Director: Paul Thomas Anderson

Algunos genios dicen que el amor es hambre por la vida. El hambre por arriesgarse, por salir de las comodidades de lo privado, de compartir temores con otros y sobre todo de disfrutar. Sin embargo el goce es el punto más delicado de la ecuación, ya que este adquiere en ocasiones extrañas mascaradas. Mientras que unos disfrutan de los placeres de una vida contemplativa, del sosiego de la cotidianidad o de las nulas sorpresas de una existencia rutinaria, otros sólo alcanzan el mayor de los placeres previo paso por el peor de los infiernos. Sólo cuando se ha tocado con las manos las entrañas del alma humana, cuando los peores fantasmas han venido a visitarte o cuando el amor de tu vida te ha sostenido una mirada interminable, sólo entonces ciertos hombres y mujeres son capaces de afirmar que sí, que ellos son seres por y para el amor con el otro.

Paul Thomas Anderson entrega en “El hilo invisible” la obra culmen de su carrera, probablemente cuando menos se le esperaba, no por obsolescencia ni por desactualización, sino porque sus trabajos predecesores eran tan brillantes que era difícil imaginar que en una película, en apariencia tan pequeña, iba a poder relatar semejante historia de amor.

Tres personajes, Reynolds (Daniel Day-Lewis), Alma (Vicky Krieps) y Cyril (Lesley Manville), capaces de tejer un triángulo amoroso que maravilla, seduce, perturba y satisface al espectador por partes iguales. Mientras Reynolds vibra dando paso a sus diseños, Cyril detiene el tiempo con su mirada y Alma se contonea delante de los posibles compradores con su anómala belleza y ese cuello interminable; el único y verdadero camino hacia el averno.

Jonny Greenwood compone la partitura por la que Hitchcok hubiera dado varias vidas (la suya no, por supuesto), con esas melodías que son el reverso más perturbador de cualquier cuento soñado por Hans Christian Andersen; a su vez, el propio Thomas Anderson hace las veces de director de fotografía, con una clarividencia que traspasa estancias y se posa en los mejores vestidos, como si la moda fuera el elemento perdido de nuestras vidas y gracias a él ahora entendemos lo que es la luz en toda su esencia.

Pero, y he aquí la gran victoria de “El hilo invisible”, tras esta enumeración de proezas técnicas y artísticas aún no se ha nombrado la verdadera proeza de esta película. “El hilo invisible” es lo que es gracias a las palabras. Las que se dicen y las que no se dicen, las de unos personajes de los que no sabemos nada, pero lo sabemos todo: su devenir, clase social, manías, predilecciones, y por supuesto, las perversiones. Perversiones que son el ancla del alma humana, pero que somos incapaces de reconocer hasta, que un día, sin pretenderlo (o sí), uno entra a uno de esos restaurantes del campo y pide el desayuno de tres vidas y, por una vez, ese hambre de vida es correspondido.

 

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