Entre Marx (Groucho) y RichmanQuique Medina 5 marzo, 2009 “Amo viajar y amo el océano, y ahora me hago llamar Stanley Brinks”. Con este sencillo y autobiográfico estribillo concluía una irrepetible actuación que se saltó los términos de la racionalidad y se inmiscuyó en ambientes que deambularon entre lo genial y lo casero. André Herman Düne, ahora Stanley Brinks, invirtió los términos artísticos y concluyó la actuación en las antípodas del escenario, sumergido entre el público, y con la guitarra eléctrica desenchufada. Absurdo y luminoso de principio a fin. De principio ya dio la nota, cómica, al retrasar el comienzo, ya sobre el escenario, para montar el clarinete con el que se dispuso a acompañar a su tímida y adorable compañera de gira, Clemence Freschard. Dando muestra de su versatilidad, prácticamente improvisada, con cualquier instrumento, Brinks, se dedicó, durante la primera media hora, a ser coros y oportuna comparsa de una sencilla y emocionante Freschard. Sin sujetador y con aspecto de angélica menor, se hizo querer con letras y melodías que más aceleradas bien podrían firmar sus amigos The Wave Pictures, y más deprimentes y menos irónicas bien encajarían en el repertorio de Hanna Hunter. Brinks se puso junto a ella y se tocó también, y así lo definió, unos calypsos; canciones con regusto afo-tropical que nos reafirmaron ante la idea de estar ante un genial freak o un freak genial. Tras un cuarto de hora de parada para fumar y tragos de cerveza, salió al escenario, en solitario, el desgarbado y famélico Stanley Brinks; la roja gorra “patrás” del Octubre y sus arcaicas gafas de antidiseño, dejaron claro lo que más tarde explicitó en forma de canción: “soy antisocial”. Pero vivir de espaldas a la sociedad no parece estar reñido con los sentimientos universales y es por ello que sus letras hablan, siempre con la ironía y el humor rebozándolo todo, de amores perdidos, el paso del tiempo y la búsqueda de la felicidad. Y así fue, entre tema y tema, que el anglo-francés decidió desenchufar la guitarra, dejar los focos, el escenario y los amplis para las estrellas del rock y dedicarnos, como en una reunión de setenta amigos, las composiciones que le están acompañando en sus últimos tiempos, en su penúltima personalidad. Prácticamente a capella, se reinventó en una mezcla de estilos musicales que viajó entre el recuerdo del desternillante y desafinante Groucho Marx y el humor cotidiano de Jonathan Richman. Folklore caribeño y americano, y hasta con el idioma español se atrevió en una velada en la que, haciendo honor a su pinta de profesor de matemáticas desvariado, no dejó de arengar la ayuda de un público que no le siguió por obnubilado. Absurdo, diferente, genial. Hacer Comentario Cancelar RespuestaSu dirección de correo electrónico no será publicada.ComentarioNombre* Email* Sitio Web Guarda mi nombre, correo electrónico y web en este navegador para la próxima vez que comente. Δ