El otro día Néstor Mir, curtido músico e hiperactivo activista cultural valenciano, utilizaba su muro de Facebook para increpar (en ningún momento de forma irrespetuosa) a Eduardo Guillot, certero informador y reputado crítico musical de largo recorrido. A partir de ahí, en el muro de la red social se encendió un debate entre cuyas líneas se adivinaban filias y rencillas. Hace unos meses fueron los songwriters Pablo Maronda y Manolo Tarancón los que polemizaban en las expuestas redes sociales, una disputa donde el espectador puedo ver y participar. Los que lo vivimos desde dentro, a este lado del Mediterráneo, y aunque no se haya aireado en las social media, también asistimos de forma continua a rajes entre compañeros de la prensa especializada o tirrias entre salas, sellos y promotores.

No es esta una columna que busque dar la razón a uno y quitársela a otro. Escribo este artículo con cierta tristeza; el desánimo de pertenecer a una industria (la de la música independiente y privada) en la que no hay unión. La conformada por un pequeño grupo de profesionales que se miran, en muchos casos turbiamente, a pesar de conocerse las caras y cruzarse, por cojones, en inexorables garitos. Como si en la mítica carrera británica de remo (pongamos que nosotros somos Oxford y el contexto social y político es Cambridge), cada uno de los miembros de Oxford remara desesperado a en una dirección, mientras que Cambridge se pone ciego a tragos de trofeo lleno de champán en la línea de meta.

Nada nuevo bajo el sol. En las mejores familias (desde Los Soprano hasta los Gallagher) y en las mejores escuderías (Vettel y Webber o Senna y Prost) cuecen habas. Y no estamos diciendo que nos chupemos nuestras valencianas pollas, unos a otros, en una eterna conga provinciana. No hace falta saludar a todo el mundo. Todos los agentes son importantes. El artista debe ser algo hedonista y sentirse, claro que sí, indignado cuando se habla mal de su último gran disco. El periodista (de papel, herciano o digital) debe criticar objetivamente, y utilizando todo su bagaje, el álbum de ese cantante con el que hace dos noches compartía líneas químicas en los blancos baños de alguna caverna. El sello debe levantar la voz a ese guitarrista vago por el que se jugó el dinero. El promotor debe apretar a su admirado músico para pagar el alquiler y los pañales de un niño cagón. Lo único indispensable, eso sí, es no perder nunca el respeto ni la humildad. Si se mantienen esos dos poderosos e indispensables valores, estamos salvados. RESPETO y HUMILDAD.

Y mientras, desde fuera, en las soñadas e inalcanzables plazas de Madrid y Barcelona van a lo suyo, siguen pedaleando hacia su nicho de mercado y haciendo piña en torno Mataderos, Primaveras y Premios UFI. No tienen tiempo, ni ganas, ni cuello para girar hacia el este y ver cómo ahogamos propuestas brillantes en genocidas batallas de lodo autonómico. Están muy ocupados, y bien que hacen, sonriendo al pajarito mientras rozan con los pantalones de pitillo el photocall.

Y los nuevos. Jóvenes grupos que tienen a Guillot, Mir, Tarancón o Maronda por semidioses que, de repente, se encuentran con tanta chorrada cuando lo único que quieren es tocar, beber, follar y triunfar. Vamos, lo que todos. Emergentes bandas, florecientes e inconscientes nuevos promotores y sellos, verdes plumas por tallar con desaforadas ganas de juntar letras… a estos, hay que apoyarles a muerte; no pisarles; no ponerles trabas ni tirarles bocado a la tierna yugular a las primeras de cambio. Sangre nueva y necesaria para que todo se recicle y fluya oxigenado; rojo líquido del que, si se es perro viejo, se puede absorber mucho. Ya se darán cuenta de las horas que hay que echarle para sacar 500 €; pero no se lo digamos aún que se van por patas.

Ah, el público, pieza primordial, lo dejamos para el final. Esa masa ingente de jugosos cerebros a la cual debemos respetar y, sobre todo, ofrecer razones para que se gasten el contado dinero en lo que les proponemos. El respetable (recuerden: RESPETO) no necesita saber si el country nació en Estados Unidos o en Picassent, ni estar al tanto de la multitud de estilos que pululan por el vocabulario especializado. Folk, anti-folk, alt-country, pop, shoegaze o tontipop. Qué más da. El público simplemente quiere olvidar los trastornos intersemanales y evadirse en esa mágica y golosa sustancia que se llama música. Nuestra labor es tratar de aproximar al mayor número de gente a los sonidos que nosotros consideramos valiosos. Luchar contra los 40 Principales y Kiss FM. Si luego eligen pagar 60 € por un concierto de Alejandro Sanz, una pena, libres son.

Mientras escribo esto me hallo de lleno en la promoción del concierto que La Muñeca de Sal y Los Profetas ofrecerán mañana (el jueves 27 de junio en La Rambleta, por si leen la columna a tiempo). Un espectáculo irrepetible para el que se ha movilizado a artistas como Nacho Vegas, Fernando Alfaro, Sr. Chinarro, Joaquín Pascual, Javier Corcobado, Elle Belga, Senior, Tórtel y Llum. Somos una ciudad con casi un millón de habitantes y la venta de entradas no va nada bien. Ese debería ser el debate. El cierre de Excuse Me? Club, la abusiva subida del IVA cultural al 21%, el cambio de ubicación de Patti Smith, la actuación policial del pasado Día de la Música en Russafa, el abandono de Arena Auditórium, la carencia de espacios decentes en la ciudad y la dudosa concesión de los mimos, el aspecto de las salas de conciertos fin de semana tras fin de semana, la coincidencia de bolos similares en la ciudad en un mismo día, los lateros… En estos aspectos, para cuatro que somos, es donde deberíamos unir fuerzas y analizar el porqué, redefinir el negocio y ver cuáles son sus posibilidades reales del mismo.

Dejémonos de trifulcas internas. Dirimamos nuestras diferencias, si eso, con cañas bien frías y partidos de fútbol. No mucho pero todavía hay tiempo. Seamos profesionales (la formación continua es esencial), tratemos esto como la seria industria que es, que no nos cohíba ganar nuestro merecido sueldo. Es hora de que destrocemos a esos pijos de Cambridge.

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