Gran noche de clásicos vivimos en la sala Wah Wah. Como diría Loquillo: con sabor de veterano. Y qué lástima que los clásicos no gocen de la atención que se merecen, pues son un ejemplo de tenacidad y superación, de seguir disfrutando haciendo lo que les gusta y, a modo de catarsis, haciéndonos disfrutar a nosotros.

Como si la movida valenciana resurgiera de sus cenizas para decirnos que sigue viva y con ganas de seguir dando guerra, los alumnos de la vieja escuela se pusieron manos a la obra, y de quién mejor que de la mano de uno de los primeros rockeros de la escena valenciana: Julio Galcerá y su banda Vidas Ejemplares.

A sus 61 años y con una larga cabellera blanca, Julio lleva casi cuatro décadas subido a un escenario, con alguna que otra intermitencia, en las que ha publicado cinco discos y superado una enfermedad que le dejó invidente con poco más de treinta años.

Acompañan a su voz y letras de gato callejero, una estela de músicos de alto standing como Arístides Abreu y Vicente Gomar a las guitarras, Pepe Hernández al bajo, Rafa Montañana a la batería y Albert González a la percusión. Todos bien curtidos y de la tierra, con un largo reguero de conciertos tras sus pies. Y no dudan en pedir un whiskey durante el concierto para llamar a la inspiración.

Durante el envite repasaron temas de toda su carrera como “Flores en el tiempo”, “La aranya negra”, “Mala seguida”, “Monstruos y villanos”, “Ella se fue” o “Héroes”, una versión del grupo Parálisis Permanente. Son canciones en las que la letra es poesía cantada, con mensaje, algunas combativas, otras más emocionales. Pero el estilo es de pluma fina, no así la música, que es salvaje, pero hilada con maestría y combinando ritmos latinos con rock urbano.

Poco antes que Julio tocaron más amigos de la banda y también con carrera. Blues Le Chansonier lo componen tres guitarras: Vicente Gomar, Juan Carlos Macía y el Chino. Según me dijo Juan Carlos, también voz y armónica, no son banda como tal, sino un grupo de amigos que cambiaron el Mississipi por L’horta y el algodón por un cabàs de taronges y se dedicaron a homenajear a grandes clásicos del blues y el folk americano, con un punto de humor irónico y satírico y siempre dejando las canciones abiertas a la improvisación con los riesgos que conlleva, pero que solventaron notablemente.

Aunque son de Alboraya, desde el más lejano oeste vinieron The Lone Surfers para cerrar el concierto. Su sonido caraterístico nos llevaba a tierras de Arizona, a cactus gigantes y carreteras rectilíneas que se pierden en el horizonte, puede que por culpa de alguna película de vaqueros. Y así salieron ellos a la palestra, solo tres hombres disfrazados de cowboys ante un público que rozaría las cincuenta personas. A pesar de ser solo bajo, guitarra, batería y no tener cantante las canciones tienen textura y no quedan cojas por ningún lado. La falta de letra está bien cubierta por las melodías, las frases las componen notas que van variando a lo largo de la canción.

El punto negativo de la noche es la falta de personal, no comprendí cómo no hemos sabido valorar lo que tenemos, la historia viva, las raíces del rock valenciano, un hombre, Julio Galcerá, y los músicos que le acompañan, que hasta ayer yo tampoco conocía, pero que comenzaré a tener en cuenta. Aquí también hubo movida, pero no tuvo tanto éxito. Las malas lenguas dicen que no se quisieron vender a las compañías de discos de la época. Creyeron en su canción, llevaron vidas ejemplares.

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