Un año de ReixaMariano López Torregrosa 1 enero, 2015 Ha pasado poco más de un año desde que Antón Reixa fuera elegido nuevo presidente de la SGAE, y durante este tiempo, parece haber aprendido de los errores de su predecesor. Ha mejorado la imagen pública de la entidad mediante un método tan sencillo como dejar de demonizar públicamente al usuario de Internet culpándole de todos y cada uno de los males de la industria discográfica. De hecho, el propio Reixa participaba recientemente en un encuentro organizando por la Asociación de Usuarios de Internet (antaño, la cueva de Alí Baba en opinión de la organización que ahora preside), ensalzando las virtudes de la revolución tecnológica. Sin embargo, pese a ese aparente lavado de cara, pocas cosas han cambiado a nivel funcional en la sociedad de cobro y gestión. Aparte de no haber modificado su elitista sistema de votaciones internas (entre otras cuestiones), en la práctica la SGAE, como brazo armado de la industria discográfica, sigue practicando una política de intimidación y judicialización de los usuarios. Por eso, conviene aclarar un par de cuestiones. En primer lugar, uno de los mantras que se ha repetido por activa y por pasiva hasta que ha calado en el subconsciente colectivo es la identificación total de los conceptos “cultura” e “industria cultural”. Falso. La cultura, patrimonio de la humanidad, existía mucho antes de que fuera comercializada, y por tanto, existiera la industria cultural. La industria cultural supone un intento (totalmente legítimo en unos casos e ilegítimo en otros) de comercializar la cultura. Y de forma legítima o no, su comercialización no deja de reducirla a producto mercantil propia de una sociedad capitalista en declive. Atrincherarse tratando de perpetuar una época ya superada mediante la represión legislativa, sin llegar a nuevas vías de entendimiento y desarrollo, supone enfrentarse al único enemigo al que nadie nunca ha podido vencer: el futuro. Y es que como decía Walter Mathau en la película “En bandeja de Plata” del gran Billy Wilder, “cuanto más difícil construyas la ratonera, más listo se volverá el ratón”. Otro mantra ya considerado inapelable por el grueso de la sociedad es que el origen del problema estriba en las descargas gratuitas. Falso. Las descargas no son gratuitas. La última factura que recibió un servidor por su línea de ADSL ascendía 45’50 euros, más IVA. La elección a la que se enfrenta al usuario es sencilla: Un álbum nuevo, en CD, cuesta una media de 15 euros, tirando por lo bajo, lo cual permitiría por el mismo coste adquirir tres discos al mes. Por la misma cantidad, puedo adquirir cientos, miles de discos, en formato digital. Entonces, ¿quién es tu papi? En una coyuntura en que la precarización de la económica del ciudadano medio tiende hacia la mera subsistencia, la dificultad en el acceso a la cultura por vías económicas (a lo que hay que añadir el delirante 21% de IVA) corre el peligro de reservarla tan solo para élites, con el consiguiente empobrecimiento no solo económico, sino también cultural, de la mayoría de la sociedad. Se busca así una sociedad esclavizada, ignorante, dócil. Medieval. Si estamos pagando por nuestras líneas de ADSL, y descienden los beneficios de músicos e industria en general ¿quién se está quedando con la pasta? No hace falta ser muy listo, simplemente hay que comparar el descenso en los porcentajes de beneficios de la industria discográfica durante la última década en detrimento del espectacular ascenso de beneficios de las compañías telefónicas. Al respecto de esta cuestión y otras relacionada, recomiendo leer la magnífica obra de David Bravo, Copia este libro, que se puede descargar pinchando aquí (gratis). Básicamente, estamos asistiendo a un guerra no declarada entre dos proveedores de un mismo producto: la industria discográfica, que hasta hace unos años mantenía el monopolio, y la industria telefónica, que ofrece el mismo producto a un precio muchísimo menor. Ni repartir culpas exime al usuario de descargas ilegales de su responsabilidad (mal de muchos, consuelo de tontos), ni soluciona nada a quien se ve cada vez más imposibilitado para vivir de la música, pero no deja de ser tan rastrero como cobarde que la industria discográfica haya elegido apuntar al blanco más débil como único remedio para detener el expolio. Es mucho más fácil emprender acciones legales contra usuarios que en muchas ocasiones no disponen de recursos para hacer frente a los contenciosos, que emprender una batalla legal contra la industria telefónica que se antojaría larga, costosa, y de resultados inciertos. Tal vez hubieran podido plantar cara en un primer momento, pero dada la actual debilidad de una y el poder omnipresente de otra, parece ya demasiado tarde. El trabajo de los músicos tiene y debe tener un valor, eso nadie lo pone en duda. Los músicos deben cobrar por lo que hacen, en efecto. Y sí, a los músicos se les está robando, directa o indirectamente. Pero a la hora de disparar a los culpables, convendría afinar la puntería. Todo el mundo sabe ya cual fue el castigo para quien se atrevió a coger la manzana del árbol del conocimiento, pero nunca se ha contado que pasó con la serpiente. En el caso que nos ocupa, ahí la tienen, tan campante, poniéndose como una foca. 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