We must tell our children

Donny Hathaway

Seguimos una trayectoria por el espacio y el tiempo hacia el 20D y ese movimiento se parece a una caída por las escaleras; pero no todo aquí es gravitacional y lleno de dolorosas aristas (anticipadas sin emoción por la geometría y las leyes del albañil experto): en nuestra casa ha gustado mucho un mitin, que es este que sigue, y que sonaba mientras alguien cocinaba unos espectaculares macarrones con tomate:

Amy Winehouse, personaje eterno y por lo tanto de actualidad, decía en su canción “Rehab”: ‘Cause there’s nothing, there’s nothing you can teach me / That I can’t learn from Mr. Hathaway. Él cantaba: To be young, gifted… and black / Oh, what a lovely precious dream. La totalidad del público (negro) se arrancaba la ropa a tiras y gritaba los ohyeahs igual de fuerte que con Martin Luther King. Resulta que el mitin como género musical alcanza cotas de intensidad y sofisticación mucho más altas de lo que hubiera previsto Álvaro Pombo en Vistalegre, aunque él, que es poeta, ya intuía que la cosa tenía que ver con la pasión y el ritmo.

Los versos del mitin de Hathaway no tienen por qué ser una revolución de la poesía, (cualquier hallazgo poético puede hacer que un mitin se tambalee): sus gemidos llegan desde esa tradición musical de los oprimidos que junto con la blue note y otros tantos gestos ha conquistado billboards, tiendas de discos, clubs nocturnos blancatas y peluquerías pijas a mansalva. El moaning, cuyo homólogo español podría ser perfectamente el quejío, es el recurso final de un ser humano que se dedica a cantar y que se ve superado y sobrepasado por sus circunstancias. El gemido pasa junto a lo verbal como el huracán Katrina y lo deja todo despeinado. Aparece en la armónica que suena en el campo de algodón, en la guitarra de la mayoría de punteos precocinados y en cualquier canción que necesite un plus de referencialidad a la tradición del rock o del blues. Cuando Hathaway gime en el directo del 72 ya está contestándole al Blind Willie Johnson de Dark Was The Night, Cold Was The Ground. La NASA lanzó al espacio este quejido cósmico de Johnson en 1977. No parece un gran triunfo de las luchas empancipatorias.

En una clase de literatura hispanoamericana discutíamos un día para quién era más difícil superar las limitaciones de su lenguaje artístico: ¿para Charlie Parker o para César Vallejo? El último estaba combatiendo a machetazos la referencialidad de la palabra en la jungla de Trilce. El Charlie Parker que interpreta Amorous en El perseguidor de Cortázar llega efectivamente a esa frontera imposible que probablemente también cruza Vallejo. Pero al final uno puede pensar que Parker no está menos atado, a su manera, que el poeta, a una tradición en el que cada escala, cada recurso musical procede en realidad de un continuo solidario y colectivo. Y desde ese continuo florecen constantemente connotaciones y resonancias artísticas y políticas.

En esta casa macarronera, donde nos preciamos de defender la idea sobre la mera textura, defendemos el uso del moaning y la blue note y de lo que haga falta: un uso consciente y deliberado que abrace todas sus connotaciones de estos recursos; un uso arriesgado o contestatario que no frivolice y especule con ellos como si representaran un cheque nominal con el que cobrarse fácilmente las lágrimas de un público garrulo.

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