True Detective, el violento resarcimiento de PizzolatoCynthia Cruz 12 marzo, 2019 Han pasado casi tres años desde que la segunda temporada de True Detective (HBO) sufriera el gran derrumbamiento. La serie engendrada por la mente de Nic Pizzolato, había sido recibida clamorosamente allá por 2014, por lo que el mundo de la crítica y el público fijaron a niveles estratosféricos sus expectativas para la segunda entrega. Mientras que a nivel cuantitativo el desastre no fue tan palpable (la caída en audiencia fue fijada en torno a un 8%), lo cierto es que cualitativamente, la temporada protagonizada por Colin Farrell y Rachel McAdams se convirtió en poco más que un reflejo deforme de la primera. En este tiempo Pizzolato ha echado la vista atrás, discerniendo entre errores y aciertos pasados y dejando el reposo necesario para poder resurgir como el gran creador del género neo-noir que realmente es. La producción de la HBO, que ha pasado por tres directores distintos (Saulnier, Sackheim y el propio Pizzolato), echó el telón este pasado día 24 de febrero. Tras cinco trepidantes semanas, su protagonista Wayne Hays (el galardonado Mahershala Ali) pudo encontrar la paz que tanto estaba buscando. O al menos aparentemente. El escenario seleccionado para desarrollar la acción ha sido un recóndito pueblo de los Orzak, concretamente en el territorio perteneciente al estado de Arkansas. Esta contextualización inicial sirve como pista para el espectador, Pizzolato se aleja de los escaparates de ciudad de la segunda temporada y reconecta con el ámbito marcadamente rural al que se enfrentaban los detectives Cohle y Hart en su primera temporada. Esta vuelta a los orígenes no se limita al regreso a un territorio donde la sordidez no cesa de danzar en la América profunda, una sordidez que queda fielmente retratada en la extraordinaria fotografía de la serie, marca inconfundible de HBO. Otro de los principales rasgos que nos trasladan a tiempos pasados es el despliegue superior que el guionista hace de las relaciones humanas. Unas relaciones donde las notas dominantes en todo momento serán la violencia, el trauma y la consiguiente culpa. Allá donde nos detengamos veremos cómo estos tres componentes relucen en los vínculos que los personajes establecen. Entre Wayne y su compañero, Roland West (Stephen Dorff), en el matrimonio Purcell (Scoot McNairy y Mamie Gummer) o en la relación entre el hijo de Wayne, Henry (Ray Fisher) y la reportera Montgomery (Sarah Gadon). Pero el caso en el que con más claridad podemos ver estas trazas es la relación entre Wayne y su mujer, Amelia Reardon (Carmen Ejogo), quienes prácticamente limitan la pasión a las escenas que prosiguen a hirientes intercambios reproches. Amelia, quien tendrá un importantísimo papel a lo largo de toda la trama, es el paradigma de un nuevo tipo de mujer, contextualizado en 1980, momento en el que se inicia la historia, tras la segunda ola de feminismo. Una mujer independiente, fortalecida por sus experiencias y valiente que siempre mostrará cierta superioridad, especialmente intelectual, ante Hays, cuestión que agravará las frustraciones del ex-rastreador. «La sordidez no cesa de danzar en la América profunda, una sordidez que queda fielmente retratada en la extraordinaria fotografía de la serie, marca inconfundible de HBO« Si bien la serie da el pistoletazo de salida en 1980 la principal novedad de la trama es el giro que realiza en torno a otros dos ejes cronológicos: 1990, momento en el que el caso Purcell es reabierto y 2015, donde vemos a un retirado y castigado detective Hays. Este juego temporal será clave para revelar ese trauma referido con anterioridad, una constante sensación de inconclusión que se mantendrán hasta el mismo final de la serie. El alcohol, consumido de manera abusiva será otro elemento presente en prácticamente todas las escenas y actuará como el catalizador de estos estallidos violentos. Pese a los intentos de distanciarse de este mal hábito, los personajes permanecerán constantemente intoxicados por él y por una indespegable sensación de derrota. El último episodio arroja formalmente luz sobre el caso, dando una resolución inmediata y eficaz de un caso aparentemente simple. La familia Hoyt, liderada por su cabeza de familia, Edward (Michael Rooker), y poseedora de la mayor parte de los negocios de la localidad desdibujará los límites del derecho a la propiedad, llevándolo hasta las últimas consecuencias. El poder, elemento corrupto y corruptor se mantendrá como nexo común en True Detective. Sin embargo, esta, aparentemente, sencilla forma de cerrar el caso es tan sólo una excusa para desentrañar una serie de subtramas personales mucho más elaboradas y que permiten dotar de complejidad a los personajes, uno de los puntos fuertes de Pizzolato. Queda un final abierto, una herida que supera hasta el último minuto y que nos deja con una sorprendente mezcla de satisfacción y estremecimiento. Tras recuperar su posición como una de las más notables series de la década quedan abiertas de nuevo las puertas para una próxima temporada. Hacer Comentario Cancelar RespuestaSu dirección de correo electrónico no será publicada.ComentarioNombre* Email* Sitio Web Guarda mi nombre, correo electrónico y web en este navegador para la próxima vez que comente. Δ