying Microtonal Banana (Flightless, ATO, Heavenly) es el resultado de ese experimento, y está interpretado con instrumentos microtonales que evocan épocas antiguas y le dan fantasía al asunto. Las canciones de este trabajo han dado lugar a versiones más que interesantes.

Con Murder of the Universe King Gizzard ha llegado a la cúspide del surrealismo. Se trata de un álbum dividido en tres. Su primera parte es el cuento de la bestia alterada, un auténtico embrollo imaginativo que cuenta la historia de un humano que se tropieza con una bestia híbrida alterada que le persigue mientras el humano comienza a ver con buenos ojos la idea de convertirse también en una bestia alterada. La segunda sección, The Lord of Lightning vs. The Balrog, es una movida tolkieniana que contrapone el bien y el mal y a partir de la cual ha surgido el mejor videoclip del año (adjunto aquí debajo). En la tercera, enmarcada en un entorno futurista-distópico, King Gizzard alcanza los límites de lo que es aceptable dentro del experimentalismo garagero. Más allá de esa barrera ya se encuentra uno las obras de Béla Bartók.

Después de inspeccionar las sordideces y lugubridades de un mundo oscuro, King Gizzard & The Lizard Wizard se unen a Mild High Club para inspeccionar esta vez la zona de confort. Sketches of Brunswick East se inspira en Sketches of Spain (1960), de Miles Davis y en Brunswick East, un suburbio de su ciudad de origen, Melbourne. Mild High Club es el proyecto de Alexander Brettin, y circula por los caminos de la psicodelia tan transitados en la escena australiana, pero con jazz fusion. El álbum conjunto de ambas bandas resulta en un alegato de felicidad y calma tras la tempestad, con canciones mágicas como “Tezeta”.

De aquí a final de año debieran llegar dos nuevos largos por parte del septeto más bizarro de la escena garagera psicodélica mundial pero, fieles a su estilo, todavía no se conocen detalles de ningún nuevo lanzamiento. Los territorios que aún quedan por explorar van desde un álbum grabado por zombies a una sinfonía compuesta por eructos de yonkis, pasando por una antología poética sobre el procés. Sea lo que sea, seguro que nos sorprenderá.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.